El último lector | La valentía es un rasgo raro en el mundo intelectual
Reseñé, en su momento, “Nobleza de espíritu. Una idea olvidada” (Editorial Equilibrista, 2008), obra del fundador y presidente del Nexus Institute, Rob Riemen (Países Bajos, 1962). Un libro honesto, de una sencillez profunda —prologado por George Steiner—, sin una sola reflexión alejada de la lucidez.
Poco después, pasados los años, llegó a librerías “Para combatir esta era. Consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo” (Taurus, 2017), donde una vez más los conceptos se embarcan en la dicha intelectual y elevan las palabras al estatus de magia literaria.
En este libro, Riemen nos traslada a Sils Maria —donde alguna vez Nietzsche descansó sus males y avivó el retorno a su creatividad—, al Grand Hotel Waldhaus, lugar de conferencias y debates, donde se ofrecen nuevas responsabilidades a partir de los discursos de un brillante intelectual austriaco, llamado Walter, el profesor checo, Radim, y el propio emergente Rob…
“El objetivo de la democracia —nos dice el autor de “El arte de ser humanos. Cuatro estudios” (Taurus, 2023)—, es, por lo tanto, la educación, el desarrollo intelectual, la nobleza de espíritu, y la nobleza de espíritu es el arma más importante para impedir que la democracia degenere en democracia de masas, en la cual la demagogia, la estupidez, la propaganda, la vulgaridad y los instintos humanos más bajos ganen terreno, hasta que inevitablemente den a luz al hijo bastardo de la democracia: el fascismo”.
Pasadas las páginas, el profesor Radim —al que la “edad lo ha hecho encogerse, una joroba en la espalda lo hace ver aún más pequeño, sus uñas son largas, hay cabellos que se asoman al menos un centímetro por sus fosas nasales, y su ropa huele como si no fuera lavada más de una vez al mes”— ofrece a los lectores una lección de vida difícil de olvidar y la tarea a Riemen de escribir “Para combatir esta era”.
“Querido amigo, yo ya soy un hombre viejo —tose, gracias a la imprudente delicia de un puro por encender— y no me queda mucho tiempo para vivir. Pero mientras siga aquí quiero disfrutar de toda la belleza de la Tierra y de todos los placeres de la vida”.
La llama se aviva y el viejo maestro de 80 años sentencia: “Vamos, tenemos que irnos. Usted debe de regresar a casa a contar una historia. Creo que será un libro entero”.
Gracias a lo anterior, el alma filosófica de un encuentro es trasmutada a la nobleza de las palabras, un rasgo raro en el mundo intelectual y académico de nuestro tiempo.
Rob Riemen parece acentuar estos párrafos inigualables con la perdurable y amorosa súplica del profesor y traductor italiano Leone Ginzburg (padre del historiador Carlo Ginzburg), cuando escribe, desde la cárcel —con apenas 35 años, poco antes de ser asesinado por los nazis en Roma—, la última carta a su esposa:
“No te preocupes demasiado por mí. Sólo imagina que soy un prisionero de guerra; hay tantos, especialmente en esta guerra, y la gran mayoría regresará a casa. Esperemos que yo sea parte de esa mayoría, ¿eh, Natalia [Ginzburg]? Te beso otra vez y otra vez. Sé valiente”.
Nunca olvidarán el silencioso asombro cuando —en su contexto adecuado, el libro de Riemen— lean esas palabras por primera vez: “Sé valiente”. ¿Qué quería decir con “Sé valiente”?
Todo lo que surge de esta apertura, es un creciente cuestionamiento filosófico y científico, histórico y moral, literario y vivencial de lo horrores ocasionados por el hombre inculto y su idiota avidez en las apariencias que, traducidas en posesiones y vulgaridades, se olvidan una vez más del espíritu de nobleza y generan la brutalidad renaciente del fascismo.
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