Opinión

Me sumo a los que llaman “vándalos” de las normales rurales

Por: Mikeas Sánchez / Ojarasca

En julio de 2005 me notificaron que era una de las finalistas para la entrevista por la beca de la fundación Ford. Nunca antes había tenido una beca y jamás tuve suerte en concursos, rifas ni nada semejante, así que de la emoción pasé a la duda. Previo a la entrevista, conocí a varios candidatos, que, lo mismo que yo, estaban ansiosos y curiosos por saber más de ese proceso de selección. Cuando llegó mi turno, me sorprendí ante la pregunta del ya fallecido doctor Irineo Rojas: ¿Por qué crees que mereces esta beca? Pensé entonces en toda mi historia de vida, en las dificultades que enfrenté para terminar la preparatoria y la universidad; por supuesto que merecía una beca, siempre había sido una “buena estudiante”, con las mejores calificaciones, comprometida y responsable. Sin embargo, al salir de la entrevista y encontrarme de nueva cuenta con los otros candidatos, era evidente que cualquiera de aquellos jóvenes merecía la beca. Fui seleccionada en ese grupo de 27 becarios del programa de becas de post grado para estudiantes indígenas, generación 2005, financiado por la Fundación Ford.

En octubre de 2006, viajé a Barcelona para incorporarme al programa de maestría en Didáctica de la Lengua y la Literatura en la Universidad Autónoma de Barcelona. Mientras la imagen de la Ciudad de México se iba desvaneciendo y a medida que el avión se elevaba, pensaba en mi madre y en mi abuela, mujeres bravas, dotadas de una gran inteligencia, mujeres sabias, conocedoras de la filosofía y el misticismo del pueblo zoque, mujeres analfabetas también. Haber obtenido una beca para continuar con mis estudios de posgrado no era simplemente un logro personal, sino un acto de justicia social. Por eso, durante las largas horas de viaje para llegar a Barcelona, reflexioné mucho en la importancia histórica que representaba un grado académico en mi familia, en la influencia que podría tener en otras familias zoques, y eso me ilusionaba y menguaba un poco mi desconcierto ante la nueva ciudad que se aproximaba.

Acceder a la educación superior debe ser prioritaria en las políticas públicas en materia de los derechos de los pueblos originarios en México. Que los jóvenes indígenas tengan la posibilidad de ser beneficiados por acción afirmativa a becas completas que les permitan dedicarse exclusivamente al estudio es una deuda histórica. Sin embargo, leo con profunda tristeza e impotencia todas las atrocidades que se dicen de los normalistas rurales de Ayotzinapa, Mactumatzá y recientemente de las normalistas de Teteles, en Puebla.

Hace algunos años, en conjunto con Ana Camps, maestra de Gramática en la UAB, solíamos discutir sobre la carga semántica que tienen las palabras para modificar el pensamiento y la percepción en las personas. Reflexionábamos sobre la palabra “terrorista”, misma que se había difundido ampliamente después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. Decíamos que la palabra terrorista llevaba una carga semántica que de sólo escucharla infundía miedo. ¿Cómo se había logrado aquello? Nada más y nada menos que a través de los medios de comunicación, quienes se encargaron de crear ese terror, ese repudio, incluso odio. Sembrada ya esa carga semántica en las mentes de los “receptores”, era fácil acusar a la gente incómoda de ese terrorismo, teniendo además el apoyo de las masas.

Pienso ahora en la palabra “vándalo” que actualmente se usa para calificar a los normalistas rurales. Busco en el diccionario y textualmente dice “vándalo: persona incivilizada que comete acciones destructivas contra la propiedad pública”. En México, los medios de comunicación han difundido ampliamente la palabra vándalo para señalar a quienes protestan, y se repite con tanto ahínco que quienes ya tienen establecida esa carga semántica ven la protesta social como un acto reprobable. No les interesan las motivaciones de quienes salen a la calle, ya sean niños, jóvenes, ancianos, indígenas o mujeres. La molestia es la misma porque el vándalo no encaja, no está conforme y eso da rabia en una sociedad marcada por el egocentrismo. La rabia de los que viven en una ensoñación impuesta por la semántica de una palabra que obliga al rechazo. Se señala al que protesta como delincuente, se retoman hechos o acontecimientos del pasado para reforzar la carga semántica de “esa palabra” que necesita estar en boca y escritura de todos para tener ese alcance mediático.

Por eso no es extraño ver tantos comentarios de odio, incluso deseos de muerte hacia los estudiantes que se atreven a exigir justicia histórica en la educación mexicana. Tristemente para algunos compatriotas, importan más los vehículos quemados y las pintas a edificios públicos que las agresiones sexuales perpetradas por la policía hacia las normalistas. ¿Acaso se puede exigir el orden público, pero no el respeto hacia los derechos humanos? ¿Ignoran los que criminalizan la protesta social que “sus privilegios” también penden de un hilo?

Los medios de comunicación difunden una y otra vez la imagen de los cohetones, los camiones “secuestrados”, los vehículos en llamas, pero ¿cuántas veces puede verse a los policías antimotines reprimiendo con violencia a los estudiantes? ¿Cuántas veces la televisión ha mostrado el dolor de los cuerpos ante las balas de goma, el gas lacrimógeno, las rodillas sobre el cuello? Estamos frente a una nueva carga semántica de la palabra “estudiante”. Una modificación perversa que dista mucho del joven campesino que sueña con ser el maestro de las niñas y niños pobres. La nueva semántica de “estudiante” se vuelve ahora la imagen del joven incivilizado, un auténtico salvaje; así el indígena, el pobre o el que protesta se vuelve per se un vándalo. Desde la zona de confort, todos son vándalos, secuestradores, delincuentes, en vano que los padres de familia, provenientes de comunidades indígenas, digan lo contrario, que enseñen la foto o escriban una biografía de sus hijos. La semántica de una palabra, repetida mil y diez mil veces, vale más que todas las irrebatibles pruebas.

Me sumo a aquellos que llaman “vándalos” porque tengo memoria y nunca voy a olvidar que, en 2017, los zoques salimos a defender nuestro territorio y marchamos por primera ocasión a la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, y entre quienes nos acuerparon estuvieron los normalistas rurales de Mactumatzá. Sí, ellos, los acusados de delincuencia, los odiados por la sociedad chiapaneca, ellos tuvieron la osadía de abrirnos camino en la Ciudad —repito—, jamás habíamos protestado, porque viviendo en nuestros pequeños pueblos, no sabíamos cómo se hacen filas en una marcha, no sabíamos sobre gritar consignas, éramos tan neófitos en la protesta social que, posiblemente, también fuimos de los que repudiaban a los que salían a las calles.

Me sumo a aquellos que llaman “vándalos” y exijo que no se cierren las normales rurales de México porque son las únicas escuelas en donde pueden estudiar los hijos de los pobres, de los campesinos indígenas, becas completas para ellos y para otros universitarios destacados, becas como las que la Fundación Ford nos dio a diez generaciones de becarios en un programa piloto para México y que lamentablemente concluyó en 2010. Becas que aseguren la manutención de quienes tienen deseos y aptitudes para el estudio, becas no al azar, sino legítimamente ganadas, becas completas, no simulaciones. ¿Y por qué van a tener los indios esos privilegios? Simplemente porque fuimos despojados con violencia de nuestras tierras ancestrales, porque la educación nos fue negada por siglos, porque nos han saqueado, porque antes que el Sistema lograra controlar al mundo, ya existíamos los pueblos originarios y éramos más sensatos y justos en el cuidado del medio ambiente, la salud, la educación, la medicina, la alimentación y la política.

Me sumo a aquellos que llaman “vándalos”, sí. Porque ante aquella pregunta que el doctor Irineo Rojas me hizo hace 16 años, ¿por qué crees que mereces esta beca?, tuve que responder por muchas y muchos jóvenes indígenas que, como yo, nunca tuvieron una beca del gobierno mexicano, hablo de una verdadera beca universitaria, aquella que te libera del estrés laboral, de la preocupación por el alimento diario, que te da la oportunidad de adquirir libros. Los estudiantes que van a las normales rurales son hijos de obreros y campesinos, jamás conocerán una “mesada”, no tienen parientes en la ciudad. La injusticia histórica que vivimos los pueblos originarios en el tema educativo no se enmienda con la existencia de las normales rurales, pero es algo al menos ¿no? “Los vándalos” piden mejores condiciones en la infraestructura de sus escuelas, incremento de matrículas, mayor asignación al presupuesto anual. ¿Cómo responde el sistema ante sus demandas? Criminalizándolos, reprimiéndolos, encarcelándolos. Ningún normalista rural recibe diez mil pesos mensuales de beca, no son haraganes ni delincuentes, trabajan la tierra, ¡leen! ¿Qué pasaría si apagamos un momento el wifi o la televisión y viajamos a Ayotzinapa, a Teteles, a Mactumactzá y nos damos la oportunidad de conocer a esos “vándalos”?

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