Opinión

Jóvenes estudiantes en confinamiento: un grupo de población en riesgo por la pandemia

Por: Marcos S. Reyes Santos*

En las condiciones actuales de la pandemia, los jóvenes, de entre 18 y 24 años de edad, podrían estar atravesando por una situación particularmente complicada debido al confinamiento y por los factores asociados a su propia condición etaria con respecto al resto de la población. A diferencia de los menores de edad, que se supone estarían bajo el cuidado y supervisión más directa de sus padres, los jóvenes pertenecientes a este grupo de población son relativamente más libres, pero, al mismo tiempo, también están atravesando la etapa de la adolescencia tardía y el primer tramo de la edad adulta, además de estar cursando sus estudios de bachillerato y de educación superior, respectivamente. Ciertamente, no todos los jóvenes en este rango de edad pudieran estar estudiando ni porque ahora sean mayores de edad, en automático, ya no estén bajo el cuidado y supervisión de sus padres, pero la idea es alertar sobre la situación de los jóvenes en condiciones de riesgo y vulnerabilidad. 

En tiempos de la pandemia, un tema recurrente en el debate público es la deserción escolar, la cual tiene diversas causales, tales como: el abandono de la escuela por tener que trabajar para complementar el ingreso del hogar; la ausencia de un entorno familiar, que estimule en el joven el interés y la significación del estudio en esta etapa de su vida; la necesidad de nuevas experiencias de convivencia con personas de su edad, como distractor y factor de relajamiento de la disciplina escolar, etc. Adicionalmente, el confinamiento por la pandemia también ha imposibilitado que los jóvenes puedan acudir físicamente a la escuela, cancelando, con ello, la posibilidad de la retroalimentación simbólica de los rituales del encuentro y convivencia con sus amigos y compañeros de escuela. 

Sin embargo, el confinamiento en el hogar por la pandemia no solo implica la imposibilidad de asistir a la escuela, sino que también enfrenta a los jóvenes a nuevos retos, como por ejemplo, tener que distribuir adecuadamente su tiempo entre sus diversiones y sus responsabilidades escolares para poder atender puntualmente las sesiones virtuales de sus clases, así como adoptar nuevos hábitos de estudio y de trabajo para cumplir diligentemente con la entrega de las tareas. Si bien estas actividades pudieran atenderse con cierta eficiencia, a partir de una buena autodisciplina, una dimensión, quizás, poco perceptible y valorable del confinamiento es la posibilidad de que su prolongación en el tiempo, no solo genere incertidumbre y angustia en los jóvenes, sino que también afecte su autoestima y salud emocional. 

Una de las consecuencias emocionales de la pandemia es que los jóvenes en confinamiento pudieran estarse privando de la retroalimentación, producto de la convivencia e interlocución con sus pares, como base para la afirmación de las nociones y valores que van desarrollando y que abonan a la construcción de su identidad y autoestima en esta etapa de su vida. Asimismo, los jóvenes confinados por la pandemia también corren el riesgo de desarrollar situaciones depresivas, alteraciones en sus horarios de sueño y de comida, sobre todo cuando los padres no tienen la posibilidad de estarlos monitoreando constantemente, que pudieran derivar en problemas de salud, tanto física como emocional, o agravar tendencias depresivas e, incluso, suicidas, en los casos de mayor riesgo. 

En este contexto, es de reconocer y valorar el esfuerzo y la constancia de los jóvenes estudiantes confinados en cuanto al desarrollo de su capacidad resiliente, tanto para cumplir regularmente con sus obligaciones escolares como también para enfrentar con cierto estoicismo las consecuencias emocionales de la pandemia. Lo preocupante, en este caso, serían los casos de aquellos jóvenes que no cuentan con el apoyo regular de su familia, la sociedad y de las instituciones educativas para hacer frente a la adversidad en mejores condiciones, y, en particular, de aquellos con tendencias depresivas y suicidas, que pueden agravarse bajo el confinamiento, y que podrían requerir, incluso, ayuda profesional para poder salir adelante. Como se sabe, la resiliencia es la capacidad que desarrolla un ser humano para poder enfrentar y, por supuesto, superar la adversidad, lo cual requiere no solo de las cualidades y fortalezas propias de un individuo, tales como: el autocontrol emocional, una sólida autoestima, la gestión adecuada de los conflictos, etc., sino, sobre todo, también de rodearse de un entorno familiar y social-institucional propicio. 

*El autor es profesor-investigador adscrito al departamento de Estudios de Administración Pública de El Colegio de la Frontera Norte-Sede Tijuana (mreyes@colef.mx). 

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