In memoriam: Juan de la Cabada
El legado del cuentista y guionista Juan de la Cabada, fallecido hace 40 años, es un microcosmos del escenario político y cultural del siglo XX.
Nacido en Campeche, Juanito —como lo llamábamos sus amigos— no solo dio la pelea con su obra desprovista de convencionalismos, sino también como un activo participante al lado de movimientos obreros. Por su militancia en el Partido Comunista Mexicano y, sin lamentación alguna, estuvo preso en Guadalajara y el Distrito Federal, junto con el invencible luchador Valentín Campa y el poeta tabasqueño Carlos Pellicer.
Catedrático en Middlebury College de Vermont, Estados Unidos, y en la Universidad Autónoma de Guerrero, fue coautor de guiones cinematográficos, como Subida al cielo y La ilusión viaja en tranvía, bajo la dirección de Luis Buñuel, así como de obras como Maratón de baile y Lola de mi vida, traducidas a múltiples idiomas.
En 1937, con el apoyo del presidente Lázaro Cárdenas del Río, junto con Silvestre Revueltas, Fernando Gamboa, José Chávez Morado, Octavio Paz y Elena Garro, de la Cabada se embarcó para asistir al II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas en Valencia, donde también participaron Carlos Pellicer, Rafael Alberti, Antonio Machado, César Vallejo, Pablo Neruda, André Malraux y Nicolás Guillén.
De esa congruencia está hecho su compendio literario —cartas, libretas y guiones—, custodiado por las dos mujeres más cercanas al escritor, ya desaparecidas, a quienes tuve el enorme gusto de conocer: su viuda y heredera universal, Esther Martínez Peñate (EMP) —con quien compartió sus últimos 35 años— y su hija adoptiva, la entrañable actriz Julia Marichal.
Hace décadas, como si fuera ayer, en la sala de su casa, recordamos al encantador bohemio, de fina melena blanca, rasgados ojos inquisitivos, siempre sonriéndole a la vida.
EMP.—«En la Cuautla de 1952, mientras Luis Buñuel rodaba Subida al cielo, vi a un hombre alto y delgado, cuyos pantalones eran batidos por el aire. Era Juan de la Cabada, junto con José Revueltas, escritor de la película, donde yo actuaba. Nuestra primera charla fue debajo de un árbol, al lado del río. Durante los descansos, me la pasaba escuchando sus cuentos. Era como un sueño. Cuando terminó la filmación, me dijo que antes de que yo llegara a casa, él me estaría esperando en la puerta. Allí lo encontré, despeinado y con la ropa arrugada».
Desde ese momento, Juan fue visitante asiduo de la actriz cubana, que vivía con sus hijos Pablo, Alfredo y Julia.
EMP.—«A los niños les encantaban sus cuentos. Como mi departamento era muy pequeño, buscamos otro y se convirtió en nuestro inquilino. Solo necesitaba una silla y una mesa. Era muy respetuoso. Poco a poco, nos fue contando sobre su larga estancia en La Habana, donde trabajó como contador en una fábrica de calzado. También nos describía la travesía a Europa, para apoyar a los combatientes, en plena Guerra Civil Española. Escucharlo era un encantamiento. Cuando nos casamos, él tenía unos 50 años. Mis hijos se convirtieron en suyos. Sentían más confianza con él que conmigo».
Se sentaba a escribir donde fuera. «Era muy desordenado, medio loco. Escribía a máquina rapidísimo, solo con dos dedos. Sus papeles siempre estaban revueltos. No permitía que tocáramos nada, porque decía que le descompondríamos todo. Para él, su caos estaba bien organizado. Ahora que ya no está con nosotros, muchos de sus escritos siguen aquí, en la biblioteca de la casa, pero sin orden alguno».
El campechano murió sin dejar un testamento literario. Su archivo quedó en manos de la familia. Fue entonces que el secretario de Gobernación, Fernando Gutiérrez Barrios, lo adquirió y donó a la Universidad Veracruzana en Xalapa. En 1991, cuando María Esther falleció, muchos textos se quedaron con Julia Marichal, quien los prestó a investigadores y biógrafos.
Aunque hay textos aquí y acullá, incluso en librerías de viejo, en el Archivo General de la Nación, así como Cartas de Juan de la Cabada, financiadas por el Gobierno de Campeche, recopiladas por Gerardo Hurtado Hernández, en diciembre de 2011, con el cruento feminicidio de su hijastra, la casa fue saqueada y, hasta la fecha, se desconoce el destino de lo que Julia con tanto cariño resguardó.
El jocoso «cuentautor para niños de todas las edades», como él mismo se definía, se fue como vivió: sin homenajes rimbombantes ni mausoleos. No hicieron falta. Con la cabellera al viento, nos heredó lo que más valía: su voz sincera. Así lo recordamos. Así lo amamos.




