Rompecabezas | Socios inevitables, vecinos complicados: México y EU ya se entienden en medio del ruido
México y Estados Unidos no eligieron ser vecinos. Tampoco pueden darse el lujo de dejar de ser socios. Esa es la premisa incómoda —pero realista— desde la cual hoy se empieza a leer la relación bilateral. En medio de tensiones acumuladas, agendas adversas y discursos duros, comienzan a asomarse más líneas de encuentro que de ruptura entre los gobiernos de Donald Trump y Claudia Sheinbaum. No hay afinidad ideológica ni gestos de confianza plena, pero sí algo más determinante: pragmatismo político.
La conversación telefónica sostenida este jueves entre ambos mandatarios fue leída en Estados Unidos con una sobriedad que dice más que cualquier adjetivo. Según lo informado por las oficinas presidenciales y retomado por la prensa internacional, el intercambio se concentró en comercio, seguridad fronteriza, combate al narcotráfico y la revisión del T-MEC. No hubo anuncios espectaculares ni acuerdos nuevos, pero sí un mensaje implícito: la relación se mantiene operativa.
Trump habló de una llamada “productiva”, insistiendo en los temas que forman parte de su narrativa central: frontera, fentanilo, tráfico de armas y comercio. Sheinbaum, por su parte, subrayó el carácter “cordial” del diálogo y la continuidad del trabajo bilateral, cuidando no abrir flancos en asuntos sensibles como soberanía o presencia extranjera en tareas de seguridad. Dos discursos distintos para públicos distintos, pero un mismo punto de coincidencia: seguir hablando porque dejar de hacerlo sería más costoso.
Desde Washington, la percepción sobre México empieza a matizarse. Ya no aparece solo como el socio incómodo al que hay que presionar, sino como un actor indispensable para la estabilidad regional, particularmente en un año marcado por la revisión del TMEC y por un clima político interno polarizado en Estados Unidos. Figuras clave del entorno trumpista, como el secretario de Estado, Marco Rubio y el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, han insistido públicamente en que México debe “hacer más” en seguridad, pero al mismo tiempo reconocen que romper la cooperación tendría efectos económicos inmediatos para ambos países.
El comercio sigue siendo el principal ancla. En círculos empresariales y políticos de Estados Unidos existe claridad sobre el impacto que tendría una relación deteriorada con México en inflación, cadenas de suministro y competitividad industrial. En México, el TMEC se asume como el principal blindaje frente a decisiones unilaterales. Esa interdependencia no elimina la fricción, pero obliga a administrar el conflicto, no a escalarlo.
En seguridad, el entendimiento es más discreto, pero no menos relevante. Mientras Trump mantiene una retórica dura contra los cárteles y ha insinuado en el pasado acciones más agresivas, la realidad es que la cooperación entre agencias continúa bajo esquemas que evitan choques públicos.
La migración es otro punto de encuentro forzado. Estados Unidos necesita contención; México necesita evitar crisis humanitarias y políticas en su territorio. Ninguno obtiene todo lo que quiere, pero ambos obtienen lo suficiente para mantener gobernabilidad. Esa lógica de “mínimos funcionales” se ha convertido en una constante de la relación.
Incluso en energía —un terreno particularmente sensible—, la administración Sheinbaum ha recalibrado decisiones sensibles —como los envíos de petróleo a Cuba, la intensidad regulatoria en electricidad, el tono frente a Pemex y la gestión de permisos privados— optando por ajustes discretos, frenos parciales y silencios estratégicos que reduzcan el riesgo de represalias comerciales o legislativas en el marco del TMEC.
De tal forma que, sin desmontar el control estatal ni renunciar al discurso de soberanía, el gobierno de Sheinbaum administra costos y asume que cada decisión energética hoy se lee en Washington como parte de una negociación mayor que cruza comercio, seguridad y migración, privilegiando la despresurización del conflicto sobre el choque ideológico abierto.
Todo esto explica por qué la relación México–Estados Unidos ya no se describe, desde el norte, como una alianza en crisis, sino como una relación compleja en proceso de acomodo. Los temas adversos siguen sobre la mesa —fentanilo, armas, comercio, soberanía—, pero ya no dominan en solitario la narrativa.
A diferencia del sexenio de Andrés Manuel López Obrador, hoy la presidenta Sheinbaum y Donald Trump comparten espacio con una idea más fría y menos estridente: ninguno de los dos gana si el vínculo se descarrila.
Para México, el reto es doble. Aprovechar estas líneas de encuentro para fortalecer su posición negociadora y, al mismo tiempo, evitar que el pragmatismo se traduzca en silencios que alimenten la percepción de subordinación. Encontrarse no es ceder; es saber hasta dónde tensar la cuerda sin romperla.
El fondo es claro. México y Estados Unidos son socios por necesidad y vecinos por destino. La relación nunca ha sido sencilla y no lo será. Pero hoy, en medio de agendas cruzadas y presiones internas, ambos gobiernos parecen haber entendido algo básico: administrar el conflicto es mejor que vivir en él. No hay luna de miel. Hay coexistencia estratégica. Y, en esta relación, eso ya es un avance.




