Opinión

El último lector | Adiós a Peter Brook / El espacio vacío que deja una puerta abierta

Por: Rael Salvador

¿Qué me hace cercano a Peter Brook? ¿Sus proyectos sobre Shakespeare? ¿La interpretación “monumentofilial” —el neologismo es mío— de “El Mahabharata”? Quizá la visión de un tiempo en escena que, tras su muerte —acaecida este domingo 3 de julio, a los 97 años—, obliga a pensar en el mutis, en la salida y pérdida de muchas cosas valiosas… 

A finales de los 80, activo en el grupo teatral del dramaturgo Jacobo De (Rodolfo Alcaraz) —“Teatro fuera del Teatro”—, observé fascinado por TV, en el Canal de Atlanta (Turner Network Televisión, TNT, vía parabólica del padre) “El Mahabharata”, ese film de larga duración —épica de 9 horas— donde lo maravilloso se eleva por encima a toda trivialidad, otorgándole a nuestras “verdades” un nuevo rango de existencia. 

Nunca en la puta vida había observado algo parecido… Sin lugar a duda, Peter Brook abrió la puerta y la epifanía tuvo lugar. 

Con Jacobo De pude leer “El espacio vacío” (circulando desde 1968) y entender, tanto en la vida como en los teatros, un poco sobre nuestra propia puesta en escena… Ahora mismo rescato de entre mis diseminados tomos y libros “A puerta abierta” —él, Brook, que partió el mismo día que Jim Morrison, el vocalista de The Doors, “Las puertas”, esos umbrales abiertos tanto a la vida y como a la muerte—, en la edición de Artes Escénicas (ALBA, 2014), que se encarga de recoger las reflexiones de un genio tras bastidores y narra cómo logra que las interpretaciones de sus actores se basen, surjan, mimeticen, reacomoden y se instituyan desde las más íntimas fuentes del significado, por decirlo de algún modo.

Ya la actuación —bajo su fuego direccional— nos reprenderá desde la puesta en escena.

Lluís Pasqual, director de teatro español, rememora una preciosa historia oriental que Peter Brook le contó “en una de las mesas del humilde restaurante del teatro de Les Bouffes du Nord”, su refugio parisino, mesas que compartían actores y espectadores, antes o después de una función: «En un monasterio hindú, perdido en mitad de la maleza, vivían unos monjes, entre ellos uno del que nadie conocía su voz. No se la había oído nunca hablar, y todos le atribuían la más profunda sabiduría y el mayor conocimiento. Cuando estaba a las puertas de la muerte, los demás monjes le pidieron que hablara para poder conocer esa verdad que nunca había pronunciado. El anciano monje pronunció sólo una palabra: “Fuego”. Y en ese momento el monasterio ardió».

Peter Brook (1925-2022) será por siempre un referente obligado —como Artaud o Grotowski, Kantor, Beckett o Boal—, uno de esos émulos del “Rey Lear” que, montados en su gabardina de gestos y ademanes, se pasean después de una lluvia torrencial por las aceras cercanas al “Gran Teatro del Mundo”, siempre vociferando pájaros de Sade y Marat, blandiendo lo indecible entre la sangre y dl silencio, acarreando nervios a la tempestad y, a la vez —bodas de Oriente y Occidente, Hamlet en Ganesha y viceversa—, suaves tormentas de pétalos de nieve ante los rituales del fuego y sus sombras hipnóticas: “Puedo tomar cualquier espacio vacío y llamarlo un escenario desnudo. Un hombre camina por este espacio vacío y mientras otro lo observa, y esto es todo lo que se necesita para realizar un acto teatral. Sin embargo…”

El mundo es un escenario donde la crueldad es un cuento idiota que nos da razón de nosotros mismos. 

raelart@hotmail.com

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