Opinión

Musa Verde | La ciencia en el Siglo XXI / 3

Por: Horacio de la Cueva

Estamos ante grandes retos para el desarrollo de las ciencias y el resto de nuestra cultura. Los recortes a los presupuestos de investigación y cultura por parte de los gobiernos occidentales —ignoro qué pase en China o en la Federación Rusa— han hecho que la investigación pase a manos de los magnates de la tecnología; sin duda, será al modo de quien la paga y no de las necesidades de todos. Necesidades como mejores vacunas, alimentos más nutritivos, motores más eficientes, baterías menos contaminantes…

El ejemplo más cercano y claro de la indiferencia y la hostilidad hacia las ciencias es la negación de las causas antropogénicas del cambio climático, a pesar de existir evidencia confirmada. La principal causa del cambio climático es la liberación de gases de efecto invernadero a la atmósfera. Atribuir esta liberación a causas naturales, despreciando las fuentes antropogénicas, da la oportunidad de ignorar el problema, sus soluciones y consecuencias, mientras se generan ganancias jamás vistas para las compañías petroleras.

Las fuentes de energía alternativas también crean riqueza; por algo las grandes compañías petroleras invierten en ellas. Las energías alternativas también tienen problemas ambientales: contaminan, pero seguimos trabajando para disminuir sus consecuencias. Las hélices de los generadores de viento y los concentradores solares son mortales para aves y murciélagos —los mejores sitios para colocar los generadores están en las rutas de migración aérea—. No se han desarrollado o implementado las formas de reducir o eliminar la contaminación generada por la minería de litio, utilizado para muchas pilas. Ya vienen las pilas de sodio.

Que una persona se dedique a la ciencia no la convierte automáticamente en activista, enemiga del Estado o fascista incorregible. No se ha dado la última palabra sobre la neutralidad o la carga ideológica de la ciencia. Si es un invento de la civilización occidental, no es la condena de la humanidad. Mi paradigma del buen activismo científico es el libro Silent Spring (1962), traducido como Primavera Silenciosa, de Rachel Carson. Con evidencia científica mostró cómo los plaguicidas no discriminaban entre organismos y estaban contaminando el ambiente. Podemos vincular este libro con la prohibición del DDT en el ambiente. Sus efectos habían llegado a aves como los pelícanos y los halcones peregrinos. Los cascarones de los huevos de estas aves eran muy delgados y los aplastaban al sentarse a incubarlos. Este libro cambió la perspectiva del público no solo sobre los plaguicidas, sino también sobre el papel de la industria en la generación de contaminación y la salud ambiental.

En el otro extremo del activismo conocido, donde se usan los conocimientos que generan las ciencias, están Greenpeace y Sea Shepherd, dos organizaciones de la sociedad civil que apelan al público por donaciones para funcionar. Se valen para subsistir de animales carismáticos y temas controvertidos, pero en los cuales es fácil jugar con el sentimiento de culpa, como la caza de ballenas, el calentamiento global y la vaquita. Sí resaltan los problemas y proponen soluciones, pero la ciencia que reportan no es suya, ni tampoco ayudan a crearla. Su finalidad no es dar al público un papel en la toma de decisiones sobre los problemas que tratan, ni tampoco es lograr propósitos políticos bien definidos. Su modus operandi es promover posiciones que les garanticen su continuidad como activistas políticos. No he conocido una propuesta que salga de ellos para promover actividades económicas nuevas y diferentes que ayuden a las familias pescadoras del Alto Golfo de California y que hagan poco atractiva la pesca ilegal de totoaba, la principal amenaza para la vaquita, que muere ahogada en las redes ilegales.

Los retos que tenemos para hacer ciencias que promuevan el bienestar están promovidos por las noticias, no solo sobre la actitud despectiva hacia la ciencia, sino también por la falta de respeto a los derechos humanos; no estamos usando los recursos equitativamente. El poder y el dinero están cada vez más concentrados.

Estas circunstancias en las que vivimos, de ideologías intolerantes, guerras, pandemias —el ébola en África y el sarampión en los Estados Unidos—, discriminación e intolerancia, junto con la falta de apoyo a la creación de nuevo conocimiento y de profundización de la cultura, me hacen creer que estamos entrando a un nuevo obscurantismo. Las primeras señales están a nuestra vista. Nos toca contrarrestarlas de la mejor manera que podamos.


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