Washington y Palacio Nacional ya no hablan el mismo idioma
La respuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum fue prácticamente inmediata… Vamos con la historia bilateral del fin de semana: luego de que Donald Trump compartiera en su red social de Truth Social un artículo del comentarista conservador Bill O’Reilly, en el que se afirma que México “no es amigo de Estados Unidos” y se cuestiona la negativa de permitir una mayor participación de fuerzas estadunidenses en el combate a los cárteles, la mandataria respondió desde Oaxaca con un mensaje claro: “México es amigo de todo el mundo”. Al mismo tiempo, reiteró que la soberanía nacional no está en negociación.
Era una respuesta esperada. Como también lo fue el movimiento del presidente de los Estados Unidos.
Lo realmente relevante no es el intercambio de declaraciones, sino que ambos gobiernos ya están hablando desde marcos completamente distintos.
Para la Casa Blanca, la prioridad es la seguridad nacional de Estados Unidos. Esa ha sido la línea que han sostenido, con distintos matices, el presidente Donald Trump; el secretario de Estado, Marco Rubio; el secretario de Defensa, Pete Hegseth; el embajador Ronald Johnson; el zar antidrogas Derek Maltz y el asesor Stephen Miller. Todos han insistido en una misma idea: los cárteles mexicanos dejaron de ser un problema exclusivamente de México porque representan una amenaza directa para la seguridad estadounidense.
En Palacio Nacional la lectura es otra. Claudia Sheinbaum mantiene abierta la cooperación con Washington, pero insiste en que ésta debe darse con respeto a la soberanía, al derecho internacional y sin presencia de fuerzas militares extranjeras en territorio mexicano. Esa posición también ha sido respaldada por el canciller Juan Ramón de la Fuente y por el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, quienes han defendido que la relación bilateral puede fortalecerse sin renunciar a los principios históricos de la política exterior mexicana.
Ahí está el verdadero punto de tensión.
Ya no se discute únicamente cómo combatir a los cárteles. Lo que está en juego es hasta dónde puede llegar la cooperación entre dos países que hoy parten de diagnósticos distintos. Mientras Washington coloca la seguridad como eje de toda la relación bilateral —incluidos el combate al fentanilo, la migración y la revisión del T-MEC—, México insiste en que ninguna estrategia puede construirse a costa de su soberanía.
Ese contraste explica por qué cada declaración eleva la temperatura política. Más que un desacuerdo entre Donald Trump y Claudia Sheinbaum, lo que hoy existe es un choque de narrativas que marcará la relación entre ambos gobiernos durante los próximos meses. Y mientras ninguna de las dos cambie, la cooperación seguirá siendo necesaria, pero cada vez más difícil.
Piezas sueltas
Gobernar también desgasta a Trump
La luna de miel política terminó hace tiempo… Hoy, Donald Trump enfrenta un desgaste que ya empieza reflejarse en las encuestas. Y, cuando regresó a la Casa Blanca fue con una promesa muy clara: hacer las cosas de manera distinta y resolver problemas que, según él, otros gobiernos dejaron crecer. Esa narrativa le funcionó en las urnas. Pero una cosa es ganar una elección y otra muy diferente sostener el respaldo ciudadano cuando llega el momento de gobernar.
La más reciente encuesta de The New York Times confirma que ese desgaste ya empezó a reflejarse en la opinión pública. Su nivel de aprobación cayó a un nuevo mínimo y, de acuerdo con el análisis del diario, es el presidente con menor respaldo a estas alturas de un segundo mandato desde Richard Nixon, quien estaba a unos días de renunciar por el escándalo de Watergate.
La comparación con Nixon debe hacerse con cuidado. Son momentos políticos completamente distintos. Pero el dato tiene peso porque muestra que Trump comienza a enfrentar el costo natural de ejercer el poder.
La economía sigue siendo la principal preocupación para millones de estadounidenses. La inflación y el costo de vida continúan presionando a muchas familias. A eso se suman los debates sobre migración, la política comercial, los conflictos internacionales y una agenda de seguridad que mantiene dividido al electorado.
Eso no significa que Trump haya perdido a su base. Sigue conservando un respaldo sólido entre los votantes republicanos. El problema está en otro lado: los independientes, ese sector que suele inclinar la balanza en las elecciones, empiezan a mostrar más dudas que entusiasmo.
Las encuestas no deciden el futuro político de un presidente. Pero sí ayudan a entender el estado de ánimo de un país. Y hoy el mensaje parece claro: la campaña terminó hace meses. Ahora es el gobierno el que está siendo evaluado. Y gobernar, incluso para un político como Donald Trump, también pasa factura.




