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Cultura

Agoniza la tradición de regalar tarjetas navideñas

Por: Ángel Vargas / La Jornada

Dar, recibir, intercambiar y enviar por correo postal tarjetas navideñas y de Año Nuevo impresas es una costumbre en desuso, por no decir en franco y acaso irreversible proceso de extinción.

Al menos en la Ciudad de México, donde se ha tornado una práctica que preservan sólo «unos cuantos nostálgicos y respetuosos de las tradiciones», afirman dueños, responsables y trabajadores de algunas de las imprentas ubicadas en la Plaza de Santo Domingo, en el Centro Histórico.

Ese emblemático espacio, con su portentoso edificio del siglo XVII y sus hermosos portales, se ha distinguido desde el siglo XIX por albergar al gremio de impresores, incluidos «los evangelistas», como se conoce a los escribanos o amanuenses que, primero a mano y luego con sus máquinas mecánicas o eléctricas, han mantenido viva la tradición de escribir cartas para otros, sobre todo de amor.

«¡Uy, tiene muchos años que ya no hacemos tarjetas de Navidad ni de Año Nuevo! Ni se venden y la gente ya ni las busca ni las pide. Ahora, las felicitaciones en estas fechas se hacen por correo electrónico y más por teléfono celular», afirma uno de los empleados de la imprenta Morales, ubicada en el número 58 de la calle de Cuba, a la vuelta de la citada plaza.

No obstante la aparente condena de muerte que pesa sobre de ellas, aún es posible encontrar en ese histórico punto capitalino decenas de diseños de tarjetas impresas que aluden a estas fechas, con paisajes nevados, escenas bucólicas, árboles de Navidad, nacimientos, personajes de Disney, Santa Claus, Reyes Magos, imágenes religiosas, copas de cristal o cirios encendidos. Diseños que, en gran medida, son retomados de Internet.

Muchas de esas tarjetas, según cuentan los vendedores, son remanentes de diciembres anteriores. Son pocos los que continúan imprimiéndolas año con año, como el propietario de la imprenta Macías, quien, en parte, lo hace «por tradición familiar» y porque hay quienes las siguen comprando. La verdad es que yo continúo haciéndolas porque mi familia se ha dedicado a esto desde hace muchos años.

«Antes eran trabajos mejor hechos, con un filo dorado en la orilla, pero pues ya no las hago así, porque la gente no las paga», explica Óscar Macías, mientras realiza una serie de calendarios de bolsillo en su imprenta de mano, instalado en un puesto al aire libre y ante la vista de todos los que circulan por la Plaza de Santo Domingo.

De 48 años de edad, el impresor aprendió este oficio desde muy pequeño, al lado de su mamá y sus hermanos. Por ello, trabajar en estas fechas con este tipo de producción le representa «un sentimiento y emoción muy especiales»; incluso, es cuando se dedica a esta actividad de tiempo completo, porque el resto del año es agente aduanal.

Cuenta que «los clientes fuertes», aquellos que más encargan esa mercancía, son sobre todo personas de ciertos oficios, como barrenderos, vigilantes, carteros y repartidores a domicilio, que adquieren las tarjetas «para desear felices fiestas y con la esperanza de recibir una retribución económica, a manera de aguinaldo». La cantidad que deben desembolsar va de 220 a 250 pesos por el ciento de piezas.

El factor digital

La producción y venta de tarjetas de Navidad y Año Nuevo está limitada a cierta temporada. En el caso de las imprentas de la Plaza de Santo Domingo, y en general del Centro Histórico, abarca del 20 de noviembre al 6 de enero.

«Aunque algunos clientes vienen después, buscando que la mercancía haya bajado de precio; ya sabes cómo son los mexicanos«, señala David Ramos, de Impresos Gráficos del Centro, quien advierte que no sólo las tarjetas de Navidad y de Año Nuevo están en riesgo de desaparecer, también los calendarios que muchos comerciantes acostumbran dar en estas fechas a su clientela.

«Poco a poco se ha ido perdiendo esa tradición. Antes, en esta temporada teníamos largas filas de personas que pedían tarjetas o calendarios, y nosotros trabajábamos a marchas forzadas de las 8 de la mañana hasta las 2 de la madrugada, pero ahora ya es otra cosa, más aún después de la pandemia, cuando quebraron varias imprentas de la zona y debieron cerrar».

El impresor, quien al lado de su familia ha dedicado a ese oficio más de 20 años (de los 33 que tiene de edad), comenta que fue a finales de la primera década de este siglo cuando comenzó a disminuir el interés por las tarjetas navideñas y los calendarios, ante el auge de las tarjetas virtuales enviadas y elaboradas mediante computadoras personales, pero sobre todo desde teléfonos inteligentes.

«Cuando se dio el bajón muy fuerte fue en 2015; las ventas disminuyeron de forma preocupante, porque antes eran pedidos de 500, 800 o más de un millar de tarjetas; a partir de entonces se encarga acaso un ciento o sólo medio. Los clientes que tenemos de cartera son los que nos han salvado. Ya no interesa tanto regalar calendarios; lo de hoy son otros artículos impresos, como bolsas o tortilleros».

Aunque no desean sonar derrotistas ni parecer apocalípticos, los impresores de la Plaza de Santo Domingo, entre ellos Óscar Macías, saben que la tiene bien difícil ante la inequitativa competencia que representa la tecnología digital, pero asumen que la tradición de obsequiar tarjetas de Navidad y de Año Nuevo, así como calendarios, «podría desaparecer totalmente en unos cuantos años».

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