Opinión

El Escuchón: Los propósitos de año nuevo

Por: Enrique Camacho Beltrán*

Por fin pude ir al gimnasio a cargar pesas. Ahí, un chico exclamaba que había que aprovechar lo vacío que estaba, porque en enero vendrían los Propósitos-de-año-nuevo. Es gente que, según él, satura el gimnasio a partir del 7 de enero y hasta finales de febrero, para no volver más, hasta el próximo enero. Con desprecio agregó: “…hacen de todo por perder unos kilitos, menos comer bien, hacer ejercicio con constancia y disciplina todo el año y amar y aceptar su cuerpo”. Mientras mi raquítico organismo sufría con los pesos, pensaba en lo frecuente que los seres humanos sucumbimos a la autocomplacencia y el autoengaño en vez de perseguir metas valiosas con esfuerzos constantes, estudiados y disciplinados.

Por ejemplo, temo que, como en el caso de los propósitos-de-año-nuevo; el gobierno mexicano sea capaz de todo para defender rabiosamente su narrativa de éxito en el poder, excepto ejercerlo de manera efectiva y responsable con esfuerzos sistemáticos y constantes.

En vez de actuar sostenidamente para establecer el Estado de derecho, ejercer control territorial, reducir la impunidad y procurar la gobernabilidad, el gobierno prefiere organizar plantones masivos para mostrar la unidad del partido, descalificar cualquier intento de expresión o demanda legítima fuera del partido, construir obras monumentales inútiles sin estudios ni evidencia de su beneficio social, organizar conciertos gratuitos, preparar consultas ciudadanas con el resultado arreglado o no vinculantes, simular que la ciudadanía elige los jueces y magistrados, pontificar desde La Mañanera del Pueblo que todo es culpa de Calderón (quien terminó su mandato hace más de 13 años) y anunciar que se coadyuvará, propondrá, reformará lo que sea (todo siempre en futuro o sólo en la ley pero sin efectos).

Lo peor: el crear un enemigo ficticio (los ultraconservadores con los que se identifican no sólo a los conservadores mismos, sino a los opositores, la prensa, la academia, toda izquierda no morenista y cualquier disenso con el régimen). Ese enemigo que simultáneamente es todo poderoso y temible, pero patético e inerme, según lo requiera la narrativa del miedo o el triunfalismo alternativamente.

Para poder entender por qué algunos gobiernos, como los propósitos-de-año-nuevo, evitan la disciplina y prefieren cultivar el autoengaño, los politólogos distinguen entre el ejercicio del poder (para el bien común) y el ejercicio performativo del poder. Es algo así como la diferencia entre gobernar y el simplemente hacer como que se gobierna, esperando que la simple exhibición del poder, el puro show, satisfaga a las mayorías despistadas.

La razón de esto es que el poder se gasta de usarlo. Para ver esto imagínese que hay una calle llena de vendedores ambulantes. Eso es bueno porque proporcionan alimentos baratos y genera autoempleo. Eso es malo porque es informal, insalubre y obstruye el paso. Si el municipio usa el poder para regularlos eso es bueno porque beneficia a los peatones, los vecinos y sobre todo la movilidad de las personas más frágiles o con capacidades diferentes. Pero al hacerlo, el poder se gasta porque deja descontentos a algunos puesteros y consumidores. 

Un uso performativo del poder en cambio dejará contentos a casi todos, por ejemplo, organizando una fiesta popular con vendedores ambulantes y vecinos (para acabar extorsionando a los puesteros por su voto y su presencia en plantones). Con ello ningún problema fue resuelto, se mantuvo el estatus quo, y el poder queda intacto o aumentado. Poco trabajo y mucho reconocimiento. ¿Por qué se gasta? Pues porque gobernar quiere decir tomar decisiones controvertidas, que, aun cuando sean para el beneficio de la mayoría, frecuentemente resultan impopulares, requieren mucho trabajo (en estudio, preparación y seguimiento), entregan resultados discretos a largo plazo o a veces fallan y en consecuencia producen poca popularidad o incluso la reducen. Por eso nuestros políticos prefieren acumular el poder intacto, porque así les sirve para proteger sus privilegios imperiales y sus lujos, sin tener que trabajar demasiado.

Lo cierto es que casi nadie queremos invertir o sacrificar nada por el bien común y obligarnos a ello es enormemente impopular. Por eso, aunque nos quejemos todo el año de todo lo que está mal, la mayoría prefiere el autoengaño; y por eso el gobierno, como los deseos-de-año-nuevo hará lo que sea el resto de este 2026, incluso dejar de ejercer el poder para que no se gaste, mientras les permitamos mantener la ilusión que colme nuestra autocomplacencia y proteja sus privilegios. Feliz año nuevo.

Investigador de la Estación Noroeste de Investigación y Docencia
del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.
@KikeCamach

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