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Opinión

Clamor multitudinario de las mujeres / La Jornada

Por: Editorial La Jornada

Las mujeres salieron ayer a las calles en varios puntos del país a manifestarse de manera multitudinaria para exigir el fin de todas las formas de violencia contra ellas y por la desigualdad estructural que les niega el ejercicio pleno de sus derechos. Entre los principales reclamos que se hicieron escuchar en las ciudades estuvieron el de hacer justicia a las víctimas de feminicidio y tomar todas las medidas para erradicar este crimen de odio, así como denunciar y visibilizar el ubicuo acoso sexual.

Al respecto, el astabandera del Zócalo capitalino se convirtió en un tapiz con las fotografías de cientos de hombres denunciados por violencia sexual que, aseguran las denunciantes, permanecen en total impunidad.

En algunos casos, la protesta con motivo del Día Internacional de la Mujer se fundió con demandas locales y comunitarias. Por ejemplo, en el municipio de Chicomuselo, Chiapas, se pidió la cancelación definitiva de concesiones mineras y frenar la trata de personas, sobre todo de mujeres y niñas con fines de explotación sexual; en la Montaña Baja de Guerrero indígenas nahuas bloquearon una carretera en exigencia de que el presidente municipal les explique el paradero de los recursos que “año tras año se entregan para las comunidades” y de los cuales “no reciben nada”; en Nayarit, residentes del Hospital General de Tepic se manifestaron por “una residencia sin acoso” y exhibieron conversaciones virtuales en que los médicos hacen preguntas inapropiadas, en tanto que en Michoacán se expresó el clamor por la tragedia de las desaparecidas, una de las facetas más lacerantes de la violencia contra las mujeres.

La mayor de estas marchas, la que se realizó en la Ciudad de México, se distinguió por muy concurrida, consciente, combativa a la vez que festiva y plural: en los muy diversos contingentes se desplegaron todos los feminismos, desde los separatistas hasta los moderados, desde los que se identifican con tendencias de izquierda hasta los de derecha.

En general, puede afirmarse que se creó un ambiente de sororidad en el que incluso hubo cabida para actos de lo que algunas denominan ternura radical: así pueden calificarse la entrega de flores a las policías que resguardaban a las organizaciones, y los gestos de confraternidad entre autoridades y manifestantes en el primer cuadro del Centro Histórico. En medio de un saldo tan positivo y esperanzador, cabe lamentar algunos episodios de violencia irracional, los cuales dejaron 25 personas heridas. En particular, resulta deplorable la agresión con un picahielos contra una mujer policía, quien tuvo que ser hospitalizada, y el acto de vandalismo que pudo terminar en tragedia cuando a dos manifestantes les cayó encima una estructura de cristal que ellas mismas derribaron.

Lo cierto es que esos actos no llegaron a empañar la movilización masiva, y en buena medida ello se logró gracias a que los grupos de provocadores fueron aislados por el grueso de las manifestantes y a la eficiente organización del dispositivo de seguridad conjunto entre autoridades capitalinas y federales, el cual logró un efecto preventivo y disuasorio sin recurrir a la represión.

En suma, es deseable y urgente que el hartazgo de las mujeres se traduzca en avances reales en la concientización sobre las condiciones adversas hacia ellas, en acciones puntuales de las autoridades y en un inequívoco rechazo social hacia toda forma de violencia y discriminación por causa de género.

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