El último lector | De Kirk a “Cartas a la Dirección”
El hombre es un demonio venido a menos, o quizá menos que eso.
Cualquiera que sea el oficio —taxónomo, internauta o columnista—, a quien expresa su opinión —así sea bajo la cautela de un editor y un par de medios de comunicación, como es mi caso, y que no es la “opinión” general (La Jornada BC y El Vigía, periódicos donde, en El último lector y la Crítica de la razón cínica, se publicó los días 11 y 12 de septiembre mi documento «El “asesinado” Kirk: la muerte de un ultraconservador»)— no se le dispensa la ordalía de recibir insultos abyectos, sobre todo de aquellos que vienen cargados de desparpajo emocional y grave insustancialidad.
En el ambivalente juego (des)informativo de las redes sociales, hay que asumir la ferocidad de este tipo de crítica —en la obvia razón de “ampliar el debate” por la gratuidad de los sederos más hostiles— y esperar que los eventos traduzcan los hechos a partir de la noticia especializada, el reportaje de fondo, etc., para una toma de conciencia colectiva —asumida como verosímil— y el asunto termine en letanías de información de consumo temporal.
Desde el grito hipócrita de indignación, pasando por la afrenta directa, hasta aquel que, en su frágil pudor, se desgarra la camisa solicitando “argumentos”, hay que saber que el periodismo de opinión alimenta —antes, mediante y después del evento— el acercamiento personal a la situación y al tema —que, de un momento a otro, pueden dar un giro falaz o certero—, sin degenerarse en instrumento de propaganda o sandeces al uso, como se quiere ver en el imaginario controversial, poco defendible, de un personaje público, como hoy es el caso, siempre lamentable —porque toda muerte lo es—, del activista Charles Kirk.
Ahí las evidencias son claras (lo que no quiere decir “incuestionables”). No hay glorificación de antemano. Tampoco saña. Está el oficio periodístico de opinión marcado por el estilo: la calificación vertida a partir de la información obtenida, la ductilidad del tema, la adjetivación del color, los giros de oportunidad lingüística y un largo etcétera.
Está de más insistir en que los datos son públicos, rastreables y evidentes…
¿Por qué no se consultan? Lo sé: es más cómodo esgrimir una retahíla emocional, de corte imaginario, especulativo y neurótico, que investigar, seleccionar y escribir —he dicho escribir, no garabatear como “Dios” les dio a “entender”— algo sensato que desmonte o abone a la inverosimilitud o acritud de lo publicado.
Concluyo, ante mis detractores —hasta donde la razón les asiste—, que la contradicción de un humanismo racista, siempre estará al servicio de los privilegios del poder. Además, como nos recuerda Sartre —y es algo que siempre tengo que agradecer—, la pasividad sólo sirve para colocarnos del lado de los opresores.
La falsa ignorancia muchas veces es peor consejera que la ignorancia a secas.
Este desequilibrio divino consiste en fabricar esclavos y monstruos como si fueran ángeles descolonizados, libres en su embriaguez y miserabilidad: pobres, infelices, mezquinos y perversos.
Kirk “sofista”, en el mejor sentido de la palabra, resplandeciente en trucos dialécticos y retóricas preparatorianas —y aquí recalco lo que ya he dicho: nadie debe hacer lo imposible para morir en esas condiciones—; muy lejano a una sabiduría modesta, Kirk se valió —con todo derecho a profesar la dualidad de los monoteísmos: cielo o infierno— del verbo de “Dios” para intentar ir al ruedo del plebiscito político con las primarias hechas.
No es nada nuevo, así funcionan las no tan jóvenes polillas del mando Republicano (en EE UU). Entre su “Dios” y un contrincante humanista, votarían por “Dios”, así ese dios todopoderoso fuera una complicada máquina de hacer mierda.
¿Qué si de izquierdas? Muy a pesar de ellos (donde los Kirk “rojos” abundan).
Sí, tanto el periodismo como la filosofía son amor a “la verdad”, pero en la medida que los periodistas y los filósofos son personas imperfectas que ofrecen versiones de ese “amor”. La tarea de conocer la voluntad divina es profundamente subjetiva y, por tanto, inevitablemente imperfecta. Nada “divino” muere. Verse con otros es saber cosas de nosotros mismos. Todo esto se trata sobre una pérdida de la inocencia. Ahí el legado de Kirk. Descanse en paz.
Si no, ahí está —lector habitual o circunstancial— el siempre válido recurso de “Cartas a la Dirección”.
raelart@hotmail.com




