México

Guadalajara vibra con la fiesta mundialista; mariachi y un estadio a reventar

Por: Alberto Aceves, enviado La Jornada

18 de junio.- Guadalajara no es una ciudad perfecta. Es una ciudad viva. Calurosa, intensa, fascinante, con el mismo temperamento desbocado del futbol. Resulta extraño mirar la previa de un partido desde sus calles. Mientras el planeta centra su atención en un partido México-Corea del Sur con estadio lleno, afuera miles de personas quedan atrapadas en embotellamientos, retrasos por fallas en el transporte público o cierres viales, intentando llegar al Estadio de Chivas. Desde hace días, el centro histórico se encuentra ocupado por vallas, estructuras y el equipo de sonido de un escenario monumental. Conciertos gratuitos, cortesía del gobierno estatal, montados a pocos metros del FIFA Fan Fest. Un contraste ruidoso. 

Moverse por la Perla Tapatía ya era una aventura antes del Mundial, pero ahora lo es aún más, coinciden taxistas y comerciantes locales. Carriles cerrados por obras de último momento, escaleras mecánicas fuera de servicio, proyectos de transporte que apenas llegaron justo a tiempo. Todo forma parte del paisaje urbano de estos días de fiebre por la Copa.  

La música de mariachi acompañó la estancia de la selección nacional durante toda la semana. Canciones típicas, persistentes, un bucle de identidad que pintó de verde, blanco y rojo los sitios acostumbrados a la vorágine cotidiana. “De la Sierra Morena, cielito lindo, vienen bajando…”, cantaron desde restaurantes, estaciones del transporte público y el circuito que asedia el estadio sede. A diferencia de la Ciudad de México, el ambiente en Guadalajara se parece más al de un Mundial. La afición lo sabe, lo respira.

En conversaciones informales con turistas y aficionados que viajaron desde la capital, la certeza es casi unánime. Con las horas se aprende la dinámica del torneo, la logística, los horarios del traslado, la certeza de haber encontrado al fin un lugar para emocionarse con el deporte que millones practicaron desde pequeños. “Lo malo es que ya no hay dónde quedarse. Ayer fuimos cerca del Akron y las habitaciones por noche estaban en 10 mil pesos”, dice uno de los asistentes entre risas.

Visto a la distancia, el estadio parece la maqueta de un platillo volador. Si hay lugares que hacen creer que el tiempo existe, hay otros que consiguen detenerlo. Este jueves, la casa del Guadalajara hizo las dos cosas. Cada partido que se juega aquí se vive como si fuera el último. Los goles se gritan con una gratitud extraña, como si la gente intentara almacenar recuerdos para cuando el tiempo los transforme todo en olvido.

El futbol, entre otras cosas, tiene esa capacidad brutal de hacer sentir vivos a los que están, de arrancarles lágrimas cuando creían que ya no volverían hacerlo por el futbol. De dejarlos mirando una cancha vacía después de un triunfo del Tricolor. Si la literatura permite vivir muchas vidas, los Mundiales también. Regalan emociones que hace cinco minutos no le pertenecían a nadie, recuerdos que se quedarán en el cuerpo para siempre. 

A pesar de los elevados precios, la desesperación por entrar no se detiene. Se vuelve obsesión. “¿Tienes silla de ruedas en venta o renta? Sólo necesito una para hoy”, preguntan vía telefónica aficionados que consiguieron entradas para el partido, pero sólo en la zona exclusiva para discapacitados. “Pedí un bastón en Amazon, pero no llegó”. El mismo diálogo se repite en centros comerciales, plazas públicas, tiendas y hoteles. En el afán por entrar al partido, decenas de personas han comprado boletos asignados originalmente para el sector de movilidad de inclusión. La ética suspendida por 90 minutos.

A pocas horas de que comience el partido, la masa humana avanza hacia las puertas de la explanada central. Las largas filas empezaron temprano, como serpientes lentas bajo el sol. Como en otras sedes mexicanas, las finanzas de la reventa imponen sus leyes. Un pase de estacionamiento se cotiza en 2 mil 300 pesos, casi la mitad de lo que cuesta un boleto para las zonas más baratas. “Tengo lugares en los laterales, 8 mil por cada uno”, susurran revendedores en el circuito que abarca la Última milla, con el tono de quien ofrece un producto prohibido.  

Los instantes previos son un desfile de caracterizaciones. Una pasarela de identidad y folclore por donde caminan personas con sombreros de charro, camisas con textura de jerga y trajes de danzantes aztecas. Cientos de surcoreanos son parte de la multitud. Ondean sus banderas, saltan al grito de “Corea va a probar/ el chile nacional” sin saber que se trata de una afrenta. Todos sonríen, están listos para la gran fiesta.

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