Opinión

El Escuchón: La abusadora

Por: Enrique Camacho Beltrán*

Estaba esperando mi cita mientras escuchaba un chismezote sobre un señor que había acudido a una psicóloga para tratar sus inseguridades. La psicóloga, poco a poco, comenzó a ejercer mayor influencia en sus decisiones, separándolo de familiares, amigos y colegas. —Aquel te tiene envidia, tu madre es una manipuladora, tu hermano no soporta tus logros— le decía. La mujer le insistía que ella era la única de su lado, la única que lo entendía y la única que podía ayudarlo. Al final, cuando el hombre se volvió emocionalmente dependiente de ella, dejaron la terapia y comenzaron una relación que culminó cuando ella le quitó la casa que había heredado de su madre. El señor defendió con fervor y fe ciega a su abusadora hasta el último día, en que llegaron a desalojarlo.

El chisme me traumó, porque el abuso ya es de por sí algo horrible que destruye la autonomía, la autoestima y la confianza de la víctima; pero hay un nivel superlativo de perversidad cuando es la propia persona que tiene el deber institucional de ayudarte la que aprovecha tu vulnerabilidad para abusar de tu confianza y robarte. Lo peor es que no se necesita ser estúpido o ignorante para ser víctima de ese tipo de abuso, sino que basta con encontrarte en un mal momento (como le ocurre a cualquiera al menos alguna vez en la vida) para que, con tan solo utilizar tus inseguridades y mezquindades, y los defectos y miserias de tus cercanos, pueda convencerte de que afuera nadie te quiere, nadie te dice la verdad y nadie puede cuidarte mejor. Así, destruyendo tu autoestima y creando dependencia, una persona abusadora no necesita encerrarte en un sótano o matarte para apoderarse de tus pertenencias. Después sentí un verdadero terror cuando consideré la posibilidad de que existiera una manifestación colectiva de este tipo de abuso. De hecho, hay casos de grupos de personas enroladas en algún culto que lo han sufrido; pero ¿puede una población entera quedar atrapada en una dinámica semejante con quienes la gobiernan?

¿Y si algo parecido nos estuviera ocurriendo colectivamente? ¿Será que estábamos en un mal momento de rabia y decepción después del peñismo y eso podía ser explotado? ¿Acaso nos convencieron primero de que todos los partidos y todos los políticos eran absolutamente corruptos (cuando en realidad no todos y no siempre con el mismo grado), pregonaron que los jueces siempre eran privilegiados, los organismos autónomos totalmente impagables de caros, los periodistas completamente interesados, las organizaciones civiles más que sospechosas y los académicos habitantes de una torre de marfil y ahogados en falsedades y equívocos? ¿Será que esos absolutos borraron deliberadamente las complejidades y los matices hasta quitarnos nuestra red de apoyo y convencernos de que aquellas instituciones no podían seguirse mejorando y solo merecían desaparecer? ¿Militarizamos la seguridad; permitimos una sobrerrepresentación legislativa cuya constitucionalidad fue severamente cuestionada; transformamos radicalmente a la Corte mediante la reforma judicial; desaparecimos organismos autónomos y fideicomisos; y ahora discutimos nuevas reglas sobre derechos de las audiencias y cobertura electoral? Cada maniobra tiene, considerada aisladamente, una justificación posible; como también podía tenerla cada advertencia de aquella psicóloga sobre la familia y los amigos de su paciente. Lo inquietante aparece cuando dejamos de mirar cada episodio por separado y observamos el patrón: cada vez quedan menos lugares independientes a los cuales acudir cuando quien promete protegernos es precisamente aquella de quien necesitamos protección.

Quizá estoy malviajándome y la autocratización de un Estado no tenga nada que ver con el abuso ni con un gigantesco gaslighting colectivo. Pero hay una simetría que no consigo quitarme de la cabeza: tanto una posible autócrata como la abusadora del chisme necesitan tan solo convencernos de que afuera todos mienten, todos conspiran, todos quieren hacernos daño y solo ellas pueden protegernos, porque quienes consiguen que desconfiemos de todos los demás y hasta de nosotros mismos ya no necesitan encerrarnos a punta de pistola: solo tienen que esperar tranquilamente a que les entreguemos la tarjeta de crédito, la cartera y hasta la casa entera, mientras gritamos hasta el final, como el hombre del chisme, que es un honor estar con nuestro abusador.

*Investigador de la Estación Noroeste de Investigación y Docencia del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM

@KikeCamach

Related Posts