El último lector | El sudcoreano de la filosofía bella
La manera de sonreír de Byung-Chul Han bien podría estar tomándonos el pulso de lo trascendente.
La pipa, en la comisura de sus labios, humea laberintos para que el Minotauro que nos habita se sustraiga de la banalidad y la filosofía no sea una belleza que carezca de riesgo.
Humos de suficiencia, claro está, y de una dinastía gloriosa que parte de Hegel, pasando por Kierkegaard, Heidegger y su imperio de palabras —y un largo etcétera filosófico— que, en su seducción sabia, llega hasta nuestras bibliotecas haciendo algarabía dialéctica.
No hay pudor en el peligro de pensar, en la luminosidad ardiente de la metafísica o en el desorden práctico del caos.
Su constelación libresca es una obsesiva baraja que, por igual, transpira su deliciosa obscenidad floral —sobre todo, en “Loa a la tierra”— combinada con los sistemas cósmicos de la reflexión, el descubrimiento quemante de las incongruencias, seguido del ensueño de un tiempo mejor, alejado de las trampas del trabajo y el luto del cansancio.
Byung-Chul Han es dueño de una claridad narrativa, destinada siempre a las armonías que cotizan alto en la comprensión y en el hecho estético de lo sensible: jardines, pianos, panes, vinos necios, mandarinas, tabacos de encuentro audaz, así como una estatuaria mediterránea, seguida de amigas de suave tranquilidad y apetencias caprichosas.
Bajo el signo de la timidez meditativa, su porte de hospitalarias bufandas berlinesas contrasta con la implacable violencia de su juventud (apenas 66 años incumplidos), enmarcada en la cabellera de un samurái a destiempo. Las manos siempre recelan en los bolsillos de su pantalón de pana, gesto propio de sus vagabundeos universitarios.
No posee la delicadeza de un boxeador urbano, sino que se ampara en la sinuosidad de un gato de pasarela: su paz, como la de Kant, es la de las estrellas; su mirar es sinfónico, por eso Schubert, Mozart y los instintos.
Podría decirse que sus batallas se dan en el pentagrama terrorífico de las estaciones humanas, esa imperfecta suficiencia donde el mal ronda los amargos silencios de los antecedentes y la tecnificada abulia de todo sonambulismo.
El “siemprelúcido” Henry Miller acierta al observar que “mil millones de seres humanos lanzados en busca de la paz no se reducen, así como así, a la esclavitud. Somos nosotros los que, con nuestra concepción mezquina y estrecha de la vida, nos hemos hecho esclavos. Es glorioso dedicar la vida a una causa, pero los muertos no llevan a cabo nada. La vida exige que se le dedique algo más: espíritu, alma, inteligencia, buena voluntad”.
Por ello, este sudcoreano de la filosofía bella —amparado por el bermejo carruaje de la razón y las mil rutas de los soles inclementes—, apuesta por prenderle fuego a las paradojas de la irreverente política neoliberal.
No es zurdo, su vigor nace de los fantasmas del talento, de la más dotada magma de confluencias reflexivas. Y, en ese consonar de disonancias, ella —la filosofía crítica—, la amante primigenia.




