El último lector | Una fotografía
He observado con detenimiento sorpresivo una fotografía de J.M. Coetzee.
Estoy ante ella, sintiendo su belleza protectora y los instantes de peligro que dan pasos de tranquilidad por la arena. Una imagen que guarda un afecto íntimo y, desfalleciendo en grises, hace del blanco y el negro la unificación humana.
Lo anterior —“del blanco y el negro”— no es ninguna alegoría de tecnología visual.
La sigo observando, la he impreso para hacerla compatible con los demás sentidos.
Una fotografía, me digo, después de haber leído la mayoría de los libros de Coetzee, escritor nacido en Ciudad del Cabo (1940) y que ha tenido una sólida trayectoria antes y después del galardón —Premio Nobel de Literatura—, cosa que no sucede a la mayoría de los premiados.
J.M. Coetzee obtuvo el reconocimiento de la Academia Sueca en 2023 y su obra no tardó en ser repartida por el país (México) y esa fue una buena manera de entrar en relación con el autor de “Esperando a los bárbaros” y “La edad de hierro”.
Ahora, en un secuestro temporal, una fotografía suya —tomada en la adolescencia, a mediados de los años 50—, acaricia con afecto mi existencia, empujándome a rememorar los disturbios del “apartheid”, sistema de segregación racial —implementado por una minoría blanca en el poder—, extendido en Sudáfrica desde los 50 a los 90.
Recuerdo bien un fotorreportaje de la revista Proceso, recién constituido el semanario. Las imágenes eran impactantes, de un horror colonialista, enmarcado en un énfasis de violencia callejera. Después, en sus libros, Rysard Kapuściński nos ofrecería cátedra al respecto.
Los periódicos y las revistas que en ese tiempo había en casa, no está de más decirlo, eran traídas por el hermano de mi padre, el tío Pedro, en aquel entonces vinculado al Gobierno del Estado de Baja California Sur y, por lo tanto, obligado a las sutilezas de la información.
La fotografía en cuestión, de encuadre horizontal, fue tomada por una cámara Wega de 35 mm (italiana). En ella se percibe el horizonte marino bien definido en el tercio superior y dos objetivos generando un punto de fuga desde el primer plano. Son dos trabajadores (jornaleros de granja del padre de Coetzee) que, por vez primera, se encuentran frente al mar.
Si ustedes no saben del breve relato “El mar”, de Eduardo Galeano, se los daré a conocer:
“Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.
Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
—¡Ayúdame a mirar!”
Sí, el relato de Galeano es de una contundencia memorable. Y esta imagen del joven Coetzee también.
Freek (el delgado) y Ros (el robusto) se encuentran en la playa de Strandfontein de Ciudad del Cabo, prohibida para paseantes de color. Es tal la emoción contenida en sus posturas de pudor —momentos después, Ros saca la pipa y fuma—, que pareciera que, ante ellos, la mar se desnuda con toda su gracia, haciendo temblar sus trajes de domingo con la grave sensualidad de su viento sódico.
J.M. Coetzee, como blanco no desconocía la prohibición de amistarse con los negros, por ello la imagen resplandece en discreción, pero sin abandonar su corazón humano.
Los negativos de las fotografías, hasta entonces desconocidos por todos —permanecieron 60 años perdidos en una maleta—, fueron encontrados en 2014 en un cambio domiciliario, cuando el autor de “Elizabeth Costello” vendió su casa de Ciudad del Cabo.
Guardados en las típicas latas de aluminio, los negativos —lastimados muchos de ellos— buscan un papel en el presente, a decir de Coetzee: “para que la verdad se revele a ella misma”.
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