Opinión

Hambre y obesidad ante el cambio climático

Por: Iván Restrepo

Hace cuatro años el informe que suele publicar la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre seguridad alimentaria y nutrición en el mundo no fue nada alentador. Entre otras cosas, porque luego de disminuir el hambre durante más de una década en los lugares donde más azota, nuevamente creció. Y de manera notable. En ese informe se señala que 11 por ciento de la población del planeta (815 millones de habitantes) la padecían, 38 millones más que antes. Por regiones, en Asia sumaban 520 millones, en África, 243 millones y en América Latina y el Caribe, 42 millones. Y a ellos se agregaban los que tenían bajos niveles de nutrición. Como 155 millones de niños menores de cinco años con retraso en su estatura y peso. En contraste con ellos y las mujeres famélicas (que abundan), son casi 645 millones los adultos con obesidad. En México constituyen un serio problema de salud que se extiende a los niños y se suma a los que padecen diabetes, otra enfermedad sobresaliente en el país.

Los datos del informe señalaban como origen de tan desolador panorama la crisis ocasionada por el cambio climático en ciertas regiones (la sequía, las inundaciones y el aumento de las temperaturas, por ejemplo), la mala nutrición, la falta de ingresos de las familias para obtener los alimentos básicos y los conflictos armados internos y entre países, como ahora en Etiopía. Estos conflictos eran responsables de más de la mitad de los hambrientos del planeta: 489 millones y en muy buena parte fruto de la intervención de las grandes potencias en regiones que les son fundamentales por su situación geográfica y política (Siria, Yemen, Irán, Afganistán, Irak, en Medio Oriente); o por las riquezas que existen en sus territorios. Es lo que ocurre en varios países de África con minerales ahora estratégicos para los nuevos proyectos tecnológicos y por sus hidrocarburos. No está de más citar otros países que arrastran una grave situación alimentaria: Somalia, Sudán del Sur, Nigeria.

También en México hay personas desnutridas y que padecen hambre. Un reporte de la agencia de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO) calcula que al menos 12 por ciento de la población está en dicha situación. Y por los datos disponibles, su número aumentó entre 2014 y 2019. En ese periodo en cambio crecieron las 100 fortunas más grandes del país, así como los casos de funcionarios federales, estatales, municipales y de las empresas públicas (con Petróleos Mexicanos como signo emblemático) acusados de malversación del dinero público o de recibir sobornos de conocidas trasnacionales.

Una de las metas de la llamada Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, acordada por la comunidad de naciones, es que para ese año no haya hambre en el mundo. Mas todo indica que no será posible. No sólo porque han fallado los programas nacionales para mejorar la alimentación y la calidad de vida en numerosos países, sino porque la pandemia que azota a la humanidad desde principios del año pasado, produjo millones de muertes y contagiados y el aumento de quienes sufren hambre. Las cifras más optimistas las calculan entre 83 y 130 millones. África, el continente que menos apoyo ha recibido para enfrentar la pandemia, y donde el cambio climático más estragos produce, es donde el hambre y la desnutrición son más evidentes.

En América Latina y el Caribe los datos recientes sobre la pobreza, la alimentación y la salud no son positivos. Los logros de las dos primeras décadas de este siglo en tales rubros los borró la pandemia. En extrema pobreza viven hoy 96 millones de personas. Otros 44 millones tienen alimentación deficiente o grave. Y las proyecciones indican que se sumarán millones más a tan crítico panorama.

En paralelo, se agravan los problemas que ocasiona la producción, distribución y consumo de alimentos en el mundo. Mientras, la pandemia mostró el derroche de comida en los países industrializados; cómo incrementaron su fortuna los 500 privilegiados del mundo a la par que las utilidades de las farmacéuticas. En contraste, con lo que se gasta en armamentos en un día, basta para producir y aplicar los 11 mil millones de vacunas que requiere la población mundial para controlar el Covid-19. Para el modelo industrial-militar vigente la prioridad es producir maquinaria de muerte, en vez de vacunas y otros medicamentos que la eviten.

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