Trascendencia de un poeta: Rael Salvador
“La hora del lobo”, lo sé. La hora de la ausencia para soportarlo todo. Rael Salvador
Escribo esto un viernes 27 de marzo de 2026. Hace dos días falleció Rael Salvador, nuestro editor del suplemento ensenadense Palabra. Con tristeza, he estado sopesando lo que significa que Rael, en un acto de acertijo final (para la comprensión de quienes nos quedamos en la orilla de la playa), haya tomado otro rumbo tan lejano al nuestro.
¿Qué significa que sus reflexiones y horas de lectura gozosa ya no continúen en este plano de la existencia? ¿Cómo otorgar permanente significado a la muerte inoportuna? ¿En qué líneas de verso o prosa hay que buscar para honrar de mejor manera lo que el propio autor deseaba en ausencia?
Tengo pesar en el espíritu. Creo que la gran tragedia a la que nos arrastra la muerte de un escritor es la pérdida de un universo de ficción y realidad, una nube de posibilidades creativas se pierde, se diluye su única forma de abrazar y rechazar lo que el mundo es ante sus ojos. Lo sé. Con la muerte de un poeta se acaban muchas vidas posibles, desdicha semejante a la muerte de una lengua, porque es imposible nombrar sin su palabra originaria a los objetos y las esencias de esta tierra.
Los saberes del hermano mayor
Como presentimiento mortal, de Federico Campbell, hermano mayor del suplemento cultural Palabra, Rael escribió: “al escucharle, después de haberle leído y releído durante tantos años, alguna vez le comenté a su sobrino Eduardo Campbell, su siempre acompañante en Ensenada, que ‘este hombre conforma la esencia de la sabiduría humana y que está aquí, ante nosotros, sólo para demostrarnos la alegría de sus dones: la belleza de pensar, aunada a la capacidad de escribir y vivir: escribir’”.
“Resulta fácil decirlo: conocí en él, Federico Campbell, la valiosa belleza de la palabra, voz pausada, diamante y nube en la balanza del orfebre, todo siempre sonrisa deliberada, defensa relativa ante la inteligente modulación de su pensamiento y la cita justa. ¿Qué importancia puede tener encontrarse en la vida con un hombre como Federico Campbell? ¿Es sólo su literatura, el gabinete desordenado y amable de sus saberes? ¿Su vieja filosofía puesta al día por su aprecio a la ciencia? ¿Los nunca suficientes libros, barcaza espiritual que lo lleva y lo trae de la vida a la muerte y de la muerte a la vida? ¿Su cuidado estilo, que refleja el ánimo y la seducción de un profesional?”
Quiero, en este recordar a Rael, llevarlo hasta el desierto que es uno de mis paisajes amados y el que puede ser metáfora de la búsqueda última, cavilación humana en el silencio aparente de un Dios que curioso sigue cada movimiento y decisión de sus criaturas, el desierto es el crisol-vida en el que la voluntad, la persistencia y el arte personal se prueba, donde la escritura solitaria se sufre y goza.
Rumiar las escrituras de los que se van
Estos pocos días que han pasado vuelvo a la consigna de preguntarme por el significado de la presencia y ahora, ausencia de Rael en nuestra Ensenada. El poeta/filósofo emprende el vuelo, pero sigue gravitando la interacción, los recuerdos y sus escritos sobre nosotros. Es el desierto, en su aridez, donde las preguntas recrean a la divinidad, la ajena y la propia. En la reseña que Rael hace sobre el libro “Palimpsesto, ensayos sobre el arte rupestre”, de Leonardo Varela señala:
“Y comento ante las sombras en llama, que si la lectura en presente es la que determina lo que sucede, el pasado convierte en memoria toda visión de futuro, y tal es el desasosiego que podemos encontrar en una gramática emergente que pretende reestructurar el acto de leer en contraposición del evento socrático que proporciona toda evocación”.
“Si en la escritura hemos redescubierto la mayéutica por excelencia, a través de la cual una persona se revela a sí misma, porque precisamente nadie lee nada, sino que a través de lo que se lee nos leemos a nosotros mismos. (…) La lectura no modifica al lector, sino que saca lo que hay dentro de él, Sócrates, no sin ironía partera, lo expresaba así: ‘yo no te digo otra cosa distinta a lo que tú ya sabes, pero no sabes que lo sabes’. La refracción misma de los saberes del hombre, cifrados en la hélice humana”.
Rael subraya en el texto de Varela una verdad que en su propia escritura es una constante: la conjunción de literatura y filosofía para explicar la humanidad de cada lector que se refleja en los libros que lee. Así, uno va descubriéndose al leer al otro, y en eso coinciden Varela y Salvador: hay siempre una escritura, un palimpsesto latente en cada signo que el lector hace suyo en un libro, pero también en lo cotidiano, en el arte que es reescrito por quien lo interpreta.
Es prematura, os lo digo
En la edición número 43 del suplemento Palabra, Gabriel Trujillo hace un recuento de muertes prematuras en el mundo literario bajacaliforniano; recuerda a los ensenadenses Regina Swain, Luis Pavía, Eliseo Quiñones, Gloria Ortiz y otros quienes tienen en común un trabajo literario sólido que la muerte interrumpió, tal es el caso de Rael Salvador de quien habrá una nueva obra que será publicada en el corto plazo.
La verdad, la sentencia es que toda muerte de un escritor, de una escritora es prematura. Se cierran puertas en donde el lector pudo haber encontrado otras rutas para vivir, para perderse y volver a encontrarse. Con Rael se va la escritura abigarrada, la sintaxis compleja, los saltos de un pensamiento hermético al registro coloquial del lenguaje, la sensación de que el lector tiene que seguir el paso a la idea central, consultar los referentes que el escritor ya ha digerido en adjetivos encaballados. Leer a Rael es entrar a un salón de hipótesis que coquetean con el semblante sonrojado de una tesis muy débil o un argumento apoltronado, leerlo es el viaje, el trip con Nietzsche y Facundo Cabral en un escenario imposible: la página que, en Rael, caben naturalmente Camus y Campbell en diálogo profundo ante una copa de vino en el Valle de Guadalupe.
Un poeta vestido de negro
Ensenada despide de sus calles la figura resuelta de Rael, vestido de negro y botas, lleva un collar de pequeñísimas conchitas blancas al cuello, de mirar grave, mesurado hablar, pero rápido conciliador y dado a la risa, a la remembranza de quien vio y sopesó kilos y más kilos de libros que hoy, esta noche lo siguen esperando en su biblioteca. ¿Cómo se despide uno de los libros amados? ¿Cómo interpretan los retacados estantes de sus libreros la falta de las manos conocidas, las madrugadas de luz y el silencio del que lee y escribe en compañía de otros fantasmas escritores?
Aquarius
(Mi novia en la nieve)
La cerveza cae directo a mi corazón.
Es invierno y ella sigue el ritmo dorado de mis tragos.
El saco de dormir guarda una cobija a cuadros y un libro
/ que no termino de leer (y reescribir).
Estoy medio ebrio, escuchamos a The Doors:
“Come on baby, light my fire”, tú sabes.
Pinos, un poco de tequila, humo y aplasto mi cara
/ en la nieve:
Dejo una Luna como huella.
Estoy helado y colorado. Le pido que mee encima de mí:
Sobre la frente, un poco arriba de la nariz…
¡Dios mío, sobre el tercer ojo!
La cara ardiente de frío es acariciada por el calor humano
/ de un tibio,
Calientito y salado chorro de alivio para ambos.
¡Un acuerdo! Sí.
Lo nuestro es así, más en invierno (si queremos sobrevivir).
Rael Salvador
Un poeta ha muerto en el puerto de Ensenada, Baja California
Las palabras palpitan en espera dentro de cada uno de sus libros, esperan por el hechizo de ser convocadas por un lector, desde sus páginas hay hervor de pensamiento apasionado, hay hermenéutica de mentes brillantes, existe emoción; la dedicación de Rael por degustar historias e ideas, pero, no lo olvides, contiene la perla invaluable de haberse dedicado a observar el ingenio y debilidad humana.




