Opinión

Rompecabezas | El golpe a Venezuela desnuda la agenda real del Make America Great Again

Por: Mónica García Durán

Venezuela no fue jaque mate: Trump juega por el petróleo y la hegemonía continental…

El ataque de Estados Unidos contra Venezuela, ejecutado en la madrugada del viernes y que derivó en la captura de Nicolás Maduro, fue leído por muchos como un jaque mate fulminante. La imagen es tentadora: un presidente depuesto, trasladado a Nueva York para enfrentar cargos penales, y un mensaje de fuerza enviado al mundo. Pero esa lectura es incompleta. La partida no terminó. Apenas entró en su fase más cruda.

Para Donald Trump, Venezuela nunca fue el objetivo final, sino una pieza clave en un tablero mucho más amplio. El movimiento central no es político ni humanitario: es energético y geopolítico. Ejercer control sobre la mayor reserva petrolera probada del planeta y, al mismo tiempo, cortar el suministro a adversarios estratégicos como China, Irán y Cuba, forma parte de una estrategia de reposicionamiento global que va mucho más allá del discurso sobre narcotráfico, terrorismo o migración ilegal.

Petróleo primero, ideología después

Conviene decirlo con claridad: la retórica utilizada durante el último año contra el régimen venezolano —narcoterrorismo, colapso institucional, migración masiva— ha sido funcional, pero secundaria. Si esos efectos colaterales se reducen, mejor. Pero no eran el objetivo central del discurso de Trump.

Lo que el presidente Trump ha buscado de manera consistente es recuperar el dominio estadounidense en el continente americano y devolverle a Washington una hegemonía hemisférica similar a la que ejerció en la era de Ronald Reagan. No es una intuición nueva ni una improvisación de campaña. Su consigna Make America Great Again nunca fue solo un eslogan interno; siempre tuvo una traducción externa: Estados Unidos manda, el resto se adapta.

En ese sentido, Venezuela se convirtió en el escenario ideal para demostrar que Washington ya no se siente obligado a justificar sus intervenciones con relatos democráticos o humanitarios. El mensaje que emana de las declaraciones de Marco Rubio y del propio Trump es brutalmente simple: entramos porque podemos, nos quedamos lo que nos conviene y decidimos quién gobierna según nuestros intereses.

La lectura entre líneas subraya que la operación no inaugura una nueva era para Venezuela, sino que desnuda una lógica vieja, ejercida ahora sin complejos. Estados Unidos se reserva el derecho de actuar unilateralmente cuando sus intereses estratégicos lo exijan. Y en la visión trumpista, esos intereses hoy tienen más que ver con el petróleo que con las drogas.

Basta con traer a la memoria el más reciente documento de la Estrategia de Seguridad Nacional, donde ya se anticipaba este giro: menos multilateralismo, más acción directa; menos valores universales, más cálculo crudo. Venezuela fue elegida para demostrar que ese cambio no era retórico.

Grieta republicana: apoyo inmediato, dudas de fondo

Ahora bien, en el plano interno, la intervención de Estados Unidos abre un frente incómodo para Donald Trump, pues la mayoría de los republicanos cerró filas de inmediato tras la “misión impactante”. Sin embargo, conforme pasan las horas, aparecen fisuras en una coalición ya tensionada por un año electoral difícil, marcado por temas domésticos como salud y asequibilidad.

Las declaraciones de Trump sobre el posicionamiento de Estados Unidos para “gobernar” Venezuela encendieron alarmas en sectores que ven ahí una traición al credo de “Estados Unidos Primero”. La crítica más dura vino de la congresista republicana Marjorie Taylor Greene, quien calificó la operación como parte del “manual de Washington” que beneficia a corporaciones, bancos y ejecutivos petroleros, no al ciudadano estadounidense promedio.

No es una crítica menor. Expone el dilema central de Trump: ¿cómo sostener una política exterior abiertamente intervencionista sin romper su narrativa anti-stablishment?

Delcy Rodríguez: pragmatismo sin democracia

En este marco se entiende una de las decisiones recientes más inquietantes: la permanencia de la vicepresidenta Delcy Rodríguez en la cúpula del poder venezolano. No responde a ninguna lógica de transición democrática, sino a un cálculo frío. Rodríguez controla resortes clave del Estado y garantiza estabilidad inmediata para la operación energética.

La contradicción es evidente. Si Maduro era inaceptable por autoritario e ilegítimo, ¿qué convierte a su vicepresidenta y mano derecha en una opción tolerable? La respuesta no es ética ni política: es funcional. Washington no busca democratizar Venezuela; busca administrarla.

Lo evidente en la lectura del caso, es que Venezuela no fue jaque mate. Fue una jugada fuerte, sí, pero en una partida que el presidente Trump juega a largo plazo. El objetivo no es Caracas; es el reordenamiento del poder en el hemisferio occidental y el control de flujos energéticos globales en un mundo cada vez más fragmentado.

El riesgo es doble. Hacia afuera, normaliza una lógica de intervención sin pudor. Hacia adentro, tensiona una coalición republicana que empieza a preguntarse si este Trump sigue siendo el mismo que prometió menos guerras y más prosperidad doméstica.

La mesa está lejos de levantarse. Y en este tablero, Venezuela fue solo una pieza.

Related Posts