Tranquilos, el brazo de escribir es el derecho
Si Unamuno hubiera sido Valle-Inclán sería Unamano.
Quevedesco como Cervantino —réplica literal, porque también había perdido un brazo—, don Ramón fue un ironista con clase.
—Cuéntenos, don Ramón… ¿Cómo fue que perdió la extremidad?—, le instaban los jóvenes intelectualillos a su alrededor.
Y él, muy en su papel, profería que se la había comido un león, o que el despiadado bandido mexicano Quirici se la había robado, pero luego ponía cara de triste orgullo y soltaba:
—Estando en un palacio de Galicia un sirviente, muy preocupado, me comunica que se habían agotado todos los ingredientes disponibles para cocinar un estofado. Me puse a estudiar la situación, que era delicada… Entonces, le pido al cocinero un cuchillo carnicero, remango mi camisa con decisión, estiró el brazo y exclamo: “¡Corta un buen trozo de esto! En esta casa nunca va a faltar la comida”.
Pero la brutal realidad fue otro: una riña intelectual en el famoso Café de la Montaña (Madrid), en julio de 1889, con Manuel Bueno, dada a bastonazos, la cual manda a Valle-Inclán con una herida, de profundo tajo, que le jode el hueso y habrá irremediablemente que amputar. Él, en ese momento, agrega: “Tranquilos, el brazo de escribir es el derecho”.
Cuenta en sus memorias lo que sí lamentó fue que, al morir su hija, no pudo abrazarla como él hubiera querido. ¡Grande, enorme, el viejo!
Cuando nació (Villanueva de Arosa, 1869), no le faltó ni el peine. Murió incompleto, el año de 1935, en Santiago de Compostela.
Ramón José Simón Valle Peña, conocido como don Ramón María del Valle-Inclán, fue un escritor dedicado, periodista de corto empuje y dramaturgo trotamundos —en este último ejercicio, a la altura de Federico García Lorca—, a quien en los anales literarios de la España moderna se le ubica en la brillante “Edad de Plata” (primeras décadas del siglo XX).
La fiesta de la interlocución la confeccionó como un traje a la medida, ya que sus expertos tertulianos fueron tanto Pío Baroja, Azorín y Jacinto Benavente, pensadores y botelleros al servicio de la copa bien servida, la independencia concertada y la escritura que se entresaca de los jirones de las noches de bohemia.
Hijo pródigo de la “Generación del 98” (siglo XIX), sus obras teatrales fueron un desastre —no se diga ya nada de sus novelas iniciáticas, que sólo vieron la luz a partir de sus magros bolsillos—. Esperpentos del Modernismo tardío, según los entendidos.
Se cuenta que, después de la amputación de su brazo izquierdo, sus amigos representaron su debutante y fallido drama “Cenizas” (hoy conocido como el “El yermo de las almas”), para así recaudar la suma necesaria y ataviarlo con un brazo ortopédico.
¿Querrían estos ilusos aminorar sus mancas alegorías?
Encuerado —ataviado de madera, engranajes y resortes—, el brazo falso llegó, pero don Ramón del Valle-Inclán —necio en temperamento, tal vez de donde surge la visión que encarna su “Tirano Banderas”— se dio el lujo de nunca utilizarlo.
Ya lo había dejado en claro: “Tranquilos, el brazo de escribir es el derecho”.
raelart@hotmail.com




