Una peregrinación de 19 horas para despedir al Indio Solari en Buenos Aires
Buenos Aires, 8 de junio. “Que la chupe Capital, nosotros en provincia nos organizamos”, se escuchó decir a una de las más de medio millón de personas –en las calles se congregaron cerca de un millón– que asistieron a despedir a Carlos Alberto Solari, el Indio Solari, en el Polideportivo Gatica, ubicado en el corazón de Avellaneda, municipio de la Provincia de Buenos Aires.
El último adiós del Indio Solari, quien falleció el viernes 5 de junio a los 77 años, no sucedió como debió haber sucedido, en el Congreso de la Nación o en la Casa Rosada, por tratarse de uno de los referentes más importantes de la cultura argentina, y su velorio fue comparable al de grandes iconos nacionales como Evita Perón y Maradona, quienes sí pudieron ser despedidos en esos recintos.
La decisión de trasladar la última “misa ricotera” al conurbano bonaerense sucedió ante la negativa del gobierno de Javier Milei de prestar el Congreso, con la excusa de que dicho recinto no es “un lugar apto para el velorio”, debido a la gran cantidad de personas que se esperaba asistieran a despedir al referente peronista, pero sobre todo uno de los máximos ídolos del rock argentino.
La familia del Indio Solari y referentes peronistas –como Máximo Kirchner– cargaron la situación en el hombro, dejaron sus diferencias a un lado y se comunicaron con Axel Kicillof, gobernador de la Provincia de Buenos Aires, y el intendente de Avellaneda, Jorge Ferraresi, para realizar el velorio en el conurbano bonaerense, en tiempo récord y con las limitaciones que el gobierno municipal puede tener frente a uno nacional que se había dicho no preparado para un evento de esa magnitud.
La convocatoria fue lanzada por sus familiares un día antes: “a partir de las 11 y hasta que haga falta, para que nadie pierda su oportunidad de decirle adiós. Su cuerpo estará allí. Por esa razón, serán jornadas en las que primará el respeto: por él, por sus afectos, y por todos nosotros. No será el momento de sacar afuera la rabia, ni de caer en provocaciones, sino de honrarlo; de estrechar los lazos entre nosotros, redondos, fundamentalistas y marsupiales, cuidándonos como él nos lo pidió siempre. Caminaremos y seremos pacientes, mientras compartimos canciones, hasta llegar a su encuentro y expresarle lo que nos inspiró”.

La peregrinación
Eran alrededor de las 10 de la mañana del domingo en la capital de Buenos Aires, el cielo gris, y en la “ciudad de la furia” parecía que nada estaba sucediendo. Aunque en días anteriores –el viernes, cuando se comunicó la muerte del Indio Solari– la Plaza de Mayo lució completamente abarrotada, y al día siguiente, el sábado, otros miles se congregaron en el Obelisco –incluso fueron reprimidos por la policía–, y durante toda la madrugada en los barrios se escucharon las canciones del ídolo, aquellas nacidas en la rebelión contra dictaduras y sistemas, a forma de poemas con guitarras de rock.
Para trasladarse a Avellaneda desde la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la forma más común es tomar el tren desde la estación de Constitución, pero ante la sospecha de que el transporte estuviera abarrotado, muchos optaron por tomar el bondi –camiones– hasta el conurbano bonaerense. En las paradas se observaban decenas de personas haciendo fila, la mayoría con playeras de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, la icónica banda del Indio Solari. Ya arriba, una persona sacó una bocina y puso canciones de la banda, ante pasajeros que comenzaron a descorchar sus vinos y abrir sus latas de cerveza, y corearon al unísono: “a brillar, mi amor. Vamos a brillar, mi amor”.

El “bondi” apenas recorrió un par de kilómetros, y los pasajeros se bajaron porque para alrededor de las 11:00 de la mañana la “peregrinación” de seguidores ya había llegado al límite de la provincia y la capital, para llegar a despedir al ídolo en el Parque de los Trabajadores.
“Bienvenidos a Avellaneda”, se leía en un puente, pero la fila no comenzaba ahí: se extendía más hacia atrás, llegando a registrar una extensión de por lo menos ocho kilómetros, avanzando para ingresar al Parque de los Trabajadores, que se mantuvo activo de forma ininterrumpida durante toda la noche –hasta alrededor de las 4:30 de la mañana del lunes–, incluso con frío y persistentes lluvias.
“Que se metan el Congreso y la Rosada en el orto, la concha de su madre”, se escuchó decir a lo lejos a uno de los miles de “peregrinos”, que pudo ser cualquiera y en cualquier momento, porque comentarios como ese se repitieron a lo largo de las 19 horas que duró el velorio del Indio Solari. “Nos organizamos sin problema”, se dijo en otra conversación lejana. La negativa de que el último adiós se diera en el Congreso fue el tema recurrente, y se destacaba la poca presencia policial, de ambulancias o personal de Protección Civil, común en eventos tan multitudinarios. Lo que sí era visible eran los voluntarios que ayudaron a orientar postas de salud, sectores de hidratación y baños, con quienes los fanáticos estaban agradecidos por “no soltarles la mano”.

El tiempo transcurrió avanzando a paso lento, y alrededor de la masa de gente ardía el fuego de las parrillas, se prendían cigarrillos, se descorchaban vinos, se lloraba, se comían empanadas y choripanes, se gritaba “birra, fernet, birra, fernet”, y se entonaban himnos peronistas y canciones del Indio Solari. También, personas vendían camisetas con la imagen del Indio Solari, en muchas de ellas acompañado –en la edición de la imagen– por Maradona, Néstor Kirchner, Evita Perón y Cristina Kirchner.

Las canciones que se entonaron
Durante las 19 horas que duró la peregrinación no dejaron de sonar las canciones que llevaron al Indio Solari a ganarse el amor –al igual que Evita, al igual que Maradona– de un pueblo entero. Las letras en la voz del ídolo sonaron sin parar en los balcones del recorrido y en las bocinas de los asistentes –que al filo de la medianoche eran menos, pues la batería de los aparatos electrónicos no resistió como la de los ricoteros: “me mueve lo que me conmueve”… Pero hubo canciones que fueron más recurrentes.
“Una bandera que diga el ‘Che’ Guevara. Un par de rocanroles y un porro pa’ fumar. Matar a un rati para vengar a Walter y en toda la Argentina comienza el carnaval. Vamo’ Redondos, con huevo vaya al frente, que te lo pide toda la gente”, se coreó decenas y decenas de veces, con emoción como si se tratase de un partido de fútbol.
Y en cuanto sonaba el intro de “Ji Ji Ji”, de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, la multitud comenzaba a bailar y cantar: “No lo soñé, yeh. Se enderezó y brindó a tu suerte. No lo soñé, yeh. Y se ofreció mejor que nunca. No mires, por favor. Y no prendas la luz. La imagen te desfiguró”.
Asimismo, como una especie de leitmotiv de lo que los tenía ahí reunidos, cantaban a todo pulmón “La Bestia Pop”: “mi héroe es la gran bestia pop. Que enciende, en sueños, la vigilia. Y antes que cuente diez, dormirá. A brillar, mi amor. Vamos a brillar, mi amor. A brillar, mi amor. Vamos a brillar, mi amor”.

“Hacer el aguante”
Horas y horas de peregrinación transcurrieron de ese modo, y en la entrada del Polideportivo Gatica se hizo visible la presencia de trabajadores estatales, quienes al pasar las personas les decían “gracias”, como si se tratase de héroes anónimos a quienes tienes la oportunidad de conocer. Y en una pantalla gigante se leía: “MÁS DE QUINCE MIL PERSONAS POR HORA pudieron llegar tranquilamente a despedir al Indio. NO HAY HORARIO DE CIERRE. La fila avanza sin cesar. Sigamos transcurriendo esta despedida en paz, todas y todos tendrán oportunidad de llegar”.
Al ingresar, un recinto con paredes negras e imágenes fluorescentes, una galaxia proyectada y en ella, justo al medio, se lee: INDIO 1949-INFINITO. La multitud avanzó hasta poder ver el féretro del ídolo, posicionado como si se tratase de un escenario, y alrededor, sus familiares y seres queridos tenían a sus pies miles de regalos del pueblo que lo amó y lo tomó como referente.
La gente rompía en llanto, y la última imagen, al salir del recinto, era de abrazos fraternales de personas envueltas en banderas argentinas o con imágenes del grande del rock nacional, bajo la lluvia que decidió arreciar sin parar durante la madrugada.
“¡El Indio es del pueblo!”, se escuchó decir a un hombre llorando desconsolado después de despedir al ídolo argentino, a quien se le realizó un velorio bajo la mística y el toque subversivo con la que vivió toda su vida. Y de regreso en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, parecía que nada había sucedido…





