Davos escucha a Carney; el mundo obedece a Trump… inicia la política de supervivencia
Lo que ocurrió esta semana en el Foro Económico Mundial de Davos, en Suiza y en Palacio Nacional no son escenas aisladas: forman parte de un mismo reacomodo global. Canadá decidió decir en voz alta lo que muchas potencias medias murmuran desde hace meses: la Pax Americana terminó. Y su reemplazo no será ordenado ni amable.
En paralelo, Donald Trump volvió a dejar claro que gobierna con una lógica personalista, provocadora y sin demasiadas restricciones. Entre ambos extremos, México aparece como socio observado, no como protagonista.
El discurso del primer ministro Mark Carney en Davos fue inusualmente crudo para los estándares diplomáticos canadienses. Sin mencionar a Trump por nombre, describió el momento actual como una “ruptura”: el orden basado en reglas se diluye, la rivalidad entre grandes potencias se acelera y el viejo paraguas estadounidense ya no es confiable. La frase que arrancó la ovación —“si no estás en la mesa, estás en el menú”— no fue retórica: fue advertencia.
Carney habló desde la experiencia. Trump inició su segundo mandato sugiriendo que Canadá podría convertirse en el estado número 51, ridiculizó a Justin Trudeau y amagó con desmontar acuerdos que han sostenido la relación bilateral por más de un siglo. En ese contexto, el mensaje canadiense es claro: diversificar aliados, reducir dependencia y actuar en bloque con otras potencias medias. No es una cruzada ideológica; es una estrategia de supervivencia.
Mientras Carney sacudía Davos, la gobernadora general canadiense, Mary Simon visitaba a la presidenta Claudia Sheinbaum en Palacio Nacional. El tono fue cordial, casi clásico: buena relación bilateral, cooperación, respeto mutuo. El contraste importa. Canadá habla duro en Europa y con seda en América del Norte. No es contradicción: es diplomacia calibrada. Ottawa sabe que necesita mantener abiertos todos los canales mientras redefine su posición global.
En Washington, el espectáculo fue otro. Trump pasó más de una hora —y luego casi dos— hablando sin interrupciones ante la prensa en la Casa Blanca antes de viajar a Davos. Fue un monólogo sin filtros: quejas, alardes, amenazas y bromas de mal gusto, incluida la ocurrencia de rebautizar el Golfo de México como “Golfo de América” o incluso “Golfo de Trump”. El comentario no es anecdótico: refleja una visión del poder como extensión del ego presidencial.
Trump mezcló política exterior con ocurrencias personales, desde Groenlandia (“ya lo descubrirán”) hasta Somalia (“ni siquiera creo que sea un país”), pasando por su gusto por los Ángeles del Infierno y su idea de que las ciudades “se ven mejor” con militares en las calles. La sesión funcionó como anticipo de un segundo año aún menos contenido, justo cuando Estados Unidos entra en ciclo electoral de medio término.
Este escenario importa porque para Canadá, el mensaje es inequívoco: no puede seguir apostando todo a Washington. Las amenazas arancelarias a Europa por Groenlandia, el desprecio abierto por aliados históricos y la lógica transaccional de Trump confirman que la previsibilidad estadounidense ya no existe. De ahí la urgencia de construir alianzas alternativas y coordinarse con otras potencias medias.
Para México, la lectura es más incómoda. Mientras Canadá redefine su lugar en el mundo y lo dice sin rodeos, el gobierno mexicano opta por la prudencia extrema, incluso por el silencio estratégico. La visita de Mary Simon refuerza la relación bilateral, sí, pero también subraya una diferencia: Ottawa habla de ruptura global; México evita nombrarla.
En el análisis de la información que se abre en el escenario mundial, el tablero se está reacomodando. Canadá decidió moverse antes de quedar atrapado. El presidente Trump, fiel a su estilo, acelera el desorden convencido de que puede dominarlo. México observa desde la orilla, cuidando la relación inmediata con Washington, pero sin articular aún una narrativa propia frente al fin de la Pax Americana.
Y es que, en política internacional, quedarse quieto rara vez es neutral: suele ser una forma elegante de hacer tiempo en lo que se define una estrategia clara ante el nuevo desorden global.




