Opinión

El último lector | László Krasznahorkai: Premio Nobel de Literatura 2025

Por: Rael Salvador

Las parrafadas László Krasznahorkai (Hungría, 1954) —recién nombrado Premio Nobel de Literatura 2025— son oleajes de una bravura germinal, como esos arrebatos que, en apariencia —sólo en ella—, se discursan interminablemente en la ebriedad onírica de una pasión exacerbada: un puñado de ideas heridas que danzan —en mutuo auxilio mágico— para formar la armonía agónica de significativos “sistemas solares” literarios… 

Gran cronista de la Hungría comunista del siglo XX, Krasznahorkai se ubica en la literatura épica —Gógol, Franz Kafka, W.G. Sebald o Thomas Bernhard, como referentes—, caracterizada por la sistematización humana del absurdo —sin abandonar su refinamiento ni su carácter contemplativo—, “porque también mira hacia Oriente”, como señala el comité del Nobel. 

Hace justicia el discurso de la academia sueca —después de la repercusión frustrante de las fiestas del Nobel anteriores—, al perfilar a László Krasznahorkai, de 71 años de edad, “por su obra cautivadora y visionaria que, en medio del terror apocalíptico, reafirma el poder del arte”.

De la novela “Melancolía de la resistencia” (Editorial Acantilado, 1989), el formidable cineasta que es Béla Tarr (Hungría, 1955) rehace desde la óptica newtoniana de Melville —y de la mano de Ágnes Hranitzky— una parcela del océano de palabras de László Krasznahorkai y crea la belleza insondable de “Armonías de Werckmeister”.

Podría aventurar que “Armonías de Werckmeister” (estrenada en 2001) retrata una gradual y paulatina historia donde la velocidad de la luz genera un entusiasmo primigenio que revitaliza las oscuridades más abisales del subconsciente —observar el Universo por el ojo de una ballena—, lugar donde “la perdida de las ilusiones —como sentencia Jacques Rancière— ya no dice gran cosa sobre nuestro mundo”. 

(Demasiado trillado conocer a alguien por su dolor, ya que lo excepcional será conocerlo por su amor.) 

János (Valuska), el joven protagonista de “Melancolía de la resistencia” —soñador de silencios y ojos de Dionisos—, reinaugura todas las noches su teatro de alcohol en el bar rural, lugar comunitario donde los borrachos se convierten en astros, lunas, planetas… 

Así, el salto de la literatura al cine (desde hace décadas, László Krasznahorkai es el guionista del cineasta húngaro Béla Tarr). 

Pero, ¿en qué consiste esta extraña maravilla fílmica que es “Armonías de Werckmeister”, escrita por Krasznahorkai? ¿En la poderosa fachada de János, mitad príncipe de las ilusiones y mitad tonelero de tres centavos? ¿Es la música de Víg Mihály, esa partitura de tersura monótona, tan deliciosa como senos de seda y esperanza? 

Por partes iguales, punk y ángel, János instaura —entre pastores, campesinos, cazadores e idiotas de rincón— la embriaguez del origen humano y nos arrulla con un vals de piedras girando en la nada filosófica, logrando el milagro de equilibrar emociones y pulimentar diamantes, como si el Universo se encontrara en el bolsillo del elogio y la gloria a la vuelta de la esquina…

El film está compuesto en el ojo vernáculo de la ballena y la revuelta civil, en un manicomio tomado por asalto y lo valioso de la amistad antigua… 

¡Aquello que, al abandonar el espíritu de Séneca, las palabras ya no pueden advertir, mucho menos decir!: la traslación de Krasznahorkai a Tarr.  

¡Espinas de luz en las tinieblas del deseo! ¡Misterio total en las cosas doblemente tontas! ¡Perplejidad en esa capacidad que poseen los seres más mediocres de recuperar su dignidad!

Uno, por más que lo desee, lo quiera o lo pretenda, lo demande o lo exija, no saldrá indemne de esa paz turbulenta que es encontrarse con la epifanía cinematográfica-literaria por excelencia… 

Sí, es el ritual del tiempo en su templo: la orgía de luces que se intersectan para dar nacimiento a las estrellas en la cúpula del cráneo —alegoría inversa a la caverna de Platón—, comunión pagano literaria a la que arrastra el séptimo arte… Y después de ello, tiende uno a acariciar al gato, a precipitarse hacia el fresco de la ventana, a abrir cualquier diccionario y fijar los ojos en la honestidad del perro, intentar una llamada que no se hace, alzar la mirada hacia Orión, tomar un bombón de araña entre las yemas o equilibrar el lápiz en la uña como si se tratara de un relámpago domesticado, apretar los labios, pasar el trago con dificultad, maldecir con lágrimas la alegría que en ese instante inunda la impostación de la sonrisa y hace pensar seriamente en los tristes despojos de la existencia…    

Eso es László Krasznahorkai, también el maestro de la cámara… 

Y luego, cuando corren a todos después de armar el barullo cósmico, vemos a János caminar y caminar —en la acción del blanco y negro, que es el característico e hipnótico plano secuencia de Béla Tarr, color de lo que se escribe— y la música de Víg Mihály cae como nieve en el incendio metafísico que acaba de provocar, y lo que hemos visto o creímos ver es sólo la “armonía” del deseo que dibuja lo divino con dedos frágiles: ¡la gran literatura de Krasznahorkai!

raelart@hotmail.com    

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