¿Cómo ven a Sheinbaum afuera?: El NYT muestra el costo político de combatir a los cárteles
El ensayo publicado por The New York Times —“Para Claudia Sheinbaum, eliminar a los cárteles también tiene un precio político”— no es una pieza más sobre seguridad en México. Es, en realidad, una radiografía de cómo se percibe a la presidenta mexicana en el extranjero: atrapada entre la presión de Washington y las inercias de un sistema político donde el crimen organizado no es un actor externo, sino un engranaje incrustado en el poder local.
La autora, Mary Beth Sheridan, miembro del Georgetown Americas Institute, escribe desde una premisa incómoda para ambos lados de la frontera: la fuerza militar, por sí sola, no desmantela redes criminales que también son redes políticas.
La mirada extranjera parte de un contraste claro. Por un lado, Donald Trump insiste en la narrativa de la “guerra total” y en la tentación de intervenir directamente en territorio mexicano.
Por el otro, Claudia Sheinbaum marca un límite: cooperación sí, subordinación no. Desde Washington, esa negativa se traduce —como deja ver Trump— en sospecha o debilidad. Desde el análisis del Times, se interpreta como cálculo político.
Sheridan desmonta la simplificación estadounidense que reduce el narcotráfico a capos carismáticos al estilo de Joaquín “El Chapo” Guzmán. La realidad, subraya, es más estructural: los cárteles funcionan como poderes territoriales que negocian, cooptan o someten a autoridades locales. Organizaciones como Los Zetas o La Familia Michoacana mutaron tras la “guerra contra el narco” en constelaciones fragmentadas, más cercanas a feudos que a empresas criminales tradicionales.
El texto es especialmente incisivo al colocar el foco en Morena. No porque sea el único partido con problemas de corrupción, sino porque hoy concentra el poder. Combatir en serio a los cárteles implicaría, según Sheridan, enfrentar a cuadros locales, alcaldes, policías y operadores políticos que forman parte de la coalición gobernante. Ahí está el verdadero “precio político” del título.
El caso de Tabasco funciona como ejemplo paradigmático. Hernán Bermúdez Requena, ex responsable de la seguridad estatal, es señalado por documentos de inteligencia como operador del grupo criminal “La Barredora”. Su padrino político: Adán Augusto López Hernández, figura clave del morenismo y aliado histórico de Andrés Manuel López Obrador. Desde fuera, este tipo de episodios alimenta la percepción de una colusión sistémica, no de casos aislados.
El ensayo también pone el acento en la fragilidad interna del poder de Sheinbaum. A diferencia de AMLO, no controla Morena como partido-movimiento. Convive con facciones, lealtades cruzadas y una sombra política —la del expresidente— que aún pesa. En ese contexto, una ofensiva profunda contra redes de protección criminal podría traducirse en rupturas internas y costos electorales rumbo a las intermedias.
Desde la óptica internacional, la presidenta Sheinbaum aparece como una mandataria que sí ha endurecido la estrategia: despliegue militar en la frontera, extradiciones, detenciones de alto perfil y un discurso de “cero impunidad”. Pero también como una líder consciente de los límites: desmantelar las estructuras políticas que sostienen al crimen puede detonar más violencia y erosionar la gobernabilidad.
El mensaje implícito para la relación bilateral es claro. Washington —y buena parte de su opinión pública— sigue esperando una cruzada inmediata y espectacular. México, según este retrato, se mueve en una lógica más lenta y defensiva, condicionada por su propia arquitectura política. Esa brecha de percepciones amenaza con convertirse en fricción constante: una superpotencia que exige resultados rápidos y una presidenta que calcula costos internos en un tablero minado.




