El Escuchón | Las señales de alerta y el tirador de Teotihuacán
En una cena escuché a unos papás desnudar su alma: habían hecho muchos sacrificios para darle todo a su hijo. Muchas horas extra, muchos trabajos. El hijo comenzó a encerrarse, a responder con monosílabos, a desaparecer por horas. En la mesa, la conversación se volvió un ejercicio de prudencia: «No exageremos, son etapas. Si lo presionamos, se va a cerrar aún más. Tampoco podemos quedarnos de brazos cruzados. Podríamos revisar su cuarto o seguirlo…» Ninguno se siente cómodo cruzando esa línea, así que mejor aventarle dinero al problema y contratar servicios de coach de vida, entrenador físico y hasta aromaterapia. Resultó que el muchacho sufría bullying en la escuela; y cuando la situación se deterioró, intentó suicidarse. Por fortuna no lo logró, pero, según la orientadora, parte del problema fue que los papás estaban tan concentrados trabajando para ganar más dinero que no habían dedicado tiempo a paternar: hacer la tarea juntos, realizar actividades en familia, explorar intereses comunes, etc. Sin esas experiencias no se crea la confianza para que el hijo pida ayuda en vez de solo sentir vergüenza.
La dramática historia me hizo apurar el trago de vino y pensar en el caso reciente del joven de 27 años que, muy perturbado, subió a una pirámide en Teotihuacán y, desde lo alto, abrió fuego contra los visitantes. El suceso reveló una falla sistemática en los controles de acceso a la zona, pues una inspección básica habría permitido detectar las armas. El Estado, como los padres, reaccionó tirándole dinero a la situación. Tras el ataque, el Instituto Nacional de Antropología e Historia anunció la inversión de 30 millones de pesos, que incluía la instalación de arcos detectores de metales. Pero casi de inmediato comenzaron a circular reportes periodísticos que cuestionaban el costo de esos equipos, sugiriendo posibles sobreprecios e irregularidades en su adquisición.
Sea como sea, la función esencial de un Estado contemporáneo, como la de una familia, no es solo reaccionar a las crisis, sino, más propiamente, prevenirlas. La razón es que la primera obligación de los Estados es establecer los medios institucionales para que las personas nos cuidemos entre todos. Pero el régimen actual se ha involucrado en un debilitamiento sistemático de esa capacidad de protección. Por ejemplo: la sustitución del Seguro Popular por el fallido INSABI y luego por el IMSS-Bienestar; la centralización del sistema de compra de medicamentos; la eliminación de las guarderías; del horario corrido en las escuelas; la expansión del rol de las Fuerzas Armadas en funciones civiles; la extinción de una centena de fideicomisos; la eliminación de órganos autónomos; etc. En la mayor parte de los casos se alegó corrupción, pero no hubo nunca investigaciones ni justicia, y solo se contribuyó a debilitar las capacidades de cuidado, coordinación y supervisión por un supuesto aumento de capacidad ejecutoria que aún no se ha visto.
En particular, por ejemplo, en México, antes de 2022 existieron 51 psiquiátricos y 32 hospitales con la especialidad.
El expresidente López Obrador los eliminó tras la reforma a la Ley General de Salud en materia de salud mental (2022) para implementar un modelo de desinstitucionalización progresiva basado en la comunidad, que en teoría ofrecería una plataforma horizontal de diagnóstico y atención. Pero parece que el cambio fue declarativo, mas no operativo, pues solo hubo deshospitalización sin comunidad. De hecho, en 2024 aumentaron las cifras de suicidio por encima de registros de 2019 y 2014.
Así como en el caso de la familia, cada uno de nosotros podemos ver las señales de alerta del deterioro de nuestra vida pública: feminicidios, ejecuciones, asesinatos en las escuelas y ahora un tirador en Teotihuacán. Así como en el caso de la familia, nuestro gobierno parece muy ocupado en otras cosas: sosteniendo obras monumentales sin utilidad social, una empresa petrolera quebrada sin beneficio público, una empresa de litio que no produce nada, etc. Y así como en el caso de la familia, la tragedia puede evitarse si el gobierno se ocupara de lo más básico: transporte público de calidad que nos permita más tiempo de familia; fiscalías y policías que eliminen la impunidad y que nos den tranquilidad; parques y centros deportivos al alcance de todos; y un sistema de salud con medicamentos que le haga accesible la paz mental a las personas que más la necesitan.




