Opinión

Ciencia Siglo XXI.2

Por: Musa Verde | Horacio de la Cueva

Más reflexiones a bote pronto de las ciencias hoy.

En la última entrega propuse, a contracorriente, que lo que se llama «ciencia ciudadana» no lo es. Lo que sí es, en las ciencias biológicas y ambientales, es la colecta de datos sobre organismos o condición del ambiente que ayuda a probar hipótesis y conocer los cambios y el estado del ambiente. Esta colecta de datos no se desprecia o desperdicia. Con la prueba apropiada podemos conocer mejor la naturaleza o la salud del ambiente.

De esta colecta de datos a plantear hipótesis, proponer sus límites, probarlas honestamente, concluir sobre ellas y resaltar sus limitaciones hay una gran distancia. No engañemos a quienes cooperan con gran entusiasmo con las ciencias en cuál es su papel y la gran importancia de lo que hacen. Pero no es ciencia.

Siguiendo el camino de la prueba de hipótesis, el diseño experimental, el control de las variables —los factores que intervienen en un experimento— y las pruebas que se realicen nos dirán qué tan confiables son los resultados y qué tan buen reflejo de la realidad son. A veces estaremos equivocados y tendremos que plantear otras hipótesis que someteremos a prueba, hasta que nuestros resultados sean una representación de la realidad. Algo habremos aprendido y continuaremos nuestro camino de entender mejor la realidad. No es el camino a la verdad —a esa búsqueda le llamamos religión—, es el camino para entender cada vez mejor un mundo que creemos poder comprender.

Un toque más de ciencia ciudadana e investigación.

No debemos permitir que pasemos de la mal nombrada «ciencia ciudadana» —una colecta metódica de datos— a la pseudociencia ciudadana. La pseudociencia no plantea hipótesis probables que rechaza si los datos no pasan los estándares de prueba preestablecidos.

Como consecuencia del acceso a todo tipo de información en internet, cualquiera puede buscar, ¡que no investigar! —investigar en el sentido más científico de la palabra— sobre cualquier tema, por absurdo, trivial o conspiranoico que sea. El resultado siempre será el mismo: la confirmación de sospechas y premoniciones. Los algoritmos —las rutinas de búsqueda— que usa un navegador o medio social favorito son de retroalimentación positiva. Darán más de lo que se responde positivamente (clic para continuar). Es un infundíbulo, un embudo, que no deja voltear, buscar explicaciones alternativas o comparar los resultados.

Estamos en riesgo de construir silos cada vez más impenetrables y difíciles de escapar.

Esta búsqueda de retroalimentación positiva no es la prueba de hipótesis improbables. A la larga me parece la creación de una nueva época obscurantista donde prevalece la intolerancia. Hay evidencias en las noticias de que este obscurantismo nos va cubriendo.

Este nuevo obscurantismo no surgió por generación espontánea, la creencia obscurantista de que la vida surge espontáneamente de materia no orgánica. A mi entender, tiene sus orígenes en uno de los puntos más álgidos —fríos pero peligrosos— de la Guerra Fría entre la OTAN (Estados Unidos y aliados) y el Pacto de Varsovia (la URSS y estados satélites). La llegada al poder de Ronald Reagan, un actor hollywoodense mediocre, como presidente de los Estados Unidos, y Margaret Thatcher, química experta en helados, como primera ministra de Inglaterra, alentó la situación. Ambos creían en el individualismo como única forma de progreso. Para Thatcher, que fue miembro de la Sociedad Real [de Ciencias], no existían las sociedades, solo los individuos.

Ambos predicaban, siguiendo la doctrina de Francis Fukuyama, el «fin de la historia»; el fin de los regímenes comunistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial y el totalitarismo, casi acertaron. Despreciaron y combatieron los gobiernos totalitarios, pero promovieron los autoritarios. Nada ha cambiado. Mostraban un desprecio activo por el pensamiento crítico procedente de universidades y asociaciones civiles. Solo apreciaban el conocimiento práctico, el que fuera negocio. Los hijos de esos políticos y sus políticas antiintelectuales han llegado a los puestos de poder y toma de decisiones.

Sin las ciencias y el ejercicio del pensamiento crítico no hay nuevo conocimiento y no hay nuevas tecnologías que nos ayuden a mejorar la vida, o la pongan en riesgo.

Esta actitud antiintelectual en el poder no desaparecerá con el surgimiento de internet. Crece y nos puede llevar a un lugar entre el Mundo feliz de Aldous Huxley, la Granja animal y el 1984 de George Orwell.

Tenemos otros planes.

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