Opinión

El Mundial dejó de ser una vitrina y comenzó a ser un reflector sobre México

Por: Mónica García-Durán | Rompecabezas

La publicación del sábado 4 de julio de The Guardian sobre la crisis de desapariciones en México confirma algo que el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum no parece haber calculado del todo: la Copa del Mundo no sólo atrae turistas, cámaras y patrocinios. También atrae preguntas incómodas.

El diario británico coloca el contraste en su punto más duro: mientras Inglaterra se prepara para enfrentar a México en el Estadio Azteca, más de 130 mil personas permanecen desaparecidas en el país. No es un dato menor ni un tema lateral. Es una de las mayores heridas nacionales y, al entrar en la cobertura mundialista, deja de ser un asunto interno para convertirse en una interpelación internacional.

El Mundial fue pensado como escaparate. Una oportunidad para mostrar estadios, aeropuertos, seguridad, turismo, fiesta popular y capacidad organizativa. Pero una vitrina exhibe lo que el anfitrión decide acomodar. Un reflector, en cambio, ilumina también aquello que se quiere mantener fuera del encuadre.

Eso está ocurriendo.

La prensa internacional no está mirando únicamente el balón. Está mirando el país que recibe el torneo. Y ahí aparecen las madres buscadoras, las familias sin respuestas, las fosas, la impunidad, la violencia y una pregunta que incomoda más que cualquier marcador: ¿cómo se celebra una fiesta global en un país que no ha podido responder por sus desaparecidos?

No se trata de cancelar el Mundial ni de negar lo que el fútbol significa para millones de mexicanos. Se trata de entender que ningún evento deportivo, por grande que sea, suspende la realidad. Al contrario: la amplifica.

México quería proyectar alegría, orden y grandeza. Pero el mundo también está viendo ausencia, deuda y dolor. Ese es el riesgo de los reflectores: no obedecen al guion oficial. Y cuando se encienden, ya no iluminan sólo la cancha.

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