Opinión

Un aviso que no es casual: Trump abre la puerta a dejar morir el T-MEC…

Por: Mónica García-Durán | Rompecabezas

El presidente Donald Trump volvió a usar el tablero comercial como instrumento político. Su advertencia de dejar expirar el T-MEC “en aproximadamente un año” —o renegociarlo desde cero— no es un gesto aislado ni un exabrupto de micrófono. Es una pieza más de su estrategia para reordenar la relación económica de Norteamérica bajo un principio simple: Estados Unidos manda, los demás se alinean.

Desde el Despacho Oval, Trump acusó a México y Canadá de haberse “aprovechado” de los acuerdos comerciales previos y remató culpando a la “gente estúpida” que —según él— dirigió las negociaciones antes de su llegada. Más allá del estilo, lo que está diciendo es que cualquier pacto comercial vigente puede ser desechado si no responde a su visión de fuerza económica y proteccionismo selectivo.

México sin T-MEC no es el mismo país

El T-MEC no es un apellido decorativo del TLCAN: es la columna vertebral del modelo exportador mexicano. Sin él:

  • El 80% de nuestras exportaciones, que van a Estados Unidos, perderían el marco que garantiza acceso preferencial, reglas claras y certidumbre jurídica.
  • Las cadenas de suministro automotrices, electrónicas, aeroespaciales y agroindustriales quedarían expuestas a aranceles súbitos, disputas políticas y decisiones unilaterales.
  • Las inversiones acumuladas en 30 años —que funcionan como engranes compartidos— entrarían a un escenario de renegociación indefinida.

Para México, un eventual fin del T-MEC no sería un simple “cambio de reglas”, sino una alteración de su ADN económico.

Lo que realmente busca Trump, es reabrir el juego desde una posición de fuerza, porque Estados Unidos enfrenta presiones internas para repatriar producción. Trump lo sabe y utiliza la amenaza de aranceles —especialmente al sector automotriz— como palanca para forzar concesiones.

También, quiere presionar a México en seguridad y migración a través del comercio: La relación económica y la agenda fronteriza siempre han sido vasos comunicantes para Trump. Dejar expirar el T-MEC amplía su margen de negociación en ambos frentes.

Este es un mensaje directo a Michigan, Ohio y Pensilvania, donde busca reelegir a su movimiento MAGA -y ahora su consolidación-, se apalanca en promesas cumplidas hacia la manufactura estadounidense.

¿Qué significaría para México en términos prácticos?

El riesgo inmediato es la incertidumbre financiera, aunque los negociadores del secretario Marcelo Ebrard vayan muy avanzados, la señal de que el T-MEC puede desaparecer elevaría la percepción de riesgo sobre México, presionando tipo de cambio, primas de riesgo, y decisiones de inversión en sectores dependientes del comercio exterior.

En una renegociación asimétrica, México llegaría a la mesa con menos instrumentos que en 2017, es decir, con una economía debilitada por la salida sostenida de capitales; tensiones internas entre reforma laboral, energía y política industrial y, la dependencia del mercado estadounidense es hoy mayor que hace seis años.

Si la renegociación se da bajo un ultimátum, el margen para defender reglas de origen, paneles de disputa o capítulos laborales sería más estrecho.

Y en este ir y venir de declaraciones del republicano, la administración de Claudia Sheinbaum quedaría obligada a reaccionar con extrema cautela, por causas más que obvias: no puede confrontar abiertamente a Washington sin poner en riesgo el acceso al mercado y menos mostrarse débil, porque la narrativa interna la castigaría al exhibirla como subordinada.

Esto abre un frente complicado para el régimen y la diplomacia mexicanas, que tendrían que explicar al país que el sustento de gran parte de su economía depende de un tratado que hoy pende de un hilo político ajeno.

El subtexto que preocupa

La declaración de Trump no solo amenaza al comercio; cuestiona la vigencia misma del marco jurídico norteamericano. Si el T-MEC es prescindible cuando deja de convenir a Estados Unidos, entonces la región opera bajo reglas discrecionales, no bajo acuerdos multilaterales.

Para México, eso significa que la certidumbre jurídica deja de ser un atributo estructural, los compromisos pueden reescribirse cada ciclo político y, cualquier inversión se vuelve más dependiente de la voluntad presidencial estadounidense que de la ley misma. Terrible.

Paradójicamente, la oportunidad (si se juega bien) puede sublevarse a la presión y puede empujar a México a acelerar su diversificación comercial, fortalecer su mercado interno y corregir sectores —como energía— que hoy generan conflictos con Washington.

Pero para llegar ahí, la respuesta mexicana, tanto de la presidenta Sheinbaum, como de los negociadores a la mesa, debe ser estratégica, no reactiva.

La amenaza de Trump no es un truco retórico: es un aviso de que el tablero de Norteamérica vuelve a moverse al ritmo de Washington. México tiene un año para prepararse para un escenario en el que el T-MEC deje de ser un seguro económico y vuelva a convertirse en una moneda de cambio política. Si el país no ajusta su postura, la próxima negociación no será un acuerdo: será una imposición.

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