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Opinión

Una sociedad con miedo nunca será una sociedad segura

Por: Beñat Zaldua

Imagínense la escena en una casa familiar: “Hijos míos, nuestros vecinos están locos y el barrio se ha vuelto peligroso e imprevisible. Tranquilos, no pasa nada, pero por si acaso, vamos a acumular comida para tres días por si les da el siroco y deciden atacarnos”. Si el objetivo es calmar y transmitir seguridad a la prole, el fracaso será absoluto. Si se trata más bien de escampar el miedo y abrir de par en par la puerta a la ansiedad, el éxito será rotundo, ¿cierto? 

Las explicaciones de escenarios políticos y económicos complejos mediante metáforas domésticas son un recurso muy manido, así que disculpen desde ahora la falta de originalidad. Pero es una forma sencilla de abordar la decisión de la Comisión Europea de exhortar a la ciudadanía a preparar un kit de supervivencia para 72 horas que permita salir indemnes de una invasión militar o un desastre producido por la crisis climática. No son cosas ni parecidas, pero eso no viene al caso, porque a lo que hemos venido aquí es a infundir miedo. Y para eso nos sirven tanto los rusos como las inundaciones. 

El pánico. Alguien en la Unión Europea ha decidido que, ante los nervios generados por la aparente renuncia estadunidense a la tutela que ha ejercido durante tres cuartos de siglo, la solución debe ser armarnos hasta los dientes. Pero aquí nadie quiere ir a la guerra; los ejércitos europeos no logran reclutar suficientes soldados y ningún hijo de vecino está dispuesto a renunciar a un pedazo del estado de bienestar en nombre del gasto militar. Así que se impone crear un contexto social de histeria que presente como inevitables medidas extraordinarias que de lo contrario serían inaceptables. Doctrina del shock emitida en vivo y en directo. 

Bien mirado, no tiene ni pies ni cabeza, pero a estas alturas ya sabemos que es el relato el que sepulta al dato. Hay suficiente evidencia para establecer que la industria militar es un acelerador de la crisis climática, por lo que rearmarse para hacerle frente es un evidente tiro al pie. Y qué decir de la amenaza rusa. ¿De veras alguien cree que Putin va a atacar a un país de la OTAN? Sin exculpar de nada a un gobierno ruso que ha atacado abiertamente otro país y que, apoyando esta semana a la ultraderechista francesa Marine Le Pen tras su inhabilitación por malversación de fondos, ha vuelto a recordar quiénes son sus aliados en Europa occidental, hace falta creerse muy fuerte la propaganda de uno mismo para imaginarse a soldados rusos atacando a un país de la alianza atlántica. 

Pero es más, incluso si lo hiciera, ¿la treintena de países que, sin contar a Washington, forman esta entente militar serían incapaces de defenderse con los recursos actualmente disponibles? En 2023, según cifras del Stockholm International Peace Research Institute (Sipri), la suma de los gastos militares de los 27 países de la Unión Europea fue de 287 mil 596 millones de dólares, doblando ampliamente el gasto militar ruso, que se quedó en 126 mil 473 millones. 

Del mismo modo, los países comunitarios disponían de un millón 856 mil militares y paramilitares en activo, de nuevo por encima del millón 703 mil a disposición de Moscú. Es lógico pensar que, operativamente, la maquinaria rusa está bastante más engrasada que 27 ejércitos independientes, pero el problema, entonces, no es de volumen de gasto militar, que ya es alto, por mucho que Trump se queje, sino de integración política y militar. Este es el debate que tienen que dar los socios de Bruselas: ¿qué tipo de integración garantiza a los europeos una voz propia y fuerte en el mundo? ¿Qué hay que hacer para lograrla? ¿Están los estados dispuestos a ceder más soberanía? 

Pero este debate se quiere liquidar a cañonazos. Y lo peor es que la inseguridad se instala, por supuesto, en nombre de la seguridad. La guerra comercial lanzada ya sin medias tintas esta semana no hará sino alimentar el discurso del miedo. Sin embargo, pese a todas las incertidumbres que nos acechan, los europeos vivimos en una de las esquinas más seguras del mundo, si no la que más. 

No se lo debemos a los ejércitos. Si me permiten aparcar por un instante los privilegios heredados de un pasado colonial, se lo debemos a un sistema de bienestar que, cada vez con más excepciones, nos garantiza que alguien nos va a cuidar cuando enfermamos sin preguntarnos por nuestro monedero; que alguien va a educar a nuestros hijos e hijas como el bien más preciado que tiene el futuro de una sociedad, sin que tengamos que pedir ningún crédito para financiarlo; que alguien nos va a abonar una pensión digna cuando ya hayamos trabajado suficiente. 

La seguridad no va de armas, va de tener la certeza de que vas a tener una mano a tu alcance cuando vengan mal dadas. Recuperando una frase que, como tantas otras, ha sido adjudicada a Churchill, no sabemos si con demasiado fundamento, la seguridad y la democracia van de tener la garantía de que, si llaman a tu puerta a las seis de la mañana, la única opción sea el lechero. 

La seguridad es incompatible con el miedo por definición. Una sociedad con miedo no será nunca una sociedad segura.

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