El último lector | Gaza: Nacer a la muerte
Decir que el mundo “ha perdido su alma” en Gaza —como hace algunos meses lo sugirió Josep Borrell, ex jefe de política exterior de la Unión Europea—, resulta ser una consigna expansiva, de fácil poder mediático, donde la comodidad y la repugnancia se estremecen en la cobardía anestesiada de las frases de política escatológica.
Es decir, aquellos amarres de palabras —pobreza del sionismo, que interpreta de manera literal su libro sagrado— que hacen del “fin de los tiempos” su oferta trascendental.
Asistimos a un genocidio disfrazado de “crisis humanitaria”, donde la comunidad internacional —que sólo hace presencia en comunicados— se desatiende de la ingeniería de muerte que prevalece en Gaza y permite, de forma deliberada e indignante, que Netanyahu y su aliado norteamericano, Trump —quien pone el armamento y el absurdo de “negociaciones” siempre fallidas—, desplieguen la obscena tormenta de hambre que asola, bajo las bombas y los crímenes de los francotiradores en las filas de repartición de comida, el infierno de un nuevo holocausto.
El carácter de holocausto (en hebreo Shoá, traducido como “La Catástrofe”), padecido ya por quien lo implementa —la lección más clara de inhumanidad pervertida en el siglo XX, que se gangrena hoy en el pueblo palestino—, muestra las costuras desgarradas, hilachos de sangre y pus, de un nazismo israelí intensificado por los más modernos avances de la tecnología bélica, la cruel y reiterada inconsciencia colectiva del Estado expansivo y, utilizada como arma de guerra medieval, la eficaz hambruna que asesina —en su demora de locura y desnutrición— a niños, mujeres, heridos, enfermos y ancianos.
Quien desconozca lo que es el hambre que se calle.
Ya lo decía el poeta uruguayo: “Así estamos / consternados / rabiosos / aunque esta muerte sea / uno de los absurdos previsibles / da vergüenza mirar / los cuadros / los sillones / las alfombras / sacar una botella del refrigerador…”*
¿Qué hemos aprendido de todo este horror? Ha pasado el tiempo como una lanza que vulnera la carne moral —el cuerpo que la acoge—, dejando en la inmensa montaña de pútridos cadáveres —ahogo y supuración del pueblo palestino— una humeante flor del silencio.
Camus, no sin indiscriminado reproche, solía referir: “Incluso en la destrucción hay un orden, hay límites”. Toda defensiva irracional es, en el fondo, una indomable dominatriz que disfraza su miedo con sadismo.
Se necesita ser demasiado estúpido para no reconocer, entre la asfixia inhumana de las llamas y los cadáveres, la rúbrica de “genocidio”; un genocidio que se expande como escabrosa araña impúdica —insomne fruto de los juegos de guerra del deudor Netanyahu y su camarilla de zafios—, con sus emanaciones fútiles centradas en la desaparición de un grupo humano —el palestino— que, en versión “per cápita”, desde hace tiempo se confunde con animales…
En esta fosa de muerte —en la que Israel ha convertido la franja de Gaza—, el odio es un lúbrico gusano violento que deja sus huevecillos en la sangre metafísica de un futuro por llegar: la atrocidad de lo indeseable, ampollado por el abuso presente, vesánico, delirante, atroz, de hechura sistemática.
Da impaciencia y asco leer los periódicos…
Mas por ello no dejaré de citar la justa reflexión de la columnista Máriam Martínez-Bascuñan: “En realidad, no llegamos tarde a reconocer el genocidio, sino a admitir que siempre supimos que lo era. La diferencia entre demorarse por ignorancia o por cobardía es la misma que entre el error y la complicidad. En Gaza, elegimos ser cómplices”.
raelart@hotmail.com
*“Vámonos, derrotando afrentas”, Mario Benedetti.




