Opinión

Rompecabezas | Donald Trump aprieta, México coopera…

Por: Mónica García-Durán

No es una coincidencia diplomática ni una suma de episodios aislados. La detención de Ryan James Wedding en México, revelada este domingo por la revista Vanity Fair, ocurre al mismo tiempo que Washington y Ciudad de México formalizan un nuevo entendimiento para “fortalecer la cooperación en seguridad” y que el gobierno de Estados Unidos publica su 2026 National Defense Strategy. Las tres cosas forman un solo movimiento estratégico.

El mensaje es claro: la presión del presidente Donald Trump ya no es retórica. Está escrita en doctrina, ejecutada en operaciones y respaldada por acuerdos bilaterales que colocan a México en el centro de la seguridad hemisférica.

En Washington, durante el tercer Grupo de Implementación de Seguridad, ambos gobiernos pactaron acelerar acciones contra el fentanilo, ampliar el intercambio de información y priorizar “casos relevantes”. En el lenguaje diplomático, eso suena a continuidad. En la práctica, significa alineamiento operativo bajo parámetros definidos desde el norte.

Ese alineamiento quedó formalizado con la publicación de la 2026 National Defense Strategy, firmada por el Departamento de Defensa que encabeza Pete Hegseth. El documento no habla de cooperación abstracta: redefine amenazas, recalibra el uso de la fuerza y deja una advertencia explícita a los socios. Estados Unidos ayudará, sí, pero se reserva el derecho de actuar unilateralmente si un Estado “no puede o no quiere” enfrentar amenazas transnacionales.

México aparece ahí, aunque no siempre por nombre propio…

La doctrina que cambia las reglas

La Estrategia 2026 introduce tres elementos que explican la presión constante de Trump sobre México:

Primero, la doctrina Unable or Unwilling —incapaz o no dispuesto— es la bisagra jurídica que explica la presión constante de Washington sobre México. Bajo este criterio, Estados Unidos se arroga el derecho de actuar cuando un Estado no ejerce control efectivo sobre amenazas que afectan su seguridad nacional. No importa el discurso de soberanía ni la voluntad declarada: lo que cuenta es el resultado. Si el crimen organizado mantiene territorio, rutas y capacidad de daño, el socio deja de serlo y pasa a ser evaluado como un problema operativo.

Por eso la cooperación dejó de ser voluntarista y se volvió condicional. México coopera para demostrar capacidad y voluntad; Washington presiona para exigir evidencia. Cada captura de alto perfil, cada traslado de reos, cada operación conjunta funciona como prueba política para evitar que se active la cláusula unilateral. En este nuevo marco, la soberanía no se defiende con comunicados, sino con control territorial. Y quien no entrega resultados, queda expuesto a que otros decidan por él.

De tal suerte, Washington evaluará a sus socios no por su discurso, sino por su control efectivo del territorio. Donde el Estado no ejerza autoridad real frente a organizaciones criminales, EE. UU. se considera habilitado para actuar.

Segundo, la recalificación del fentanilo como amenaza de seguridad nacional equiparable a un ataque armado. Las muertes por sobredosis se colocan en el umbral de “daño grave”, lo que permite invocar legítima defensa proactiva.

Tercero, la designación de cárteles y traficantes como organizaciones terroristas habilita herramientas financieras, judiciales y operativas propias del contra-terrorismo, no de la cooperación policial tradicional, lo cual es una licencia política para intervenir, directa o indirectamente, cuando Washington considere que un socio falla.

Wedding: cuando la doctrina se vuelve práctica

Es en ese contexto donde debe leerse la captura de Ryan James Wedding. Vanity Fair detalla que el miércoles por la noche Kash Patel abordó un Boeing 757 del FBI rumbo a México. Menos de 48 horas después, Wedding —ex atleta olímpico canadiense convertido en zar de la cocaína— estaba detenido.

El dato decisivo es operativo y político: el grupo que ejecutó la captura fue el mismo equipo de élite del FBI que semanas antes realizó la operación quirúrgica para detener a Nicolás Maduro en Venezuela. No es un detalle menor: es el mensaje.

Tras una negociación intensa con autoridades mexicanas, Wedding fue puesto bajo custodia estadounidense. Patel lo dijo sin ambigüedad: estuvo “en el terreno” y fue testigo de la coordinación y confianza con los “socios en México”.

Eso no es cooperación simbólica. Es cooperación ejecutiva, bajo mando estadounidense y con objetivos definidos en Washington.

Cooperar para no ser intervenido

Aquí está el dilema mexicano. El acuerdo para fortalecer la cooperación en seguridad funciona, en los hechos, como un mecanismo de contención: cooperar para evitar ser clasificado como “incapaz o no dispuesto”. Entregar resultados para no activar la cláusula unilateral.

Por eso México trasladó la semana anterior a 37 reos. Por eso acepta operaciones conjuntas. Por eso la presencia de agencias estadounidenses deja de ser excepcional y se vuelve funcional. Asi, la soberanía ya no se mide por la ausencia del otro, sino por la capacidad de cumplir.

La lógica del cobro

Donald Trump no presiona por capricho. Presiona porque su estrategia —ahora escrita en la Estrategia 2026— exige resultados verificables: reducción de flujos, desmantelamiento de redes, control territorial. Cada captura exitosa refuerza su narrativa doméstica y establece un precedente internacional.

En ese juego, la cooperación es acumulativa. Cada concesión abre la siguiente exigencia. Cada operación exitosa reduce el margen político para decir “no”.

La detención de Ryan James Wedding, revelada por Vanity Fair, no es un trofeo aislado: es la postal más clara del momento actual. La 2026 National Defense Strategy explica el marco; el acuerdo bilateral lo legitima; la operación lo ejecuta.

México no enfrenta una amenaza futura, sino una redefinición en curso de su papel en la seguridad hemisférica.

Y en esa redefinición, Trump no pide permiso: cobra resultados.

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