El último lector | La dinamita alegórica de la Fundación Nobel
No es que dude de la señora.
Su discurso, en la fase oral, es claro: propaga el mensaje.
Lo hace, como todos aquellos que pretenden establecer una narrativa, desde el “marketing” más obvio.
Lo que resulta “turbio” es el contenido, como todo aquel que, enganchado en las ofensas militantes, tenga algo que decir desde la oposición, el escarnio o la misma persecución.
La “Traición a la patria” —de la que se le acusa en Venezuela— le ofrece un “programa político” alterno al que, actualmente, se le embute la “dinamita alegórica” que le ofrece la Fundación Nobel.
Por eso Julian Assange —fundador de WikiLeaks— cuestiona su entrega a Marina Corina Machado (M.C.M.), ya que constituye una apropiación indebida que facilita “crímenes de guerra”.
No hubo Paz para Trump, sino un caramelo publicitario para la exdiputada M. C. M., para favorecer al primero.
Hoy, el ruido y la furia. Mañana, las sumas, los muertos, los intereses y los pagos de facturas.
La constante felonía de esta líder artificial —renunciante siempre a la hora del fracaso (“clandestinidad”, se apresura a decir) y, mientras tanto, defensora del Libre Mercado a la usanza antropófaga— lleva en el corazón de su honestidad la combustión intestina que impulsa reiteradamente la intervención militar extranjera.
(Lo del bombardeo no lo sé de cierto, lo de la invasión militar a Venezuela —que no se da aventando rosas desde el cielo— lo acaba de reiterar en la rueda de prensa del Nobel.
Al agotarse el romanticismo de la lucha armada —a partir de la caída de las Torres Gemelas (11-S), cualquier brote subversivo será denominado “Terrorismo”—, reaparece en el escenario el “show” beligerante de los bufones al servicio de intereses foráneos, modelo de una globalización que hace del mundo un circo en llamas.
Quien no es capaz de soñar resulta ser un pobre diablo —un “eunuco”, en palabras de Tomas Borge—. Al ser humano al que le es posible soñar y de transformar esos sueños —sin convertirlos en pesadilla— es, en realidad, un “auténtico revolucionario”.
Todo lo demás es revuelta, subversión, amontonamiento en la plaza, espabilarse de fin de semana, rebelión sin salida.
Galardones, como el que recibe M.C.M. —destinados a ensalzar la desobediencia civil— sólo terminan por “premiar” la obediencia servil.
La tarde del miércoles 10 de diciembre, M.C.M. ha reiterado a la prensa reunida en Oslo su discurso de opositora al actual régimen de Venezuela, con los siguientes favores al presente mandatario estadunidense: “Las acciones del presidente Trump —entiéndase: asedio, petróleo, piratería, violación del Derecho Internacional, invasión y un largo etcétera— han sido decisivas para alcanzar el punto en el que nos encontramos, en el que el régimen [de Nicolás Maduro] es más débil que nunca”.
¿El llamado “Comandante Cero”, quien recibió apoyo estratégico y financiero por parte de la CIA? ¿La guerrilla fantástica de hoy en día, a quien el Che Guevara escupiría con gusto en la cara? ¿Las variaciones cortesanas sobre un mismo tema?
Harto se debe estar de las caricaturas salvadoras de los EE.UU.
Porque, como lo refería Marx, “la historia se repite, primero como tragedia, luego como farsa”.
Sin la “odisea” geopolítica —realizada con manual de instrucciones: ocho retenes militares, 48 horas de viaje secreto, un disfraz y dos acompañantes, incluida una vértebra rota— poco sentido tendría para M.C.M. recibir el premio que le otorgó el Comité Noruego del Nobel.
La espectacularidad vende, como la guerra. Es el sello de Occidente.
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