Ten cuidado: No olvides que tu vida ha sido bendecida con la mía
Foto-cámara de escribir
La escritura se expone —como la fotografía analógica—, a partir del papel sensible de la revelación: al emerger las palabras, encontramos lo que no sabíamos que ansiábamos decir: retratos desconocidos, lo que realmente somos. Belleza y terror, alegorías en el abismo del ser.
Ten cuidado
Observo el cuadro —el de la diosa griega, frente al desayunador— y aventuro una interpretación arriesgada: “Ten cuidado: No olvides que tu vida ha sido bendecida con la mía”. Mientras las palabras resuenan en el mármol, escucho el “Adagio” de Brahms (Intermezzo in B minor) en las virtuosas manos del pianista y compositor polaco Piotr Anderszwski. En el arte del verde, las aceitunas vibran como planetas minúsculos y el destilado de naranja busca una relación íntima con el ambiente. Es de mañana, la luz entra suave —con su valor de memoria—, y entonces imagino la sombra cálida del Acrópolis entre tus mejillas. Somos lo que el mirar nos da como narrativa. Lo demás, música o silencio en la experiencia vital.
Sed de saber
No sólo hay que tener sed de la verdad, sino dientes suaves para rumiarla en la saliva de la inteligencia. Sólo de ahí saldrán palabras honestas y duraderas. Pero antes, en un ejercicio de profilaxis contemplativa —apartados del mercado violento y sus sirenas de guerra—, debemos educarnos en el rumor profundo de los libros y elevarnos con los escarpados oleajes de la vida que, en su humano valor fundamental, son y serán nuestra experiencia y armas de acción.
Mídete en Midas
El filósofo, como rey Midas, al tocar la palabra la convierte en oro. Entonces, el pensamiento brilla —como en el “Preludio de Lohengrin” (de Wagner)— y uno se inclina a beber esa luz de todas las antiguas y modernas fuentes de conocimiento. Porque —no lo ignoremos— filosofar no es otra cosa que la constante de una pregunta sobre otra pregunta, advirtiendo en la acción del alma los encuentros con el saber. Verdades cristalinas —frescas— como relámpagos contra la fiebre.
La Nao del opio va
El opio lo hace navegar por los cielos de mi estudio.
Se trata de un bergartín chino, confeccionado en el siglo XIX, muy parecido a los utilizados en las dos conflagraciones anglo-chinas —las guerras del Opio— que estallaron respectivamente en 1836 y 1856.
En su vuelo, observo la embriaguez de su vientre —pletórico de hierba negra—, la hermosa intoxicación de terciopelo que aviva la libertad en el paraíso ilícito de las pasiones y nos otorga la belleza de fantasmas desnudos.
Compartir el cuerpo con el silencio, aventurarse desde Shanghai hasta los tatuajes luminosos de una ruta cósmica, flotar como juncos entre caricias y estrellas…
Mi Nao va, en su baño bajo el sol de libros, cargando el opio prohibido del juego, la mansedumbre y la sonrisa, la melodía exacta —ese acompasado inhalar y exhalar del circuito armónico de los fumadores de opio— para tumbarme en la orilla de una página —¿De Quincey o Boissière?— y permitirme así circunnavegar en meditaciones del vacío, la serenidad y la develación minúscula de las mil y una eternidades…
Hombre sin rostro ya, ahora la creación y yo somos socios.
El hermano Schiller
En la “novena sinfonía” de la vida, los que escribimos formamos un coro que confía todavía en Beethoven: cantar contra la muerte, insistir que volveremos a ser hermanos.
raelart@hotmail.com




