Opinión

Cuando ruede el último balón, comenzará el partido de verdad

Por: Rompecabezas | Mónica García-Durán

Mientras millones de personas siguen pendientes del Mundial, en los escritorios de la Casa Blanca y de Palacio Nacional ya se juega otro campeonato. Uno mucho menos festivo y bastante más decisivo. Porque la relación entre México y Estados Unidos dejó de dividirse en cajones. Hoy todo está conectado.

Ya no existen expedientes separados. Lo comercial influye en la seguridad. La seguridad condiciona la diplomacia. Y la política exterior termina impactando la economía.

Esta semana lo confirmó una cadena de acontecimientos que, vistos por separado, parecen episodios aislados. Juntos cuentan otra historia.

El exembajador Ken Salazar volvió al centro del debate con el adelanto de sus memorias, donde describe las tensiones que marcaron su relación con Andrés Manuel López Obrador y revela el peso que tuvieron la migración, la seguridad y las negociaciones políticas entre ambos gobiernos. No es sólo un ajuste de cuentas. Es una advertencia sobre cómo Washington interpreta hoy la relación con México.

Al mismo tiempo, la administración de Donald Trump endureció su política hacia Cuba con nuevas sanciones contra funcionarios y empresas vinculadas al régimen de Miguel Díaz-Canel. El mensaje rebasa a La Habana. También alcanza a gobiernos como el de Claudia Sheinbaum, que mantienen una política de acercamiento con la isla. En Washington, la política exterior mexicana empieza a medirse como un componente de seguridad hemisférica.

Y mientras eso ocurre, la revisión del T-MEC dejó de ser un asunto exclusivamente comercial. Funcionarios como Jamieson Greer, representante comercial estadounidense, y el secretario de Comercio Howard Lutnick saben que la negociación estará inevitablemente ligada al combate contra el narcotráfico, el tráfico de fentanilo, la migración y la competencia estratégica con China. Del lado mexicano, Marcelo Ebrard tendrá que negociar mucho más que reglas de origen o aranceles.

Ese es el tablero que comenzará a moverse con fuerza cuando termine la fiesta mundialista.

Durante unas semanas el futbol ayuda a bajar la temperatura política. Después volverán los temas que realmente ocupan a Washington: la presión sobre los cárteles, la cooperación en inteligencia, las inversiones chinas en México, la revisión del tratado comercial y las exigencias para reforzar la frontera común.

El Mundial ofrece una pausa. No un cambio de prioridades.

La verdadera prueba para el gobierno de Claudia Sheinbaum empezará cuando se apaguen los reflectores de los estadios. Ahí se verá si México logra mantener el equilibrio entre su discurso de soberanía y las crecientes exigencias de su principal socio comercial.

Porque, terminado el espectáculo, comenzará el partido que de verdad definirá el rumbo de la relación bilateral durante los próximos años. Y ese ya no se jugará en una cancha, sino en las mesas de negociación de Washington y la Ciudad de México.

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