Opinión

Un regreso a la fantasía: La rosa púrpura del Cairo

Por: Jesús Pérez Gaona

Volví a ver La rosa púrpura del Cairo (1985). Estos días no han sido los mejores para soportar la realidad. ¿Qué hace el resto de la gente para lidiar con la estulticia de Trump o con el genocidio en Gaza, además de ver TikTok o entrar a Roblox? ¿Cuánto deshielo en los polos hará falta para que la Inteligencia Artificial no sea más una novedad engañabobos? ¿Las historias en el cine todavía tienen algo que contar para quien la experiencia en internet es un trepidante rabbit hole, un rabbit hole donde al final encuentras puertos para producir cripto MAGA al infinito? ¿Todavía alguien puede ver películas para olvidar el mundo?

Buscando un desahogo ante la impotencia caí en la trampa de la nostalgia y volví a ver a Farrow —a Mia Farrow— como Cecilia, en la película de Woody Allen que muy bien podría ser arrastrada al último círculo del infierno junto a las reputaciones de su director y su actriz principal, pero esta vez dejé todo ese mal rollo y La rosa púrpura del Cairo me salvó el día, la noche, el sueño. ¡Qué engaño reconfortante!

Fue para mí un regreso a la fantasía, así como Cecilia volvió a la butaca del cine donde era proyectado un musical de Fred Astaire y Ginger Rogers luego de vivir la aventura metafísica de su vida y de nuevo sufrir, afuera de ahí, el engaño, la violencia, la soledad. El gusto amargo no desapareció, pero la magia del parpadeo me hizo sentir ligero, feliz, completo, algo ahí tenía sentido, alguien en la película cerraba un ciclo, lo otro podía esperar, aun cuando Mia Farrow descubriría años después de filmar La rosa púrpura que Woody Allen se acostaba con su hija, y aun cuando yo solo necesitaba esa noche salir de la prisión en la que vivo ahora. Un retorno al delirio, una celebración de la fantasía, como aquel niño de la calle que Eduardo Galeano encontró en Perú con un reloj pintado en su piel. «Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima», presumió el niño. «¿Y anda bien?», preguntó el uruguayo. «Atrasa un poco», reconoció el menor, enclenque y harapiento.

Un retorno al delirio, una celebración de la fantasía, el cine por el cine, ese engaño al ojo a 24 fotogramas por segundo donde los asesinos se refugian en las sombras, la comida es humeante y la bebida abundante, el horizonte es infinito, los dioses del Olimpo cobran vida, la nieve es más blanca que el cielo, los barcos rompen las olas a tambor batiente, las naves espaciales atraviesan el universo a la velocidad de la luz, las momias vuelven a morir al enfrentarse a luchadores enmascarados, las fogatas son tan místicas como un camino de arcoíris, y el amor es sublime, no una porquería salada y en forma de laberinto.

Al hablar de la obra de Manuel Puig, un sabio deconstruido y posmoderno escribió sobre la vitalidad de quien encuentra en el cine el medio para fantasear ante tal rasgadura de la existencia (el Bloom, diríamos ahora). «Nosotros, espectadores y lectores, ya no venimos de la selva o de la sabana, ya no nos impacta fatalmente el shock of recognition de la jungla de asfalto, ya no provenimos dogmáticamente de las tradiciones recién quebrantadas por el capitalismo. Venimos de películas pésimas y gloriosas, de contrastar la oscuridad de nuestras vidas con la severa brillantez de estos galerones oscuros, de hacer del mundo que vivimos un falso espejo de estas imágenes, de querer expropiar ídolos y lecciones de Hollywood, esa patria feliz de los solitarios reales e ideales». Venimos de las películas, escribió Monsiváis, de contrastar la oscuridad de nuestras vidas con la severa brillantez de estos galerones oscuros. Venimos de las películas, nosotros, espectadores y lectores, ese falso espejo. Y ahora necesitaba volver ahí, a las películas, a la fantasía.

Tom Baxter que es Gil Shepherd que es Jeff Daniels

Entonces, al reproducir el DVD vi a Cecilia quien, a su vez, ve desdoblarse y materializarse una fantasía en el personaje del arqueólogo Tom Baxter, el cual al dejar la película —literalmente dejarla— se une a su fan devota prometiendo que la hará feliz. Un romance de melodrama: un ídolo en persona baja de su estrella y humilde se ofrece, solo para ella. Al mismo tiempo, Gil Shepherd, el actor que interpreta a Tom Baxter en La rosa púrpura (una película dentro de otra película, una metapelícula), también se enamora de Cecilia y con la urgencia de que su personaje no hunda su propia carrera vagando por las calles de Nueva Jersey, promete a la mesera una vida juntos en California si lo ayuda a que Baxter regrese al celuloide, y así lo hace ella, eligiendo en el acto el amor de Shepherd y no a Baxter, pero Shepherd la abandona vilmente cuando confirma que se deshizo de su creación, y todo vuelve a la normalidad. Estafada, concluida la aventura y sabiendo que solo fue extra en el reparto, Cecilia vuelve a la realidad, a la pobreza, a su horrible departamento con un marido obeso, borracho y mujeriego que la maltrata y no aprecia su cariño, lejos del amor naif de esa ilusión llamada Tom Baxter, y sin la vida de glamour de ese desalmado egoísta llamado Gil Shepherd. Entre la realidad y la fantasía, Cecilia fue responsable, eligió la realidad y ayudó a otros como pudo a resolver el problema. Y esa realidad la usó, atropelló y decepcionó. ¿Valió la pena? ¿Y si hubiese elegido la ilusión al quedarse a vivir dentro de una historia de Hollywood? Hay demasiadas personas enganchadas en el opio de las sectas y el «más allá» para adivinar cuál hubiese sido el trágico desenlace de esa versión alternativa.

Pero ¿alguien puede culparla de tomar la decisión racional y fracasar? ¿Quién condenaría a Cecilia por no caer cegada ante la luminosidad de ese diamante egipcio que es el amor de melodrama, la verdadera «rosa púrpura»? ¿Acaso esa época de la Gran Depresión en Estados Unidos fue menos hostil que la nuestra: la era de los misiles Oreshnik y Burevestnik? Y protegerse como lo hace Cecilia no en dispositivos móviles sino en salas de cine ¿no parece una de las mejores salidas, fugas, disimulos?

Para complicar las cosas, el mismísimo Jeff Daniels, el actor que interpreta en la vida real a Tom Baxter y a Gil Shepherd, aseguró que aunque sean reales las denuncias de abuso de menores contra Woody Allen, pensaría demasiado antes de decir que no a la invitación a filmar de nuevo con el director neoyorquino, y que sigue disfrutando sus películas porque a Jeff Daniels su experiencia como actor le ha enseñado a separar la obra del artista. Artista y obra no son lo mismo, según el actor, aun cuando el movimiento #MeToo recomiende lo contrario. Como prueba de ello, agregó, está The purple rose of Cairo, película que le cambió la vida al actor, en el mejor de los sentidos. “He will always be a great american filmmaker”, ponderó Daniels. Él siempre será un gran cineasta norteamericano. Y, todo lo anterior, a pesar de que está del lado de Mia Farrow y da crédito a las denuncias contra Woody Allen.

Hasta aquí el desafío. Ver la película es un desafío. Con todo ello alrededor del film, y mucho más: libros sesudos analizando las obras del aclamado, defenestrado y hoy retirado director —ganador del Óscar, más de una vez— bajo la lupa de la pedofilia; programas de televisión especiales en donde se desnuda a Allan Stewart Konigsberg, sin referirse ni por equivocación a sus repugnantes crímenes; series en streaming con reportajes y entrevistas a familiares, actores y viejos colaboradores del cineasta que revelan detalles perturbadores sobre el matrimonio Allen-Farrow; revistas de chismes y ensayos académicos respetables que lo mismo condenan que redimen al también músico de clarinete, aunque les importa un carajo denunciar el sistema que protege a esta clase de depredadores, y no mencionan ni aluden ni se acercan bajo ningún concepto al caso de Jeffrey Epstein. ¡Ahí está el desafío! Ver el filme con ello alrededor, y además tiktoks y videos de YouTube al respecto, y llegar al final.

La fantasía como reparación, el sueño como descanso

Y sin embargo, el final se impone a ese pesado cúmulo de información, desinformación, ruido, alienación. Cecilia, que es Mia Farrow, que demandó a su director y entonces esposo de violar a una de sus hijas (Soon-Yi) con la que al cabo de unos años terminó casándose, aunque Woody Allen siempre negó los cargos; Cecilia, que es Mia Farrow, exesposa de Woody Allen, un neoyorquino blanco, millonario e influyente que ha cometido horribles atrocidades contra niños a pesar de su máscara de blanca palomita que no rompe un plato; Cecilia, que es Mia Farrow bajo la dirección de Woody Allen, regresa al cine donde vio docenas de veces La rosa púrpura del Cairo, hasta que Tom Baxter salió de la pantalla para preguntarle por qué lloraba; Cecilia, que es Mia Farrow, llora porque la defraudaron y ahora, al final de la película, con el corazón hecho pedazos, está de nuevo frente a la pantalla del cine, necia, ilusionada, entusiasmada por Fred Astaire y Ginger Rogers; Cecilia, como Mia Farrow, como Woody Allen, como tú, como yo, viene de las películas, de contrastar la oscuridad de su vida con la severa brillantez de estos galerones oscuros; Cecilia, como al final de Cinema Paradiso (1988) o en ese homenaje que le hizo Damien Chazelle en el último acto de Babylon (2022), necesita volver ahí, a esos galerones oscuros, pese a ser un falso espejo de lo que se proyecta ante sus ojos; Cecilia, después de todo, después de que la realidad le quedó grande y la ancló sin remedio a la vida, siendo un personaje de ficción y luego de que la ficción la embaucó y la realidad la vomitó, necesita volver a las películas; Cecilia, como tú, como yo, como todos, después de todo, necesita un descanso, necesita de la fantasía.

«El espectáculo es la pesadilla de la sociedad moderna encadenada que no expresa finalmente más que su deseo de dormir. El espectáculo es el guardián de este sueño». Esta es la famosa reflexión de Guy Debord sobre la sociedad disciplinaria y orwelliana del Siglo XX contra la que debimos levantarnos y por la que debimos mantenernos «despiertos», con los ojos bien abiertos, para denunciarla y acaso detenerla. Quizás, desvelados, con la esclerótica irritada por tanto escándalo en torno a Woody Allen y su filmografía, en el estertor del hastío menos vital de la humanidad y con el cansancio acumulado más agrio en la historia, hemos olvidado que el sueño es eso también, un descanso, un respiro, una reparación. El sueño es el espacio para dormir, por más obvio que suene, y la fantasía puede ser el engaño donde se levanta el escurridizo velo de la verdad. Al llegar el alba, luego de limpiar lagañas y desembarazarse de la modorra, habrá tiempo para estar alerta de nuevo y volver a nuestras posiciones de lucidez, jurando que jamás seríamos engañados como lo hicieron con Cecilia.

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