El arte de conversar | Inteligencia Artificial: ¿Quién se queda con la productividad?
Durante años hemos hablado del futuro del trabajo con una pregunta que parece inevitable: ¿cuántos empleos va a destruir la tecnología?
Primero fueron las máquinas, después las computadoras, luego los robots. Hoy la preocupación se llama inteligencia artificial.
Pero quizá estamos haciendo la pregunta equivocada.
La inteligencia artificial no necesariamente va a sustituir a millones de trabajadores de un día para otro. En muchos casos lo que hará será permitir que una persona produzca más en menos tiempo.
Y ahí aparece una pregunta mucho más interesante para el derecho laboral:
¿quién se queda con ese aumento de productividad?
Pensemos en algo muy sencillo.
Si para realizar determinado trabajo anteriormente se necesitaban ocho horas y, utilizando inteligencia artificial, ahora puede hacerse en seis, existen dos horas de productividad ganada.
¿A quién corresponden?
La empresa podría aprovecharlas para producir más.
Podría reducir costos.
Podría incrementar sus ganancias.
Podría necesitar menos trabajadores.
Pero también podría traducir parte de ese beneficio en mejores salarios, capacitación o jornadas más cortas.
Ésa, me parece, será una de las grandes discusiones laborales de los próximos años.
Conviene hacer aquí una precisión. Cuando hablamos de quién se queda con ese beneficio no estamos hablando necesariamente de la participación de los trabajadores en las utilidades, que en México tiene sus propias reglas legales. Estamos hablando de algo más amplio: del beneficio económico que produce trabajar con mayor eficiencia.
La inteligencia artificial ya permite redactar documentos, revisar grandes cantidades de información, ordenar datos, preparar reportes, traducir, programar, atender consultas y realizar en minutos tareas que antes podían consumir horas.
Eso tiene un valor económico.
Y alguien se quedará con ese valor.
Hasta ahora, buena parte de la conversación sobre inteligencia artificial se ha centrado en el miedo a que desaparezcan empleos.
Ese riesgo existe en determinadas actividades.
Pero también existe otro escenario: que el empleo permanezca, mientras cada trabajador produce mucho más.
Si esto sucede, el conflicto ya no será solamente entre empleo y tecnología.
Será también sobre cómo se distribuye el beneficio de la tecnología.
Esta discusión resulta especialmente interesante en México porque estamos viviendo al mismo tiempo otro cambio importante: la reducción gradual de la jornada laboral.
Durante meses hemos discutido las 40 horas principalmente desde dos posiciones.
Por un lado, quienes consideran que los trabajadores deben tener más tiempo para su vida personal, familiar y descanso.
Por el otro, las empresas que advierten que reducir horas manteniendo salarios puede aumentar sus costos.
Ambas preocupaciones son reales.
Pero falta incorporar un tercer elemento: la productividad.
Si un trabajador puede producir en cuarenta horas lo mismo que antes producía en cuarenta y ocho, la discusión cambia.
La reducción de jornada ya no sería solamente una prestación que genera un costo.
También podría ser una forma de repartir el beneficio generado por una mayor productividad.
Por supuesto, esto no sucede por decreto.
Una empresa que simplemente reduzca horas sin mejorar sus procesos probablemente tendrá problemas.
Para producir más en menos tiempo se requiere inversión, organización, capacitación y tecnología.
La inteligencia artificial puede formar parte de esa ecuación.
Y esto también obliga a replantear la capacitación laboral.
En los próximos años quizá el trabajador no compita solamente contra una máquina.
Puede competir contra otro trabajador que aprendió a utilizar mejor esa máquina.
Quienes sepan utilizar estas herramientas tendrán posibilidades de producir más, resolver problemas más rápido y asumir tareas que antes requerían equipos completos.
Por eso me parece equivocado plantear la discusión como una lucha entre trabajadores e inteligencia artificial.
La verdadera discusión debería ser cómo incorporar la tecnología al trabajo sin dejar al trabajador fuera de sus beneficios.
Existe además otro problema.
La inteligencia artificial no sólo puede ayudar al trabajador.
También puede ser utilizada por las empresas para administrar trabajadores.
Ya existen programas capaces de organizar horarios, repartir tareas, medir tiempos, evaluar rendimiento y detectar si alguien cumple determinados objetivos.
Antes el supervisor observaba al trabajador.
Ahora también puede hacerlo una computadora.
Y entonces aparecen nuevas preguntas.
¿Puede un programa decidir que un trabajador es improductivo?
¿Puede determinar quién merece un bono?
¿Puede recomendar una sanción?
¿Puede convertirse en la base de un despido?
El uso de tecnología no elimina la responsabilidad del patrón.
Una empresa no debería poder decir: “yo no tomé la decisión; la tomó el sistema”.
Los sistemas también se equivocan.
Pueden trabajar con información incompleta.
Pueden interpretar mal determinados datos.
Incluso pueden repetir prejuicios existentes en la información con la que fueron diseñados.
Por eso, detrás de una decisión laboral importante debería seguir existiendo una persona responsable.
También cambiará la manera de probar los conflictos laborales.
Cada vez veremos más asuntos en los que una empresa pretenda demostrar retardos, incumplimientos o baja productividad mediante registros electrónicos, cámaras, sistemas de acceso, ubicación de dispositivos o programas que analizan la actividad del trabajador.
Los tribunales tendrán entonces que preguntarse no solamente qué dice esa información, sino cómo se obtuvo, quién la generó, si puede comprobarse y si el trabajador tuvo oportunidad de cuestionarla.
Estamos apenas entrando en ese terreno.
Pero el problema de fondo seguirá siendo económico.
Si la inteligencia artificial permite producir más con el mismo número de trabajadores, se generará riqueza adicional.
La empresa tiene derecho, naturalmente, a beneficiarse de la inversión, del riesgo y de la tecnología que incorpora.
Pero también será legítimo discutir si parte de esa nueva productividad puede traducirse en mejores condiciones de trabajo.
Tal vez en mejores salarios.
Tal vez en capacitación.
Tal vez en jornadas menores.
Tal vez en una combinación de todo ello.
Durante más de un siglo el derecho laboral ha discutido cómo distribuir razonablemente los beneficios generados por el trabajo.
La inteligencia artificial añade ahora una nueva pregunta:
cuando la tecnología multiplique lo que un trabajador puede producir, ¿quién se quedará con ese incremento de productividad?
Probablemente ahí estará una de las grandes discusiones laborales de nuestro tiempo.
La inteligencia artificial puede significar menos trabajadores produciendo más.
Pero también puede significar trabajadores mejor capacitados, mejor pagados y trabajando menos horas para producir lo mismo o incluso más.
La tecnología pondrá las herramientas sobre la mesa.
La manera de repartir sus beneficios seguirá siendo una decisión humana.¿Usted qué opina? ¡Se vale replicar!




