Washington discute hasta dónde está dispuesto México a llegar en seguridad
La reunión bilateral de seguridad entre México y Estados Unidos dejó algo más importante que una fotografía oficial: una señal política.
Después de meses de tensiones, reclamos públicos y mensajes cruzados sobre narcotráfico, migración y seguridad fronteriza, Washington y Ciudad de México parecen haber decidido cambiar el tono de la conversación. El comunicado difundido por el embajador estadunidense Ron Johnson no está construido alrededor de diferencias ni advertencias. Está construido alrededor de una palabra: resultados.
La creación del nuevo Grupo Bilateral de Implementación (BIG) refleja justamente eso. No se trata de abrir otra mesa de diálogo, sino de dar seguimiento operativo a compromisos concretos. La participación de 15 agencias estadounidenses junto con sus contrapartes mexicanas revela un nivel de coordinación que va mucho más allá de la diplomacia tradicional.
Las cifras presentadas buscan respaldar esa narrativa: reducción del flujo marítimo de drogas, disminución de muertes por sobredosis, decomisos de narcóticos, desmantelamiento de laboratorios clandestinos y aseguramiento de armas ilegales. Más allá de cualquier debate sobre los números, el mensaje es evidente: ambos gobiernos quieren mostrar avances tangibles.
Igual de relevante es lo que el comunicado omite. No hay amenazas, ultimátums ni referencias a acciones unilaterales. Tampoco aparecen las fricciones políticas que han marcado episodios recientes.
La lectura es clara. Mientras la política obliga a veces a endurecer discursos frente a las respectivas audiencias nacionales, la cooperación en seguridad sigue avanzando detrás de los reflectores. Y eso confirma una realidad incómoda para ambos países: pueden discrepar en muchas cosas, pero en materia de seguridad siguen necesitando trabajar juntos.
Piezas sueltas
Sara Carter y el mensaje que Morena no quiere escuchar
Una entrevista -posterior a la reunión bilateral de seguridad- a la zarina antidrogas Sara Carter dejó una noticia que en México pasó casi de puntillas, pero que vale la pena leer con atención.
La funcionaria del gobierno de Trump reconoció ante Jan Jekielek -editor senior de The Epoch Times, medio fundado por inmigrantes chinos asociados al movimiento espiritual Falun Gong-, que existe cooperación con el gobierno mexicano y aseguró que Washington no había visto en mucho tiempo un nivel similar de coordinación en materia de seguridad. No es un dato menor. Llega después de meses de tensiones, acusaciones y desencuentros entre ambos países.
Pero el reconocimiento venía acompañado de algo más incómodo.
Carter dejó claro que la mira de Estados Unidos no está puesta únicamente sobre los cárteles. También está sobre las redes políticas, empresariales y de protección que les permiten operar. Dicho de otra forma: ya no basta con perseguir a los sicarios; ahora quieren saber quién les abrió la puerta, quién los protegió y quién se benefició de ellos.
Por eso llamó la atención que mencionara a Sinaloa y que hablara de funcionarios bajo observación. El mensaje es bastante directo: la discusión ya no gira solamente alrededor del crimen organizado, sino de sus posibles vínculos con estructuras de poder.
Y ahí es donde comienza la parte delicada para el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Porque la cooperación bilateral puede avanzar sin demasiados problemas cuando se trata de detener delincuentes. Lo complicado empieza cuando las investigaciones apuntan hacia figuras políticas. Ahí es donde suelen aparecer los discursos de soberanía, las tensiones diplomáticas y los reclamos mutuos.
La entrevista de Carter deja una señal difícil de ignorar: para Washington, la guerra ya no es sólo contra los cárteles. También es contra quienes, desde el poder, les hayan servido de escudo.
Trump cumple 80 y las apuestas ya no están en Las Vegas, están en la Casa Blanca
Mientras Estados Unidos celebra 250 años de independencia, Donald Trump llega a los 80 años convertido en el protagonista de una paradoja muy estadounidense: un país fundado sobre instituciones que hoy gira cada vez más alrededor del espectáculo.
El mejor ejemplo está en la propia Casa Blanca. Las apuestas deportivas, que durante décadas estuvieron restringidas en gran parte del país, hoy forman parte de una industria multimillonaria impulsada tras el fallo de la Corte Suprema de 2018. Y ahora llegan simbólicamente al corazón del poder. La decisión de Trump de abrir el South Lawn a un evento de la UFC, encabezada por Dana White, uno de sus aliados más cercanos, refleja cómo el entretenimiento, las apuestas y la política se mezclan como nunca antes.
No es un dato menor. Empresas como DraftKings y FanDuel se han convertido en actores económicos de enorme peso, mientras ligas como la NFL, la NBA y la UFC abrazan una industria que antes mantenían a distancia.
A los 80 años, Trump parece entender mejor que nadie hacia dónde se mueve el país: menos solemnidad institucional y más espectáculo permanente. Justo cuando Estados Unidos celebra dos siglos y medio de historia, la política se parece cada vez más a una cartelera de pelea. Y esa quizá sea la transformación más profunda de todas.




