Opinión

El último lector | Ocupar Gaza, escupir en el cementerio

Por: Rael Salvador

Dar la espalda a todo —tratados internacionales, voluntad a una resolución concertada, conmiseración humana ante la carnicería perpetrada— y seguir adelante.

Ya lo dijo Peter Sloterdijk: “Sabemos lo que hacemos, y aún así lo hacemos”.

La subliminal misión “histórica-espiritual” de Benjamín Netanyahu —que pasa por encima de los rehenes israelitas en manos de Hamás— se apropia a fuego, paranoia y sangre de la Ciudad de Gaza, desplazando a un millón de palestinos —afectados por la fatiga inhumana de la devastación y la hambruna genocida— de su propia tierra.

El Estado sionista no atiende ni entiende las treguas propuestas —ante la inutilidad de las naciones y los suspiros de papel— y se abalanza con agresión insultante —que bien podría llamarse rapacidad depredatoria—, cazando desde la superioridad armamentística, que, en acuerdo comercial y anuencia moral, opera con Estados Unidos y otros países europeos que no cesan de mandar armas letales para su consabido uso contra la población civil de Gaza.  

No lo desconocemos: ahí donde se encuentre, la guerra ensucia con su excremento inmoral todo lo que toca: aniquila, desfigura, engaña, esconde, desangra, rompe, elimina y, contra toda razón secular, termina por autocondecorse en una ceremonia de heroicidad obscena.

Un plan de ocupación, con 60 mil reservistas —que se suman a las Fuerzas de Defensa de Israel, ya existentes en los infernales territorios ocupados— terminarán por trastornar cualquier acuerdo de paz (principalmente, el de los dos Estados), si no es aquel con el que sueñan las bestias a las que les es más moral repartir veneno que tomárselo.

Salvadas las distancias —aquí no hay inteligencia alguna—, no todos llegan a ser el soldado Sócrates o el político Séneca (con sus brebajes de cicuta y sus suicidios forzados).

Esta depredación no posee lógica interna ni “atributos” militares —voceados en su cinismo propagandista— que no sean humillantes, crueles y desconcertantes. El registro de crímenes de guerra es puntual y, derecho atribuido a las naciones democráticas —que no desconocen los regímenes totalitarios—, todo mundo está obligado a conocer.

Lo antes visto, posee el desfiguro de un espejo que se llama Holocausto y se repite indecorosamente en manos de sus víctimas: los judíos que lo padecieron con Hitler, incapaces de implementarlo contra Alemania, se conforman con aplicarlo a Palestina.  

Ocupar Gaza, escupir en el cementerio; necrópolis de la indignación, producto de matanzas guiadas y políticas de sistematización específica, ya aplicadas en el descontrol de otros territorios tomados por el desquiciado asalto de fuerzas donde nadie “ve” —ya no digo “observa”— la toalla ensangrentada que antes fue blanca y pedía tregua o negociación más allá de los abusos mil y una veces descritos.

Un odio devastador —sin alivio—, transformado en venganza: el anhelo fantasma de una victoria a cualquier precio —“histórica y espiritual”, como justifica el mando castrense de Israel—, así sea el triunfo de la ignominia que se finca en el miedo, producto de una añeja “Solución Final”, ahora traducido al costo humano de la carnicería civil de 61 mil palestinos asesinados, entre los que se cuentan 20 mil niños…

Hay seres humanos que son una ofensa para la existencia. Hoy, a las puertas de Gaza, las Fuerzas de Defensa de Israel hacen honor a dicho ultraje.

raelart@hotmail.com

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