Opinión

El último lector | También nosotros somos unos asesinos

Por: Rael Salvador

¿Cómo avalar lo inaceptable?

¿Con bello cinismo? ¿Con delirio o saña? ¿A partir de disfraces políticos o militares? ¿Con obstinada o procurada ceguera? ¿A través de la curiosidad suicida o el desinterés avieso? ¿Con renuncia a la dignidad?

Lo anterior puede parecer un florilegio de atrocidades que recrea el comportamiento civil cuando la desmemoria tergiversa el lado ominoso del quehacer cotidiano —ahí su validez práctica como mecanismo de defensa—, mas en el fondo es producto bruto de la ignorancia cómoda, la errancia del saber, las interpretaciones desencaminadas, la apesadumbrada minusvalía culturar, la incapacidad para admitir la sensación correcta…

Y logra así, en su conjunto —o en cada uno de sus apartados—, imponer la parcialidad de su horror útil o lo que carga de interés provinciano (económico).

¿Por qué?

Lo inaceptable se rechaza —no entra a discusión palaciega ni es sometido al voto “democrático” (con derecho al veto, como en la ONU)— cuando la evidencia es más que legible: el daño, por ejemplo, que perpetra sistemáticamente el Estado de Israel en Palestina —viciado en asesinato de niños y mujeres, agravado día a día por la hambruna— son de Lesa humanidad y es establecido por la Corte Internacional de Justicia (con sede en La Haya) como GENOCIDIO.

Allí donde la paz es sustituida por la guerra, el opresor alza el miedo en su corona de fusiles.

Allí donde triunfa el crimen, la libertad toma el nombre de la verdad.

Es entonces cuando la justicia está obligada a hacer lo que es debido —parar, a como de lugar, al opresor— en nombre del bien común y en común unión.

La justicia no existe, se hace.

Si la “justicia” se encuentra en manos de quienes practican las mentiras de manera sistemática, entonces sistemático será lo que estemos observando con bello cinismo, con delirio o saña, a partir de disfraces políticos o militares; con obstinada o procurada ceguera, a través de la curiosidad suicida o el desinterés avieso…

Por decir lo poco: ¡Con desvergonzada renuncia a la dignidad!

Los humanos no somos dos clases de intereses opuestos: ¿Hemos de elegir entre el crimen de niños o la muerte en el alma?

Lecciones de hambre y pan son el horno de la humanidad.

Me remito, in extenso, a la escritora Lídia Jorge: “Sé algo sobre el peso del valor sustantivo del pan. El valor concreto que conduce a su valor simbólico como salvavidas. Porque en esta antigua casa, no solo se presenciaba la elaboración del pan, sino que se acompañaba también todo el proceso que precedía a la harina: esparcir las semillas en la tierra, asistir a la germinación, a la cosecha, a la trilla, al aventado, al ensacado, al transporte al molino, al regreso; y hasta doce meses después, por lo menos, no había pan en la mesa. Por lo tanto, es comprensible que, cada vez que se tiraba un mendrugo, tuviera que envolverse en papel para evitar que se mezclara con la basura, y antes de eso, se besara como si fuera una inmanencia humana. Incluso hoy, este gesto primitivo me resulta familiar; sigo repitiéndolo, pues considero el pan como un símbolo de supervivencia humana que nadie puede negar. Por ello me resulta insoportable saber que hay una masacre metódica en marcha, llevada a cabo mediante el saqueo del pan”.

¿Cómo diablos puede ser posible el retorno a la barbarie en pleno siglo XXI por vía de la inacción y la inanición, las más terribles estrategias convertidas en plagas para minar la sobrevivencia de niños, mujeres y civiles en su propia tierra?

raelart@hotmail.com

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