Metrópolis a 100 años: el mundo como megafábrica para adorar a Moloch
Veo en mi celular la imagen de una antigua cárcel clausurada y reacondicionada como Airbnb, pintada de rosa y con todos los servicios modernos, pero sin eliminar los barrotes y la distribución panóptica de las celdas. Debajo de todo, el autor del meme escribió: «Foucault hizo una crítica, no un manual». Así veo ahora Metrópolis (1927) a casi 100 años de su estreno: la legendaria cinta de Fritz Lang que como las grandes obras de la humanidad ha pasado decenas de veces frente a nuestros ojos sin que la hayamos visto (ya sea en comerciales, videos musicales, programas de televisión), y que cada tanto el público de una nueva película de fantasía acredita como su inspiración o tributo, aun cuando ese no haya sido el deseo del director. Basta ver las comparaciones o referencias que se hacen a la malísima película de Emma Stone de 2023, Poor Things, con planos rodados hace un siglo.
Y como a Yorgos Lanthimos, así le pasó en diferentes momentos a George Lucas, a Terry Gilliam y, desde luego, la más obvia por genial, a Blade Runner (1982) de Ridley Scott. Metrópolis no es una simple distopía, aunque traumó al mundo del espectáculo antes de que se publicaran los libros 1984 y Fahrenheit 451. Tampoco es sólo ciencia ficción, aunque fue la producción más influyente en el género hasta la aparición de 2001: A Space Odyssey (1968) y la saga de Star Wars a finales de los setenta. Como un clásico del cine mudo y del expresionismo alemán, integra una de las tres cumbres del género junto a El gabinete del doctor Caligari (1920) y Nosferatu (1922). Un dato bobalicón y que no dice nada hasta ver la película considerando un hecho: la creación más poderosa del amo de la ciudadela (Joh Fredersen) y su ingeniero (Rotwang) no fue una mujer autómata, sino —como su nombre lo indica— toda una ciudad. El mundo como una megafábrica donde los trabajadores que la hacen funcionar habitan las catacumbas y, tarde o temprano, son la ofrenda para el culto a Moloch que le rinde un tecnofeudalista, el mismo tipo que en el Siglo XXI buscaría vibrar alto acompañando a Elon Musk y a Alex Karp viajando al espacio y prendiendo cirios ante el retrato de Steve Jobs dentro de un templo en la isla de Epstein.
Entre las dos imágenes que mencioné antes (las catacumbas y Moloch) hay metraje de una maestría portentosa que llevaría a cualquier novato sin imaginación a insultar a Metrópolis calificando a la obra de Fritz Lang y Thea von Harbou como el filme que ideó a ChatGPT o Claude, pero su nombre no es «inteligencia artificial»; se llama, literalmente, ciudad, ciudad grandísima, ciudad descomunal (pensando entonces en Nueva York, «la ciudad que nunca duerme», y ahora pensaríamos en París, en Tokio, en Londres, en Ciudad de México). Pienso incluso en Megalópolis, el nombre de la película de 2024 de Francis Ford Coppola, filmada para homenajear a la de 1927. El mismo reseñador de mente chata hablará de la majestuosa epopeya retrofuturista como una parábola de los conflictos de la sociedad industrial que teorizó el marxismo y que resolvió el echeleganismo. «El mediador entre la cabeza y las manos debe ser el corazón», es la frase con la que concluye el filme. Pero no, Marx escribió una crítica, no un manual.
Gaza: el genocidio del que nacerá una metrópoli
«Desprovisto ya de todo centro que restrinja su compulsión a colonizar extensivamente cada rincón de la Tierra, el poder ha acabado por confundirse con el ambiente mismo. Los megaproyectos infraestructurales, los planes urbanísticos de embellecimiento, la expansión incontenible de dispositivos de control, sea en la franja de Gaza o en el istmo de Tehuantepec, son algunos de los modos de aplicación de un mismo programa global de metropolización». Lo anterior es una cita de Un habitar más fuerte que la metrópoli (2018), libro de autor anónimo que firma como Consejo Nocturno. Y viene al caso porque si algo será Gaza para quienes vivan en el futuro —porque nuestros ojos no pueden abrirse sin dejarnos paralizados de terror o indiferencia— deberá ser la dramática, desgarradora y brutal construcción de una metrópoli en menos de un siglo, con todo y el carrusel de Google Maps, observando desde ahí cómo un territorio rural árabe pasó a ser tierra ocupada israelí, campo de guerra, sitio de un genocidio y, al cabo, un resort turístico con precios altísimos que definirán los socios del sionista yerno de Trump (imagino que será un lugar parecido a los Jardines Eternos de la película, donde Freder conoce a María y ve cómo la echan del lugar). Quizá por ello Metrópolis era la película favorita de Hitler y Goebbels, quienes tenían planes similares a los de Netanyahu con Palestina, pero los alemanes para todo el globo. Se trata de una cinta sobre la limpieza étnica a base de urbanismo e ingeniería social, entendiendo ello como una guerra civil, es decir, gestión gubernamental y operaciones policiaco-militares para controlar un territorio.
Mención aparte merece el personaje de María, el mítico robot del cine que como una desenfrenada bailarina pervierte a tecnoburgueses, y como una predicadora de la unidad obrera protege a los niños de los trabajadores. Culpable en las diabluras y culpable en la bondad. Así lo apuntan las feministas de la más reciente ola: a las mujeres se les usó para la acumulación originaria del capital, despojándolas de toda voluntad por culpa del «pecado original». En Metrópolis, cinta que hipnotizó a una legión de artistas desde su estreno (entre ellos, Giorgio Moroder, David Bowie o Lemmy Kilmister), la mujer es lo mismo una terrible perversión que una posibilidad de redención, y esa dicotomía es otra buena representación que nos regalaron Fritz Lang y Thea von Harbou sobre nuestro mundo. Pues el futuro de las metrópolis es su condena: no es la eternidad sino las ruinas, como lo supieron los toltecas en Teotihuacán y los jemeres de Angkor.




