Opinión

Elección EU 2026: la crispación, ¿marcha atrás? ¿progresismo?

Por: José Zavala Álvarez*

El martes 3 de noviembre el electorado estadunidense renovó las 435 curules de la Cámara de Representantes, 35 de los 100 escaños del Senado y 36 gubernaturas, y lo hizo con un margen proyectado de unos 13 puntos en el voto popular de la Cámara, el mayor que obtiene un partido en una elección intermedia desde 1974. La bancada demócrata del Senado, con los dos independientes que votan con ella, pasa de 47 a por lo menos 54 escaños, con Alaska y Misisipi todavía sin definir; en la Cámara, donde los republicanos tenían 218 curules frente a 214, las proyecciones dan a los demócratas alrededor de 255. Votaron más de 124 millones de personas, récord para una intermedia, y el azul llegó a donde nadie lo esperaba, porque James Talarico derrotó a Ken Paxton y será el primer senador demócrata electo por Texas desde 1988, y Kansas manda a un demócrata al Senado por primera vez desde 1932.

La explicación de fondo hay que buscarla menos en las virtudes del partido demócrata que en un estado social de crispación, el hartazgo y el temor de una sociedad que ve a una élite de acaudalados secuestrar el gobierno y usar el poder del Estado para multiplicar sus riquezas. En las encuestas de salida, 91% señaló la corrupción gubernamental y 89% el costo de la vida como factores de peso en su voto, y en la encuesta de Reuters e Ipsos 93% de los demócratas y 71% de los republicanos rechazó que los multimillonarios gasten millones para influir en las elecciones. Hartazgo de los trabajadores del propio gobierno, del que salieron más de 317,000 empleados federales en 2025 bajo la tijera del Departamento de Eficiencia Gubernamental de Elon Musk, forzados por las élites apropiadas del gobierno a actuar contra los mismos trabajadores; hartazgo de los propios círculos militares, que han visto al secretario de Defensa, Pete Hegseth, destituir o empujar al retiro a más de una docena de generales y almirantes, incluido el jefe del Ejército, Randy George, en plena guerra; hartazgo de los trabajadores de las agencias de inmigración y fronteras, donde se usa a inmigrantes o a descendientes de inmigrantes para acosar inmigrantes y se asedia a familias trabajadoras en grado de xenofobia y odio. Y miedo a que la impulsividad y la voluntad caprichosa de quien ocupa la Casa Blanca provoque una conflagración bélica de alcance mundial, temor a que la animadversión creciente contra lo estadounidense estigmatice y ponga en riesgo a sus viajeros, pánico a ser violentados por sus propios cuerpos policiacos y de espionaje, rechazo absoluto a tecnomillonarios metidos en la manipulación electoral y de la información con herramientas informáticas, dentro y fuera de las actuales fronteras estadounidenses.

El 3 de enero el trumpismo asaltó Venezuela, capturó a Nicolás Maduro y anunció que las grandes petroleras invertirían ahí «miles de millones»; el 29 de enero firmó la orden ejecutiva que cerca aún más a Cuba con un bloqueo petrolero con tintes de exterminio, un anacrónico empecinamiento de no dejarla vivir en paz; el 28 de febrero, azuzado por el sionismo y el apetito desbordado de las megapetroleras, lanzó con Israel la guerra contra Irán. La guerra encareció la gasolina, los alimentos y los fertilizantes, 74% de los votantes dijo que pesó en su decisión, según la encuesta de CNBC, y el vicepresidente Vance lo admitió al día siguiente sin rodeos: «perdimos por la guerra», y pidió, entre otras cosas, cambiar la relación con Israel.

¿Marcha atrás? En 2024, hartos del bidenismo, de su financiamiento y apoyo al sionismo en su campaña de exterminio y saqueo del pueblo palestino, y al neonazismo ucraniano que exterminaba a ucranianos de habla rusa y que provocó la operación militar de Putin sobre territorio ucraniano, millones de electores se fueron al trumpismo pensando que se revocarían las expediciones militares punitivas y exaccionistas ordenadas por las élites de acaudalados para beneficio de acaudalados. Dos años después regresan al azul, y el péndulo no es casual. El vetusto sistema electoral estadounidense, que las élites de control no han permitido cambiar en más de dos siglos, encierra la alternancia entre rojo y azul. ¿Cuál democracia, si ese sistema ha entregado la presidencia en cinco ocasiones a quien perdió el voto popular, las dos últimas en 2000 y 2016? Y aun en esta, la peor derrota republicana en medio siglo, más de cuatro de cada diez votantes siguieron votando rojo. Si la victoria se reduce a devolver la conducción del Congreso a Chuck Schumer y a la dirigencia que acompañó las guerras de Biden, la crispación habrá producido solo un cambio de color.

¿O hay progresismo? Bernie Sanders, el patriarca, junto con Alexandria Ocasio-Cortez y con Zohran Mamdani, electo alcalde de Nueva York el 4 de noviembre de 2025, impulsó candidaturas que desafiaron al aparato de su propio partido, y de las 21 que respaldó, 17 habían ganado al cierre del miércoles. Abdul El-Sayed, que califica de genocidio la guerra en Gaza y propone un sistema de salud universal y gravar a los multimillonarios, ganó en Michigan y será el primer senador musulmán del país; el leñador y sindicalista Troy Jackson derrotó en Maine a Susan Collins. También ganaron, con todo, figuras del aparato como Roy Cooper en Carolina del Norte y Sherrod Brown en Ohio. ¿Son verdaderamente progresistas? La agenda de los primeros 100 días que Hakeem Jeffries, en camino a presidir la Cámara, envió a su bancada el miércoles 4 propone revertir los recortes a Medicaid, restituir los fondos de asistencia alimentaria, extender los créditos fiscales de la ley de salud, desmontar los aranceles de Trump, frenar la guerra contra Irán e investigar la corrupción del presidente, su familia y su gobierno, porque, escribió, se acabaron los días en que la Cámara funcionaba como subsidiaria de la administración Trump; el juicio político, ha dicho, no está ni dentro ni fuera de la mesa. Es una agenda de alivio y de contrapeso, más moderada que el sistema universal de salud y el gravamen a los multimillonarios de El-Sayed, y falta ver si la intención alcanza al presupuesto militar y al trato a América Latina, terrenos en que el bipartidismo estadounidense ha hablado casi siempre con una sola voz.

El 1 de julio Washington se negó a prorrogar por 16 años el T-MEC y lo dejó sujeto a revisiones anuales hasta 2036; un Congreso demócrata recupera ahora contrapesos sobre comercio, presupuesto y guerra que el trumpismo ejercía sin oposición. La presidenta Claudia Sheinbaum advirtió en septiembre que México no es piñata de nadie en las campañas estadounidenses, y en junio de 2027 México tendrá sus propias elecciones intermedias, en las que, advirtió también, Washington no intervendrá, y con Baja California en primera línea de la frontera y la migración.

¿Usará el Congreso demócrata sus facultades de guerra para detener la guerra contra Irán, o el «alambre de púas legislativo» que promete Schumer se quedará en retórica? ¿Revertirá el cerco petrolero a Cuba y el saqueo sobre el petróleo venezolano, o el bipartidismo volverá a coincidir en América Latina? ¿Llegarán El-Sayed, Jackson y sus pares a disputar la conducción de su partido rumbo a 2028, o el aparato los disciplinará? ¿Aceptará Trump dos años de Congreso adverso, o la impulsividad que lo llevó a la guerra buscará nuevos frentes? ¿Encontrará México en el Capitolio un interlocutor más previsible para la revisión del T-MEC y el trato a sus migrantes, o seguirá siendo «piñata de campañas»? ¿Fue la crispación social una marcha atrás hacia lo mismo, o el principio de un progresismo que todavía tiene que demostrar que lo es?

*Profesor investigador, El Colegio de la Frontera Norte, Unidad Mexicali
jza61@colef.mx

Related Posts