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Opinión

El último lector | El talento artístico de roncar

Por: Rael Salvador

Con una prosa llana, despojada, elegantemente baldía, renuente a la seducción de la melosidad estilística, Fabio Morábito, poeta, narrador y ensayista Italo-mexicano, nacido en Alejandría (1955), nos obsequia en estos quince relatos que conforman su “Grieta de fatiga” (Tusquets Editores), una formidable lección de cabalgantes realidades, que van desde la fascinación por lo íntimo cotidiano hasta la memorable sexualidad de los búlgaros.

“Se la imaginó subiendo a uno de los cuartos en compañía de todos ellos y allí, excitada por las palmas y al ritmo de panderetas (siempre, quién sabe por qué, relacionaba Bulgaria con ese instrumentos), la vio quitarse la ropa para pacificar los ánimos de aquellos energúmenos, que solían llevarse la mayoría de las medallas olímpicas en levantamiento de pesas”. (Cuento Los búlgaros, página 119.)

El dominio descriptivo, en la sólida transparencia de sus narraciones, se presenta “de una manera elegante y exquisita”, como bien lo ha comentado el maestro Sergio Pitol. Historias de una lúbrica, literaria y graciosa inestabilidad uniforme, lo suficientemente humanas para ser leídas con regocijo e insensatez doméstica…

Así, sencillo, como quien va a la esquina por unos cigarrillos y, para sorpresa de los hijos y la mujer, regresa para la cena con un somnoliento rinoceronte que habla portugués o un arrogante director de cine etnográfico… Cosas así, lindas de entender y fáciles de asimilar, como “comprendemos” a alguien que no maneja y se compra un auto porque no congenia con los perros, el tenis argentino y la filatelia.

O como al autor de “Grieta de fatiga” le gusta declarar: “Hay también ahí una ligera vena de aceptación bastante sabia de la vida. Tal vez inconscientemente quería presentar como un fresco, muchas historias posibles, ver la riqueza de los distintos estilos humanos”.

Y para testificarlo, uno de sus personajes —la protagonista de su relato El valor de roncar—, una escritora atormentada que le desquicia la palabra creación, dice: “Como fuera, aquellos ronquidos bestiales le hicieron dudar de la capacidad de Miguel como escritor. No era posible que semejantes berridos provinieran de alguien que tuviera algún talento artístico”. Lo que traducido a relaciones humanas, significa intimidad en cautiverio, minuciosa observancia de índole familiar o marital, muy ad hoc en las convenciones admitidas del silencio cómplice.

Y ella, recién casada, pregunta: “¿Y… tu marido ronca?”

A lo que la otra, con un rictus de censor soviético, responde: “¡Por arriba y por abajo!”

Sandra Licona, periodista de El Universal, reconoce como un hallazgo, en su trayectoria como escritor, la “reflexión literaria” a través de los personajes de Morábito, y hay que estar muy de acuerdo con ella.

Los personajes de Fabio Morábito se mueven plácidamente en los ambientes literarios, ya sea tanteando las tinieblas blancas de las páginas de sus cuentos, las revistas, las publicaciones de oficio, los artículos o las columnas de opinión; refrendan la condición de escritores que no sirven para otra cosa que no sea leer, disfrutar o roncar, por eso me gusta repetir, tras la descansada lectura de “Grieta de fatiga”: “Si no estoy leyendo o escribiendo, búsquenme en la cocina”. “Si no estoy comiendo o roncando, encuéntrenme entonces, aquí mismo, en El último lector”.

raelart@hotmail.com

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