Opinión

Conservación in situ

Por: Biol. Sonia Gabriela Ayala Cano

A pesar de lo complejo de la cacería ilegal del borrego cimarrón en Baja California, de la deficiencia de las autoridades, aunado a la aseveración de algunos investigadores respecto a que, en la actualidad, no se tiene la certeza de la distribución comprobada de la subespecie cremnobates en el estado. Este valioso recurso faunístico se encuentra en una amplia extensión de hábitats que cuentan con los atributos necesarios para su desarrollo y reproducción.

Grupo de tres hembras y dos machos adultos. Foto Andrea Flores

A lo largo de las sierras borregueras se cuenta con algunas UMA y ranchos particulares que trabajan a favor de la conservación de la subespecie. Siendo los mismos ejidatarios quienes contribuyen sustancialmente a su cuidado; la mayor parte del tiempo con recursos propios y sin el apoyo del gobierno o las autoridades en materia ambiental.

Particularmente, existe un hermoso lugar en el desierto central donde una población de este enigmático animal se desarrolla exitosamente.

Y no, no es un santuario, reserva, parque nacional, estación biológica, ni nada que se le parezca.

Según la literatura, los cimarrones son desconfiados y huyen de la presencia humana, pero así como su instinto de sobrevivencia les indica cuándo huir ante el peligro, también saben dónde son cuidados y protegidos, en el Rancho Cuatro A.

Las acciones de Andrea y Matilde reflejan el amor por su tierra; anteponen su trabajo, sudor, convicción y recursos propios para cuidar de una hermosa manada de borregos cimarrones que presentan una estructura conformada por machos de todas las edades, hembras adultas, jóvenes y corderitos.

No son borregos de paso; es una manada establecida y que, con el paso de los años y el cuidado de Andrea y Matilde, ha crecido sustancialmente.

Ahí es donde se da la verdadera integración del hombre con la naturaleza.

Foto Andrea Flores

Bajo los palos verdes, los mezquites, en las laderas, en los aguajes, en los cañones, bajo los ardientes rayos del sol, es donde se hace educación ambiental y la verdadera conservación; con el ejemplo tangible, sin discursos, sin protocolos, sin simulación, sin política, sin gobierno.

Matilde, el cuidador de los borregos, el que procura el agua para ellos; el que recorre a pie 2 km o más cerro arriba, donde nace el agua, para reparar la tubería que surte del vital líquido a su rancho y a los borregos. El vaquero que recorre senderos a caballo para rehabilitar aguajes a pala y pico en compañía de Andrea.

Hombre de pocas palabras, pero de gran conocimiento.

Con Matilde se puede platicar largas horas sobre el borrego cimarrón; da la cátedra que no se aprende en las aulas sobre la especie, su hábitat, sus senderos, sus huellas, su rastreo, dónde encontrarlos, en qué época, cómo los grupos de animales se mueven de una sierra a otra, etc.

Andrea, la mujer rural, la del monte, la que camina entre ramas y espinas, la que monta a caballo, la que hace mucho sin decir «aquí estoy».

Andrea cuida a los cimarrones por convicción y amor por su tierra, por su monte, por la fauna. Los alimenta, los cuida, les da agua.

Andrea y Matilde, con su conocimiento empírico, les brindan a los borregos lo que el gobierno no hace por ellos: los cuidan, los alimentan, los vigilan, los protegen, los conservan.

Ellos no necesitan crear santuarios para protegerlos.

No necesitan pararse el cuello con sombrero ajeno y hacer reuniones en las altas esferas para decir que pretenden cuidar a los borregos.

No necesitan estar rodeados de académicos y universitarios para saber de los borregos.

No necesitan de conferencias elegantes y rectores parlantes para conocer y cuidar a los borregos.

No necesitan subir una lomita y estar en un campamento elegante para decir que aman a los borregos y que pretenden cuidar de ellos en miles de hectáreas y con cientos de proyectos. No necesitan delimitar un polígono para cuidar del hábitat y decir que se requiere como parte de su albedrío.

Ellos no van a mover unas cuantas hojas secas de palmas, que además son parte del entorno, para decir que están rehabilitando el hábitat del borrego; ellos actúan en pro del hábitat, cuidan al borrego, les proveen comida y agua en época de secas.

Ellos simplemente cuidan de los borregos; los conservan con acciones sencillas, sin necesidad de que sean un símbolo para procurarlos.

En el rancho Cuatro A se observan potos grandes y pequeños, hembras con crías, machos adultos que chocan sus cuernos, jóvenes que observan y caminan en fila detrás de su líder.

En algunas ocasiones, Andrea y Matilde han llegado al rancho después de varios días de ausencia y se encuentran a los borregos merodeando en la cabaña; otras veces, pareciera como si fueran con Matilde a pedirle agua.

Él ha logrado una gran conexión con los borregos que ahí llegan, tanto, que se acerca hasta donde están tomando agua y les acaricia los cuernos. Los animales se quedan junto a Matilde mientras sacian su sed; una vez que toman agua, se alejan un poquito hacia la falda del cerro, se quedan merodeando, comiendo o en actividades de cortejo cuando es la época; otras veces simplemente se echan o se van.

Cuando hay mucho viento o frío, los animales no se aparecen por días, hasta que pasa el mal tiempo; mientras, se quedan resguardados entre los cañones.

Estar frente a estos animales es algo indescriptible; las emociones rebasan todos los sentidos. Se pasa de la alegría a las ganas de llorar, del asombro al hechizo hipnotizante de estar observándolos sin movernos, sin querer alterarlos; ellos, simplemente, nos miran de reojo, toman agua y a la vez nos analizan, tal vez preguntándose: ¿qué tanto nos miran estos individuos deformes y de dos patas?

¿Nunca habrán tenido frente a frente a uno de nosotros?

He aquí una gran historia de éxito, de educación por la naturaleza sin traje y sin corbata, sin títulos a grandes letras, pero sí con mucho amor y convicción, de conservación in situ.

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