Opinión

Rompecabezas | T-MEC en zona de turbulencia: la prudencia mexicana ante la furia arancelaria de Trump

Por: Mónica García Durán

Las señales de alarma en la relación comercial de Norteamérica volvieron a encenderse. Donald Trump anunció —con su estilo característico de ultimátum— el fin de las negociaciones comerciales con Canadá, alegando un “anuncio fraudulento” del gobierno de Ontario que, según él, manipulaba un discurso de Ronald Reagan contra los aranceles. Mientras tanto, el secretario de Comercio mexicano, Marcelo Ebrard, sostuvo un tono diametralmente opuesto: “Soy optimista. No espero cambios sustanciales al T-MEC”.

Dos narrativas opuestas. Dos velocidades políticas. Y México, nuevamente, en medio del tablero.

El anuncio de Trump tiene varias capas. La más visible es la electoral: su campaña hacia la reelección se construye sobre el nacionalismo económico y el castigo a quienes —según él— “abusan de la buena fe estadounidense”. Canadá, segundo socio comercial de Estados Unidos, se convierte en su blanco coyuntural, pero el golpe reverbera inevitablemente hacia México, socio del mismo tratado.

La declaración de Ebrard, el martes ante diputados federales, ocurrió justo en la antesala del “sunset review” —la revisión obligatoria del T-MEC prevista para 2026—. En esa evaluación, cualquiera de los tres países puede decidir abandonar el tratado si considera que no le conviene mantenerlo.

Por eso, aunque Ebrard busca transmitir serenidad institucional, su optimismo contrasta con un entorno internacional crecientemente volátil: aranceles en escalada, tensiones políticas internas en Washington y la retórica imprevisible del expresidente Trump, que ya puso a temblar al NAFTA en 2018.

El origen de la crisis parece anecdótico, pero no lo es. El anuncio canadiense con la voz de Reagan no fue un simple error de mercadotecnia: fue un mensaje ideológico. Canadá buscó recordar al público estadounidense que el libre comercio es, históricamente, un valor republicano, no una traición a la patria.

Trump lo leyó como una provocación personal y como un intento de interferir en la política interna de Estados Unidos. En términos comerciales, su decisión de suspender las negociaciones no significa la ruptura inmediata del T-MEC, pero sí rompe el equilibrio político necesario para que las conversaciones trilaterales avancen con estabilidad.

La frase de Trump en TruthSocial: “TODAS LAS NEGOCIACIONES CON CANADÁ QUEDAN TERMINADAS” no tiene valor jurídico, pero tiene un peso simbólico devastador: pone en duda el compromiso del gobierno estadounidense con el propio tratado y, de paso, desestabiliza a los mercados que dependen de la certidumbre trilateral.

México entre dos fuegos

En este escenario, México enfrenta un dilema clásico: mantener el equilibrio diplomático sin quedar como el socio pasivo. El negociador comercial, Marcelo Ebrard apostó por la prudencia. Su mensaje busca calmar a los inversionistas y enviar señales de continuidad institucional, justo cuando la economía mexicana depende más que nunca de la integración norteamericana para sostener el flujo de exportaciones manufactureras, automotrices y agrícolas.

Pero el riesgo de esta estrategia es evidente: el exceso de optimismo puede leerse como complacencia.

El T-MEC representa más del 80% del comercio exterior mexicano. Si el acuerdo entra en crisis —por la salida de Canadá o por la imposición unilateral de aranceles de Washington— el costo para México sería enorme: pérdida de competitividad, desincentivo a la inversión extranjera y afectación directa a las cadenas de suministro que hoy sostienen la manufactura del norte del país.

Mientras tanto, Estados Unidos juega con la ventaja estructural. Sus amenazas de aranceles, como las que impuso Trump en su primer mandato, pueden servir como palanca de presión política en temas migratorios, energéticos o de seguridad. México ya lo vivió en 2019, cuando los aranceles al acero y al aluminio se usaron como moneda de cambio para endurecer el control fronterizo.

El discurso de Trump no es solo electoral; es un proyecto económico coherente con su doctrina “America First 2.0”. Apuesta por una economía cerrada, subsidiada y armada. El libre comercio se convierte en una amenaza a su narrativa de soberanía productiva. En ese contexto, México y Canadá no son aliados: son satélites estratégicos que deben alinearse o enfrentar castigo.

Ebrard lo sabe, y por eso habla de “razonabilidad”, no de “garantías”. El optimismo mexicano tiene un propósito: sostener la narrativa de estabilidad en plena transición política interna, mientras la presidenta Claudia Sheinbaum consolida su legitimidad y necesita evitar cualquier señal de conflicto comercial con Washington.

Pero en la práctica, la dependencia comercial mexicana se ha profundizado. Si Trump impone una nueva ronda de aranceles o reconfigura unilateralmente el tratado, la economía mexicana no tiene hoy un colchón de diversificación real. Ni Europa ni Asia representan alternativas de volumen comparable.

Y es que la revisión del T-MEC en 2026 podría convertirse en un campo minado, pues Estados Unidos podría exigir nuevas cláusulas sobre propiedad intelectual, reglas de origen más estrictas para el sector automotriz o mayores controles ambientales y laborales, que afectarían directamente la competitividad mexicana. Si a eso se suma una presidencia de Trump y una postura hostil hacia Canadá, México quedaría en una posición negociadora frágil y asimétrica.

El escenario ideal para México sería mantener la trilateralidad intacta. Pero si la relación EE.UU.-Canadá se fractura, el riesgo es que Washington busque renegociar bilateralmente con México bajo sus propios términos, como intentó hacerlo en 2017.

Y en ese caso, no habrá margen para la “prudencia optimista”: habrá que jugar a la defensa. México debe prepararse para un escenario en el que el T-MEC deje de ser un escudo y se convierta en un campo de disputa.

Trump ha demostrado que no negocia: impone.

Y en esa mesa, quien llegue sin cartas, será el que termine pagando la cuenta.

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