Opinión

Deuda: fracaso sistémico

Por: Editorial La Jornada

De acuerdo con la Organización de Naciones Unidas (ONU), en la actualidad hay 165 millones de personas hundidas en la pobreza más de las que había antes de que irrumpiera la pandemia de covid-19. De ellas, 75 millones cayeron en la extrema pobreza (es decir, que perciben menos de 2.15 dólares por día), y otros 90 millones descendieron bajo el umbral de la pobreza, con ingresos de 3.65 dólares diarios.

El aspecto más agraviante de la situación radica en que los estados no pueden acudir en auxilio de sus ciudadanos porque sus presupuestos nacionales se encuentran atados al pago de la deuda. El informe de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad, por sus siglas en inglés) Un mundo endeudado: Un peso creciente para la prosperidad mundial, publicado el miércoles, documenta que 3 mil 300 millones de personas viven en países que gastan más en el pago de los intereses de la deuda que en educación o salud, una injusticia denunciada como fracaso sistémico por el secretario general de la ONU, Antonio Gutérres.

La Unctad calcula que para salvar a esos 165 millones de seres humanos de la pobreza bastaría con 14 mil millones de dólares, cifra que representa un insignificante 0.009 por ciento del producto interno bruto mundial en 2022, y menos de 4 por ciento del servicio de la deuda de los países en desarrollo. Es importante remarcar que se habla de 4 por ciento del servicio de la deuda, no de la deuda misma: resulta estremecedor abrir los ojos al hecho de que 4 por ciento de los intereses que reciben los acreedores en un año condena a 165 millones de personas a sobrevivir en carencia de alimentación, vestido, vivienda, empleo digno, educación, cultura y recreación. Como está bien documentado, para las infancias la desnutrición y la falta de oportunidades educativas representan prácticamente una sentencia de por vida a permanecer en la precariedad. Peor aún: la deuda de las naciones pobres se halla de manera creciente en manos privadas, por lo que el desarrollo se sacrifica no para cubrir préstamos otorgados por organismos multilaterales con un presunto sentido altruista y dirigido a impulsar el crecimiento, sino para entregar ganancias al gran capital bancario y especulativo.

El aspecto más agraviante de la situación radica en que los estados no pueden acudir en auxilio de sus ciudadanos porque sus presupuestos nacionales se encuentran atados al pago de la deuda.

Por estos motivos, Gutérres reclama de manera tan insistente como infructuosa por una reforma de las instituciones financieras internacionales, a las que no duda en describir como resultado de la desigualdad intrínseca de un sistema financiero obsoleto, que refleja las dinámicas coloniales de la época en que se creó. En efecto, cuando fueron creados el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otros elementos de la arquitectura financiera global, la mayor parte del mundo se encontraba sometida al dominio colonial de un puñado de potencias occidentales, y resulta inocultable que el diseño del capitalismo contemporáneo responde puntualmente al afán de perpetuar la concentración de la riqueza y las asimetrías económicas internacionales, sin reparar en el intolerable dolor humano que provoca un modelo creado para catapultar el lucro de unos pocos a expensas del bienestar de las grandes mayorías.

El inadmisible peso de la deuda sobre la capacidad de los estados para dar cumplimiento a los derechos humanos de sus habitantes sólo podrá abatirse cuando los ciudadanos, comenzando por los de las naciones más ricas, exijan a sus líderes un tajante cambio de prioridades, de la acumulación sin freno a la satisfacción de necesidades.

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