Cultura

Mary Jenkins, cocinera de Elvis Presley

Por: Lilia Rubio

Ciudad de México, 16 de agosto. El 16 de agosto de 1977, en un baño de la célebre mansión llamada Graceland o Tierra de Gracia, murió Elvis Aaron Presley. El deceso no disminuyó su gloria. Todo lo contrario. Su mística se convirtió en una bien lubricada maquinaria comercial, alimentada por sus fieles seguidores.

No obstante, en este 49 aniversario de su ausencia, mi intención no es hacer un recuento de su meteórica carrera musical, ni de sus tantos imitadores en todo el mundo. Más bien, quiero reseñar la entrevista telefónica que hace tiempo hice a Mary Jenkins, quien le cocinaba y no sólo fue una de las últimas en verlo vivo, sino que durante unos 15 años, se dedicó a satisfacer los antojos de quien, en su agónico final, no comía para vivir, sino que vivía para comer

De hecho, los “súbditos” decían que lo único que su “Rey” disfrutaba era alimentarse. Cuando el nutriólogo lo ponía a dieta, comía a escondidas. También llegaron a declarar que su ídolo quería morir o, al menos, así lo interpretaban cuando lo escuchaban decir frases como: “Ahora no me veo muy bien, pero luciré mucho más atractivo en el ataúd”.

La Sra. Jenkins (1922-2000) no sólo era su cocinera. Prácticamente, era parte de su familia. Tanto así, que incluso continuó trabajando tres años más en Graceland, cuidando a Minnie, abuela de Elvis. En su libro, She was there, narra el primer día que tomó control de la espaciosa cocina en la residencia de Memphis, Tennessee.  Fue Vernon Presley, padre del cantante, quien le enseñó a preparar el famoso sándwich con pan tostado frito, mantequilla de cacahuate, plátano y abundante tocino, predilección del artista, a cualquier hora del día o la noche, pues decía que tenía que desayunar, tan pronto se despertara, incluso si fuese por la  tarde, lo cual usualmente era el caso. Elvis no seguía a nadie. Él tenía sus propios horarios. Era obvio que sufría de una especie de hambruna, pues también devoraba hamburguesas con queso y unos siete helados simultáneamente. 

Mary cuenta cómo, en la última madrugada, puesto que su jefe no había comido en dos días, ella le dijo que antes de irse a casa –que él le había regalado- quería verlo comer. Él contestó que no tenía hambre, que sólo necesitaba descansar. Se despidieron. Eran las 2 de la mañana. Nunca más volvieron a hablar, porque unas 12 horas después, fue encontrado inconsciente, llevado en ambulancia y declarado muerto en un hospital, a las 3:30 de la tarde.

Según el informe toxicológico, el célebre cadáver de unos 130 kilogramos, no sólo contenía antidepresivos y barbitúricos, sino también otros 12 fármacos –morfina, meperidina y pentobarbital, entre otros-, consumidos en concentraciones 10 veces mayores que el nivel tóxico. 

Nunca había visto tantas drogas en un solo cuerpo”, comentó el patólogo. Asimismo, se sabe que después de la sobredosis, el ídolo se quitaba la camisa para que lo inyectaran en la espalda. Todo empezaba a medianoche. Como a las 10 de la mañana, uno de sus ayudantes le colocaba en la nariz algodoncillos empapados en cocaína líquida.

“Prefiero estar inconsciente para no sentirme tan miserable”, explicaba Elvis a sus guardaespaldas, que más bien eran salvavidas. Tenía 42 años y su vida estaba plagada de frustraciones, infortunios personales, tortuosas giras artísticas y deudas, por las que tuvo que hipotecar su palacete de Memphis para que el banco le diera un préstamo de 1.3 millones de dólares. 

En esa comatosa pesadilla, la muerte era la única salvación. Las noches eran días y los rayos del sol dejaron de existir. “!Dios mío!, ten misericordia de mí. ¡Perdóname, Señor, ayúdame! ¡No puedo continuar!”, dicen sus empleados que rezaba arrodillado.

He aquí un extracto de mi comunicación con Mary Jenkins.

-Buen día, disculpe, ¿se encuentra la Sra. Jenkins?

-Sí, aquí está. ¿Quién habla?

-Lilia Rubio. Hablo de la Ciudad de México. Soy reportera y quisiera charlar con ella sobre el Sr. Elvis Presley.

-¿Habla de Nuevo México?

-No, del viejo, de Mexico City.

-¡Ah!, un momento, voy a llamarla.

La mujer de 70 años toma el teléfono. Le parece extraño que la llame desde México. 

LR.- Desde siempre, millones de mexicanos hemos sido fans de Elvis. No dejamos de recordarlo. Seguimos escuchándolo y suspirando por él.

MJ.- Hace un rato, aquí estábamos hablando del Sr. Presley. Siempre nos acordamos de él. Tengo muchas fotos de aquellos  tiempos y conozco a gente con habitaciones llenas de souvenirs. El otro día, vi en la televisión una camiseta con su cara hecha con lucecitas. Es de baterías y, cuando se prende, está sonriendo. 

LR.- Acá en mi país, también nos enteramos de todo el movimiento que hubo para decidir su imagen en un timbre postal.

MJ.- Sí, yo y mi familia votamos varias veces. Voté por la foto cuando era joven, que es cuando lo conocí, aunque ya era muy famoso. Era bromista y generoso. Nunca me dijo una palabra grosera. Me daba aguinaldo y me obsequió autos y una casa lindísima, que es donde vivo. También me regaló anillos de oro y esmeraldas. Siempre me decía que podía ser su cocinera el tiempo que yo quisiera. Para las fiestas, le hacía roast beef, pollo sin hueso y hamburguesas con mucho queso. ¡Le encantaba la mantequilla!

LR- ¿Lo veía usted cuando estaba en Graceland?

MJ.- Sí, por supuesto. A veces bajaba a la cocina, en bata de casa, descalzo o con pantuflas y hasta cantaba.  

LR.- ¿Era solitario?

MJ.- Al final, sí, pero hubo tiempos en que lo visitaban muchas celebridades. Todos reían y la pasaban muy bien. En ocasiones, quería compañía, pero en otras, sólo que lo dejaran en paz.

Mary Jenkins nació en 1922, a unos 25 kilómetros de Graceland. Hija de granjeros, cuando tenía 8 años, se mudaron a Memphis y a esa edad empezó a cocinar. Trabajó como doméstica, hasta que decidió ofrecer sus servicios en restaurantes y abrió una cafetería. Se divorció y estuvo desempleada, hasta que un amigo taxista le presentó a un cocinero de Elvis, a quien ella le pidió que le avisara si algún día necesitaba una asistente. A los dos meses, la mujer ya estaba en la singular cocina, preparando los emparedados de plátano, bajo la tutela de Vernon Presley.

MJ.- Trabajé con él hasta su muerte. Todos lloramos mucho. Para velarlo, sacamos los muebles de la sala y el comedor. Su papá preguntaba qué íbamos a hacer sin Elvis. Yo no fui al cementerio. Me quedé en la casa cocinando. Ese era mi trabajo. Hasta la fecha, me siento muy insultada, cuando alguien lo ofende, ahora que hay tantos chismes sobre él. Nada en el mundo me hará creer tanta mentira.

LR.- ¿Chismes?

MJ.- Sí, por ejemplo, el otro día, apenas este febrero, su madrastra Dee le dijo a una revista que Elvis había tenido relaciones con su propia madre, Gladys. Me dio mucho coraje, porque él no era ese tipo de gente. Además, él siempre trató muy bien a Dee y la ayudó mucho. A los pocos días, me llamó una estación de radio para preguntarme qué pensaba. Yo estaba furiosa y se me salió de todo un poco. Dije cosas terribles que no debí de haber dicho, pero me siento muy insultada, cuando alguien critica al Sr. Presley. 

LR.- Dígame, ¿es cierto que tuvo muchas novias? ¿Cómo cuántas cree usted que fueron?

MJ.- Eso es algo que no puedo contestar. No tengo idea de cuántas fueron, porque sólo conocí algunas que lo visitaban en Graceland.

LR.- ¿Qué hacía Elvis cuando estaba en la residencia?

MJ.- Era muy tranquilo. Casi siempre se la pasaba acostado y le encantaba comer en la cama. Era una de las pocas satisfacciones que tenía en la vida.

LR.- ¿Qué desayunaba?

MJ.- Le gustaban los huevos con tocino, queso o jamón, la crema de trigo, bisquets que le horneaba y jugo de naranja fresco, porque detestaba el enlatado. Eso le servía cuando despertaba, porque la cocina estaba abierta 24 horas. A veces, me abrazaba y decía que nadie cocinaba como yo. Me llamaba Maui.

LR.- Mary, ¿es verdad que era racista?

MJ.- No, no es cierto. No sé de dónde vienen esos rumores. Me acuerdo una vez que me llamó, mientras desayunaba. Estaba muy triste, porque algunos periódicos andaban diciendo que odiaba a los negros. “Eso es mentira”, me dijo. Al lado de Graceland vivían un predicador negro y su hijo. Él los invitaba a comer.

En esos días, envió una carta a los diarios, aclarando que no era racista. Nosotros trabajábamos muy contentos con él. Era muy chistoso. Por ejemplo, un día llegó un autobús. Después de consultarlo, el vigilante lo dejó entrar. Eran unas 30 chicas, que se quedaron toda la noche con los empleados de la casa.

LR.- Mary, ¿ha regresado usted a Graceland?

MJ.- Sí, fui hace unos años, pero me la pasé llorando. Ahora, es un lugar público, siempre lleno de gente. Se cobra por entrar. Es un museo, de todas sus pertenencias. La gente se sube a su avión privado, que lleva el nombre de su única hija, Lisa Marie.

La Sra. Delta Mae, tía del señor, vive en el segundo piso. Dice que se venden muchos millones de discos y recuerdos, pero cuando fui, me dio mucha tristeza.

LR.- ¿Cómo fue su última noche?

MJ.- Como a eso de las 2 de la mañana, él y su novia, Ginger Alden, habían estado discutiendo. Algo andaba mal, pero nunca supe qué. Él me pidió que le arreglara la habitación de su hija. Le llené unas botellas de agua con hielo y vi que las luces estaban apagadas, lo cual me pareció extraño, porque cuando él estaba en Graceland, las lámparas y los televisores siempre estaban encendidos. Me dijo que no prendiera nada. Le pregunté si quería cenar algo. “No. Quiero descansar, Maui, sólo quiero descansar”. Nunca volvimos a hablar.

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