Opinión

Mar de historias | Once palabras / Cristina Pacheco

Por: Cristina Pacheco.

Mar de historias | Once palabras / Cristina Pacheco

Muy querida Paula:

La idea de que hoy iba a escribirte fue un estímulo para comenzar el día. ¿Qué te parece lo rápido que se está yendo el tiempo? Me asombra haber pasado otra semana en confinamiento y también la forma en que el mundo “de afuera” se filtra por todas partes. Es como si lleváramos una doble vida.

I

Como sabes, hay una escuela primaria muy cerca de mi casa, al grado de que puedo oír las voces de los niños conforme van llegando por la mañana, sus risas y gritos a la hora del recreo o en el momento en que se despiden. Me dio mucho gusto saber que el lunes, después de tanto tiempo encerrados, al fin iban a regresar a la escuela y que volvería a escucharse el alboroto que me emociona y, a ciertas horas, alegra la calle.

Para mi sorpresa, ni el lunes ni el resto de la semana oí lo que esperaba. Comprendo que, dadas las circunstancias y por su seguridad, los niños no pueden tener las mismas actividades que antes. Ojalá sus maestros les expliquen muy bien el motivo de ese cambio, para que no sientan miedo y disfruten de sus días de escuela. ¿Cómo recuerdas los tuyos? Los míos fueron maravillosos, me dejaron experiencias que no quiero olvidar y, lo mejor, la amistad de mis condiscípulos. Aunque te parezca increíble, aún mantengo contacto con algunos: Luis Mercado, Adolfo Torres, José Benavides, Eduardo López… Cuando me hablan los imagino como eran de niños, y eso que por lo menos dos de ellos pasan de los sesenta.

De todos, Eduardo es quien más me procura. En mis cumpleaños y en Navidad siempre me llama, pero desde que empezó la pandemia lo hace con cierta frecuencia. Se lo agradezco mucho, porque sé que está pasando por una muy mala racha: lleva dos años sin trabajo y de salud no anda bien. En su última comunicación le noté la voz muy apagada.

Le pregunté qué le sucedía y me respondió que se da por vencido: dejará de buscar empleo. Está harto de que, por su edad, lo rechacen en todos lados.

Le aconsejé que no perdiera la esperanza y recordar que siempre hay una salida. Me contestó que ya lo había pensado y que para cuando empeore su situación ya tiene una: irse a un asilo con Elvia, su mujer de toda la vida, o salirse a la calle a pedir limosna. Me siento una estúpida por haberle dicho que no fuera tan pesimista.

II

Me quedé pensando en lo que me escribiste el otro día: que mis depresiones se deben a mi mala costumbre de mirar hacia el lado difícil de la vida. Te aseguro que no lo busco, simplemente aparece. Por cierto, no creo ser la única a quien le sucede esto, y te voy a poner un ejemplo: Germán, mi vecino, me contó que el domingo, cuando iba al aeropuerto para recoger a sus nietos, de casualidad había visto en la calle a una pareja de emigrantes con dos niños que no llevaban zapatos ni abrigo, y llovía. Ante la escena, la felicidad de ir a encontrarse con su familia se opacó.

Acaba de sucederme algo muy parecido. La otra mañana noté que mi silla cojeaba y pensé en hacerle una calza con una hoja del periódico. La arranqué y al doblarla descubrí la fotografía de un señor que en plena calle mostraba una cartulina donde alcancé a leer: “Soy tornero. No hay trabajo. Vendí cuanto tenía. ¡Ayuda por favor!”

Me puse en el lugar de ese desconocido y pensé en qué estado de ánimo se habría sentido cuando decidió escribir el mensaje. Te juro que hasta lo imaginé frente a la cartulina, pensando qué términos usaría para resumir su situación en pocas palabras. Once: las conté. Es posible que ese hombre siga en la calle, esperando respuesta, sin importarle que la lluvia haya convertido su petición de auxilio en un manchón ilegible.

A Eduardo no voy a mencionarle esa fotografía, porque de seguro se verá reflejado en ella. Lo que le sucede a mi amigo es muy injusto. En la escuela fue un alumno brillante, muchos lo llamaban El poeta López por su habilidad para escribir. Una vez hizo una composición acerca de unos mineros que había conocido en Guanajuato. La maestra le pidió que nos la leyera en voz alta. Cuando terminó todos estábamos casi llorando y la profesora le dijo: “Eduardo: se me figura que vas para escritor.”

No fue así. No entiendo por qué estudió ciencias químicas. En caso de que Eduardo se hubiera dedicado a las letras, ¿a estas alturas de su vida estaría a punto de llegar a una situación tan desesperada como la del hombre en la fotografía del periódico? No sé ni para qué me lo pregunto. La realidad es que Eduardo no ha conseguido trabajo y no le quedan esperanzas. Afortunadamente tiene a Elvia.

III

Siempre que empiezo a escribirte prometo ser muy breve, pero no puedo. Aunque lleve tanto tiempo encerrada me suceden muchas cosas, me atrapa lo que ocurre “afuera” y luego necesito comentarlo contigo. Hace un rato escuché la campana que tocan en la escuela a la hora de la salida. Volví a pensar en esos niños. ¿Cómo recordarán estos días de escuela? Tendrán que vivir en un mundo muy distinto al que nosotros conocimos, ¿qué futuro les espera allí? Nadie lo sabe. Sólo deseo que al cabo de los años, ya viejos, jamás tengan necesidad de escribir un mensaje de once palabras suplicando ayuda.

Me despido, como siempre, expresándote mi cariño y mi agradecimiento por tu paciencia. Cuídate mucho y, cuando puedas, escríbeme un correo. Desde ahora te perdono que vaya a ser muy largo.

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