Fumar: convertir dinero en cenizas
Quien lo haya visto, seguramente nunca lo olvidará. Tenía 58 años y fue la última aparición pública de George Harrison, el célebre guitarrista inglés. «Conseguí el cáncer por fumar», dijo.
Este 31 de mayo, Día Mundial Sin Tabaco, útil es recordar que cada cigarro es una pequeña elección que se puede repetir 20 o más veces diarias. Por separado, parece inofensiva: una pausa en el trabajo, un momento con el cafecito, cinco minutos para pensar. Sin embargo, el problema del tabaquismo nunca está en ese primer cigarro, sino en el número 100 mil.
Fumar es un hábito que no cobra factura de golpe, sino a plazos. Cuando llega el costo, casi siempre es el pulmón, el corazón o el tiempo con amigos o familia quien lo paga. La buena noticia es que cada pitillo que no se enciende también cuenta.
En México, se registran más de 7,500 nuevos casos anuales de cáncer de pulmón. El tabaquismo está detrás del 80 % de cada uno de ellos. No solo son cifras: son parientes y colegas que un día dejaron de llegar al trabajo. El cigarro no mata en las noticias, sino en la estadística. Por eso es difícil olvidarlo: cada cifra tuvo nombre y un instante en que dejarlo aún era opción. Hoy, para unos 1,200 millones de fumadores en el planeta, ese momento todavía existe.
Se sabe que un fumador promedio pasa unos 6 años de su vida con el cigarro en la mano. Son 52,560 horas: suficientes para leer unos 1,000 libros o ver crecer a un hijo hasta la educación superior. El tabaquismo no solo resta años, sino también minutos todos los días: la caminata que cansa más, el sabor que llega menos, los billetes que se vuelven humo.
La pregunta no es si el cigarro hace daño, sino qué podríamos hacer con todo ese tiempo y dinero recuperados, porque el desembolso de una cajetilla diaria equivale a cerca de $30,000 al año, es decir, suficiente para hacer un viaje. El tabaco no mata mañana, pero arrebata fondos hoy, aunque eso no es lo peor: también engancha y, cuando se quiere, no es tan fácil dejarlo. A los 20, todos buscamos lo mismo: ser libres, hacer lo que se nos antoja. Uno de cada tres jóvenes que fuma a los 18 sigue fumando a los 30. Frecuentemente, no porque le encante, sino porque la nicotina decide por él.
Vapear: antigua práctica
El término vapear puede sonar muy limpio y moderno, pero no lo es. De hecho, la idea de inhalar vapor en vez de humo tiene unos 100 años. Allá por 1927, un estadounidense inventó un vaporizador electrónico, que nunca patentó. Fue hasta los años sesenta que Herbert A. Gilbert diseñó el primer prototipo real para un cigarrillo sin humo ni tabaco, que fracasó porque no tenía nicotina.
No obstante, en 2003, Hon Lik, un farmacéutico chino, inventó lo que ahora se conoce como e-cigarette o cigarrillo electrónico, después de que su padre muriera de cáncer y él mismo quisiera deshacerse del hábito. Por lo tanto, patentó uno que vaporizaba nicotina líquida con ultrasonido. Lik nunca desistió y vendió la patente a tabacaleras. Tres años después, se comercializó en Europa y Estados Unidos como el sustituto «saludable». Con sabores frutales, pegó fuerte entre los jóvenes, pues una sola fumada impactaba en diez segundos, por el líquido caliente que genera un aerosol con metales pesados, benceno y tolueno. En la primera década del siglo XXI, la popularidad del vapeo aumentó vertiginosamente. Por ende, la industria creció con innovadores sistemas, como los e-líquidos con sales de nicotina.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), al menos 40 millones de niñas, niños y adolescentes en el mundo consumen un producto tabacalero: unos 20 millones, cigarros, y 15 millones, pitillos electrónicos. Es por eso que este año el organismo ha lanzado la campaña «Desenmascarar el atractivo: contrarrestar la adicción a la nicotina y el tabaco», con llamados a gobiernos y sociedad civil para que la complementen con programas de concientización, con el fin «de fortalecer las regulaciones y proteger a futuras generaciones de la epidemia del tabaco».
Jugar con fuego
Si bien México ha tenido importantes logros —pues prohibió fumar en sitios cerrados y muchos abiertos, quitó anuncios, puso fotos desagradables en cajetillas y aumentó los impuestos del cigarro, entre más acciones—, cada año fallecen unas 63,000 personas por tabaquismo, es decir, el 10 % de los decesos en el país. Además, el vapeo va en aumento entre adolescentes y jóvenes de 12 a 17 años, ante la falsa creencia de que no hace daño.
Por consiguiente, es muy probable que chavos «amarrados» se conviertan en adultos fumadores, como aquel rudo y curtido jinete de botas vaqueras con espuelas, siempre con cigarro en boca, con la música de Los Siete Magníficos, cuyos comerciales aparecieron dos décadas, hasta que en 1971 se prohibieron, después de la muerte por cáncer del Marlboro Man, que no le temía a nada.
Esos fueron los tiempos en que conocidas celebridades como Sammy Davis Jr., Humphrey Bogart, Nat King Cole, Steve McQueen, Sarah Vaughan y Yul Brynner murieron de lo mismo. Y sin ir tan lejos, de este lado de la frontera, se sabe que Pedro Armendáriz y Mario Moreno «Cantinflas», entre otros famosos, también sucumbieron porque su pulmón ya no pudo más.
Al ver a sus ídolos desaparecer, muchos dejaron de fumar. Dijeron que no lo hacían por sentirse culpables, pues lo disfrutaron mientras duró, pero ya no querían seguir jugando con fuego. Sabían que su salud se los agradecería. De hecho, fueron los hombres los primeros en decidirlo, porque en los setenta, la campaña industrial You’ve come a long way, baby, de los cigarrillos Virginia Slims, convenció a millones de féminas de que entre más fumaran, más sexy y liberadas serían.
La verdad es que hubo tiempos en que se creía que fumar era chic y elegante, pero afortunadamente esas falsas imágenes ya quedaron muy lejos. Dejar el tabaquismo no borra el pasado, pero sí cambia el futuro. Nunca es tarde para regalarse más años. Un día a la vez. El primero bien podría ser hoy.




