El último lector | Peligro de la IA: la irrealidad que construye realidades
Al observar las construcciones de imágenes en Inteligencia Artificial (IA), la mirada —el ojo de la consciencia— alcanza a percibir ciertas imperfecciones. A partir de ello, niega la credibilidad que se le presenta. La película corre como tal: un timo, falsedad, embuste.
Más el problema se ciñe a la lógica secuencial del peligro.
Cuando el cerebro se deja engañar —cerrando las imágenes, dando como “verdad” lo que se presenta en pantalla—, nos encontramos ante el clásico efecto de la “vara y la serpiente”, y no precisamente la de Moisés, instaurada en el imaginario de la “credibilidad” por orden divino.
La “realidad alterada” pasa a formar parte de una realidad formal (no del todo especulativa), lista para ser admitida como recurrente ordinario de los eventos del mundo. Esa supuesta “realidad” aparecerá en los sueños, graficada en los absurdos más enrevesados del surrealismo, el hiperrealismo perturbador y las fantasías delirantes, propias de las experiencias estéticas negativas; encontrará el proceso “natural” —neurotecnológico— de invadir el aparato cognitivo del ser, provocando patologías oníricas similares a sesgos esquizofrénicos: ver cosas que no existen.
Lo estamos viviendo hoy en día, y no se trata de una película o un pasaje bíblico donde nos podemos zafar con facilidad de su contenido manipulado recurriendo a su construcción —o desconstrucción— analítica en el estudio, el set, las locaciones, etc., o revisando la ingeniosidad de los efectos especiales o confrontando la necia toxicidad de los “influencers” (que ya no distinguen decencia moral alguna entre verdad y mentira, por no hablar de dignidad humana).
¿Uno sabe, hasta cierto punto, la crítica que se debe aplicar cuando se trata de estos modelos sensoriales?
Lo invasivo de las imágenes de IA —y su correlato fantástico, la “cadena de montaje”— terminará por corromper estos frágiles códigos del cerebro, legados por la Evolución, llevando a los usuarios de las múltiples pantallas a tragarse, sin distinción crítica, la burda sutileza de las intenciones recreadas —a partir de datos neuronales— en juntas gubernamentales siniestras, con sustentación bélica (como, desde hace décadas, se impulsa en los videojuegos), política, periodística, religiosa, electoral o de marketing.
Hace poco, entre tantos abusos recreativos, observé la insistencia erótica de la IA, tratando de conformar e infiltrar videos alterados de patinadoras de pistas de hielo donde son manoseadas al antojo del controlador o usuario de la consola, intentandolos pasar como hechos porno-ginecológicos reales.
No es el tema, sino la intención dirigida a falsear la realidad.
En todos sus órdenes y estratos sociales —al no existir la regulación comercial—, la guerra de las imágenes encubre culpas o magnifican intenciones, eso ya lo sabemos.
Afortunadamente a la IA se le notan las costuras, y todavía el aparato perceptivo de nuestro cerebro —un “ojo educado”, cuando lo hay— alcanza a rechazar su “validez” superpuesta, no permitiendo, hasta el momento, en esta primera fase histórica, científica y tecnológica, tragarse tan fácil el anzuelo digital.
Detrás de todas estas muestras burdas de IA existe un propósito nada higiénico… ¿Qué sucederá cuando —en su plasticidad recurrente— el cerebro ya no alcance a discernir entre la realidad ordinaria y los productos intencionados de la IA? ¿Será posible, a partir de programaciones alteradas —producto de algoritmos destacados, que atentan contra la salud mental—, sumirnos en alucinaciones que daremos válidas como hechos noticiosos o existenciales?
A raíz de un breve video, construido por IA, que he observado en Facebook, donde un niño no mayor de tres años, ante la desesperación de sus padres, monta un cocodrilo —como si fuera un caballito de juguete— a las puertas de su casa, esta noche he soñado —en la sala cinematográfica de mi mente nocturna— con esa misma escena, matizada con experiencias personales identificables.
En una ruta terrena, me encamino como profesor hacia el turno vespertino de la escuela, cuando observo una turba de alumnos alrededor de un niño montado en un cocodrilo que avanzan de frente a mí… Con el temor de ser mordidos y masticados por el lagarto mutilado (ya le han cortado la cola) los alumnos se recrean en la algarabía propia de un pandemónium rural; una madre de familia se preocupa con firmeza y arranca al menor del lomo del animal; rescatado el infante, patea al cocodrilo gris empujándolo hacia una pendiente cercana, dando oportunidad a que otra mujer ayude en la empresa de deshacerse de la incomodidad y peligro que representan este elemento amenazante recreado en mi sueño.
Sé, al despertar, que la escenificación onírica no es gratuita.
Con lucidez identifico las fuentes (sentimientos, emociones, pensamientos) y quedo aterrorizado —mi privacidad mental está en riesgo— por los logros sustanciales de la IA en mi persona durmiente.
Vulnerado, asimilando el proceso de la IA en mis sueños, afectado —infectado por un nuevo miedo que me hace menos libres— voy un poco más allá y me pregunto: ¿qué tanto de todo esto —la realidad alterada que mis ojos consciente e inconsciente perciben (este último, no discrimina nada en su registro constante e implacable)— ya guía mis rutinas en lo que doy a llamar la “vida real”?
La respuesta, no dando lugar a dudas ni escapes, es terrible: estamos, de manera deliberada —sin medir las consecuencias—, consumiendo una droga visual psicoactiva.
raelart@hotmail.com




