El último lector | Desde el río hasta el mar*

La inocencia es frágil, lo sabemos, porque la observamos como una vela que baila inútilmente bajo las lágrimas de los que no se salvan.
¿Cómo escuchar el dolor de las víctimas en un mundo de verdugos?
¿Arrimando una antorcha al ojo para que el tormento alumbre la insensatez humana?
En Palestina, la inocencia de civiles indefensos resulta una desgracia en número —más, cuando arrecia la tormenta de fuego en contra de comunidades rehabitadas de la Franja de Gaza, que rompe de forma por demás traicionera una tregua “mal parida”, casi una “cena de gala” para el sionismo—, donde podemos identificar el último murmullo de centenares de niños que son asesinados en el regazo lacerado de la propia existencia.
La paz llegará a nosotros sólo cuando estemos preparados para recibirla.
Qué podríamos esperar de estos orígenes del mal, cuando el conocido y proverbial diario estadounidense The Atlantic** no tiene reparo en publicar el siguiente titular: “Matar niños no tiene que ir contra la ley”. Así, como en cualquier horno histórico de las palabras, los hijos apagados son cenizas en las páginas de los periódicos.
En esta edad del mundo —con o sin Shoah (que remite al holocausto judío)— la moral no es nada sin la vida.
Cinismo inspirado en despojos adolescentes, el Despacho Oval —donde Donald Trump y Elon Musk subordinan lo político a la vulgaridad de mercachifles y un enano (¿qué diablos hace ese pequeño ahí?)— se ha convertido en un búnker-Tesla donde las payasadas retóricas cobran vidas ajenas.
(En el segundo acto de la obra de teatro Los justos, Albert Camus —su autor— hace declarar al personaje Kaliáyev que “la revolución no se hizo para matar a los niños”. El terrorista Kaliáyev no logró lanzar la bomba al carruaje porque había niños al lado del Gran Duque Serguéi y los niños no eran culpables de nada… No conozco a Musk como lector o asiduo a las salas de teatro, pero me parece que se nos presenta como un actor poco original que recopila ideas de segunda mano llevando a su hijo a todos lados. No hay que dejar de observar que, en la vida real —en el año de 1905, del pasado siglo—, Serguéi Románov fue asesinado en un atentado terrorista frente al Kremlin.)
Ahí, en el ala oeste de la Casa Blanca, una sed de sangre —la de familiares fantasmas sionistas— abastece de explosivos impecables las intenciones implacables de Benjamín Netanyahu.
En la cruda y desnuda noche de la venganza del Estado de Israel, una cancioncita de chasquidos voraces evoca a las hienas y a los perros….
Es, sin lugar a dudas, la reproducción de los crímenes de Varsovia en el sarcófago de Gaza, que luego se exhiben en TikTok: soldados israelitas vestidos con las prendas íntimas de jóvenes palestinas recién vejadas o asesinadas; hombres secuestrados por las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), a quienes se les introducen varillas candentes en el ano; familias que sobresalen literalmente desmembradas de entre los escombros de hogares, hospitales, refugios y escuelas; en los brazos del padre, el hijo sin cabeza… Un alarmante y largo chillido de etcéteras visuales.
Para llenar con un poco de dignidad el hueco despolitizado de la cultura, en mis diversas columnas —que vierto en los diarios que trabajo y colaboro: La Jornada Baja California y El Vigía, así como en la Revista Cultural Palabra, de la cual soy editor)— he publicando una serie de artículos que intentan zanjar la grieta del olvido, rememorando los orígenes del caos bélico en la condición humana.
Sí, ejercicios de una retentiva contra la indiferencia y la neutralidad.
Lugares sin límite, conflictos extenuantes —los Balcanes, Ucrania, Rusia, Siria, el Congo, Cachemira, Chipre, por nombrar sólo algunos—, que remiten más a la venganza autorizada y a la estupidez palaciega, a la desesperación armada y a la supremacía suicida (como sucedió a los nazis), al desplazamiento insensato, a la segregación irreconciliable, así como a la hambruna procurada (cómplice de genocidio), y que en su egoísmo de inercia “blanca” y homicida niegan a los más pobres y necesitados, a los menos amparados de dignidad —los casi bestias, apestados de este mundo, y no por falta de dinero: mercenarios de un furor que se traduce en el espectáculo de carnicería— las oportunidades y beneficios al alcance de políticas dignificantes, de corte humanístico; es decir, de los privilegios, hasta ahora irreductibles, que construyen los conocimiento y edifican saberes de toda civilización moderna…
Humo amargo que emana de las vísceras diseminadas en Oriente Medio: el mismo perro, no ignorante de causa —¿democrática?, ¿libertaria?, ¿justa?—, viene a olisquear, con diferente collar, para orinarse en aquello que ambiciona. Ese perro que las rabiosas FDI —en su barbarie extrema, ajena a toda piedad— azuzaron en contra del joven Mohamed Bahr y que le costó la vida cuando articulaba en su inocencia Down: “¡Khalas ya habibi!”, que del árabe se traduce: “¡Vete, basta, querido!”.
¿Y qué demonios decir de la pequeña Hind Rajab, de apenas 5 años, que no sobrevivió más días entre los cadáveres que la rodeaban?
Un niña desvalida en lo nauseabundo y un adolescente con Síndrome de Down, entre los 48 mil muertes de civiles en la Franja de Gaza bajo los encarnizados bombardeos israelíes (reporte del Ministerio de Salud palestina en marzo de 2025, mientras que la revista especializada The Lanzet señala que la cifra asciende a 70 mil), entre los que causa dolor humano enumerar 19 mil 500 infantes asesinados (cerca de 200 niños por día, muchos de ellos abatidos por francotiradores —apostando meter dos tiros en la misma cabeza—, según informa el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia —en inglés, Unicef—, sin contar los miles que siguen bajo los escombros, así como los más de 200 periodistas ultimados por fuerzas israelíes, en una masacre sin precedentes) en esa absurda lluvia de fuego que quisiera verse divina a partir del odio…
Palabras que barajo como naipes afilados, sí, porque considero que el silencio de la muerte es el peor de los silencios.
Palabras que, como bien sabemos, no evitan que las ostensibles llamas del pasado alcancen los desbordados bidones del presente y desparramen su gasolina ardiente y psicótica hasta la puerta de nuestros hogares.
Pero también palabras que remiten a la sentencia de escritor Milan Kundera, cuando refiere que “la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”.
Quizá, en términos del filósofo Rob Riemen, sólo palabras para enfrentar la estupidez humana.
Qué claro fue Freud, similar a un destello que revienta algo al interior de nuestros cerebros: “Pensemos en la gran cantidad de brutalidad, crueldad y mentiras que pueden extenderse por todo el mundo civilizado. ¿De verdad creemos que un puñado de hombres ambiciosos y embusteros, sin conciencia, podrían salirse con la suya y desatar todos esos espíritus malignos si no tuvieran millones de seguidores que comparten su culpa?”.
Ya nos lo refería Simone de Beauvoir, emulando a Hegel (en la dialéctica del amo y el esclavo): “El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”.
raelart@hotmail.com
*Consigna política del nacionalismo palestino, que refiere el área geográfica entre el río Jordán y el mar Mediterráneo —de donde será expulsado el Estado de Israel— y que es un llamado fervoroso, desde los años 60, a la liberación de Palestina.
**El artículo, escrito por el profesor de la Universidad de Yale, Graeme Wood, fue publicado el 17 de mayo de 2024, alegando la cordialidad de que “es posible matar niños legalmente, si por ejemplo uno está siendo atacado por un enemigo que se esconde detrás de ellos”.